domingo, 1 de febrero de 2015

Antonio Medina Guevara (España)


‘El Corralillo’

(O como en algunos pueblos antes llamaban al cementerio civil)

¡Y cómo han cambiado las cosas...! Ahora los días relucientes ya no me gustan como antes, espero a las noches y se alumbra todo, entonces puedo andar por donde quiera, con la libertad más absoluta, por todo el pueblo y por los campos, aunque prefiero pasar las horas en el cementerio hablando con Isabel… Parece que flote.
Un día vino mi hermana y dejó su ramo de flores sobre mi pecho. Flores de olor tan suave que solamente se pueden oler cuando para la brisa; diminutas —eran violetas azules—, seguro que se las trajo mi padre de donde él y yo sabemos que crecen... ¡Eran preciosas…! Las dejó ahí con sus ojos que las regaban como la escarcha..., y ahí estuvieron hasta quedar marchitas y secas como rastrojos. En fin... Ellos no saben que estoy bien; que Isabel está aquí, a mi lado. Bueno, sí que lo saben, porque casi cada día mi madre deposita alguna flor en su lápida.
Cuando llega el buen tiempo noto el aroma de sus rosas corretear por los pasillos. ¡Son inconfundibles! Y al llegar la noche lo bañan todo con su olor... Y también siento el chirriar de la pesada puerta cuando mi madre entra aquí. Ella —mi madre—, llega y clava una cruz de madera en la tierra sin nombre, pero parece que alguien se encarga de arrancarla y arrinconarla cada vez en el muro…, y mi madre vuelve a clavarla cada vez que me visita. Creo que la ve como una espina clavada a la tierra o a su propio cuerpo, que cuando no está, cree no sentirla en su alma... Después limpia de maleza y de hierbas la tierra y deja las flores sobre el caballón que me cubre.
¡Siempre es igual...! Con su cara triste; yo lo daría todo por verla alegre. A veces la acompaña mi padre que está muy viejo y delgado. Con los ojos hundidos en su rostro. Y la acompañan los gorriones que le dicen no sé qué cosas, y se le acercan hasta casi comer en su mano; entonces esparce un puñado de trigo y, cuando ella se va, hacen cosquillas a la tierra... ¡Es que a mi madre también le gustan los gorriones!
Otro día vino Marina con mi madre. Me alegré mucho al verla, ella es la mejor de mis “amigos“. Le agradecí mucho su visita, que venía de lejos; se lo dije, pero creo que no me oyó… Se quedó un buen rato llorando después de dejar un ramo de flores raras y preciosas. No dijo ni palabra. Tenía la mirada de una mujer enamorada; le brillaban los ojos como dos luceros… Y pensé nuevamente en el hombre que esté a su lado… ¡No sabe la suerte que tiene! Se fue como había venido: llorando. ¡Qué bonita que es Marina…! ¡¿Y mi madre…?! Mi madre tiene su cara igual a la de la madre de Isabel: blanca y transparente.
¡Qué pena de mi madre…! Sus días están enterrados en la misma tierra de mis noches.

Huelo a frescor por las noches... El rocío hace semanas que no lo noto; en cambio, sí que pasan ya los aromas de las flores y de la hierba fresca que se paran a saludarnos y se clavan en los sentidos. Y al olerlos la vida vuelve a todos nosotros como una parte más de esta tierra.... Pasan flotando con la brisa olores lejanos. De tomillo, romero, lavanda, retamas... Y también los cercanos de los jardines y huertos: lilos, laurel, saúcos..., y las primeras rosas. Debe de ser la primavera.
Hablando de flores... Lo que son las cosas; todos vienen siempre con algunas flores en sus manos; olorosas flores que pintan de aromas esta tierra que solamente se riega cuando llegan las benditas lluvias. Y que cuando ellos se van y llega la noche, su olor es penetrante como el del jazmín en la oscuridad; entonces y sólo entonces, descubro algo que nunca antes hubiera imaginado: el color de las flores en la oscuridad. Para verlas mejor, he de esperar a la noche.
Los momentos felices son como las plantas rendijeras, que sin saber cómo se plantaron, sin preguntarnos cómo se enterró una semilla sin una mano que la empuje bajo tierra, nacen en los sitios más insospechados: en la tierra seca que sólo necesitó de unas gotas de lluvia; entre las rendijas de unas piedras, colgadas de un precipicio…, en las personas.
Una flor, a veces crece en algún sitio en el que necesita de unas gotas de lluvia y un poco de tierra. Y cuando florece, agradeciendo lo que le da la vida, nos regala toda su belleza… Y si te paras y la miras de cerca, verás que se agarra con sus raíces a donde puede: a la vida. Y así, mientras florece, parece ser feliz. Así fue aquél tiempo… Allí se tenía que haber parado el tiempo. Pero el tiempo no se paró. Ni allí, ni en ningún sitio se para el tiempo. Siempre anda para adelante, que para atrás solamente andan los cangrejos y los recuerdos; y pasaba tan deprisa que los días se parecían a los minutos. Los inviernos, las primaveras, los veranos, los otoños…, empalmaban otra vez con los inviernos que llegaban puntuales como sus escarchas. Y las primaveras con sus colores; los veranos con sus calores, frutos y sabores… Y los otoños, que llegaban con sus tardes color de cobre viejo… Como desde que se creó el mundo.
Y vuelta a empezar… Y vuelve a mí un tiempo en que rozaba el cielo: cuando Isabel se convertía en una diosa de la belleza.

Mi vida está en mi memoria y al otro lado del cementerio... Al otro lado del muro que me separa con una fila de altos cipreses... Ahora estoy en el “Corralillo”, donde meten a los que dicen que nunca subirán al cielo; como a la mujer de mi otro abuelo. También a los que se suicidan…, que no nos dejan prestada ni tan siquiera un trozo de tierra en el camposanto porque aseguran que no tenemos esperanza alguna de resurrección.
¡Idiotas! Como si después de la resurrección pudieran recuperar un solo palmo de esta tierra... Pero la verdad es que me da igual; es más, lo prefiero así. La tierra siempre es tierra y también es santa; es la madre que nos pare y que nunca nos abandona. Yo paso mi eternidad fuera de las paredes que delimitan esa tierra que llaman el camposanto; en un trozo más pequeño que el de ellos, pero que no saben que también es santo.
Aquí, bajo un caballón de tierra que poco a poco va perdiendo su forma, tengo plantada mi alma y viven todos mis recuerdos. La misma tierra de mis mayores; la misma que nos vio nacer y también morir. Esperando alimentar otras vidas; como las semillas.
Fuera están los otros vecinos del pueblo. Ellos viven preocupados. Mirando cada día al cielo y rezando a la Virgen para que les escuche en sus plegarias y les envíe las lluvias... Amando unos e intentando olvidar otros, pero siempre pensando en lo que les reportará el futuro; en cambio nosotros descansamos tranquilos, solamente reviviendo el pasado. Aquí yacen otras vidas de silencios que se oyen desde dentro; al otro lado están las voces de las otras: las de los niños. Por eso, por ser este un sitio de vidas pasadas y nuevas, de noches tranquilas y días claros; solamente separados de los demás por un muro que deja ver el cielo y escuchar voces conocidas con las algarabías y los gritos de los niños jugando, cuando entraron el otro día aquellos niños, al escucharlos con sus voces apagadas, me alegré... Me alegré mucho.
Si era verdad lo que hablaban de mí, si era verdad lo del suicidado, también es verdad que yo estaré por siempre aquí y, según me había dicho Isabel…, ella también lo había hecho. Entonces explotó toda mi alegría. Estaríamos siempre juntos. Los dos juntos y para siempre... Separados por un muro de adobe que se cae al llegar la noche. ¡Poco muro para nosotros!
Estaba loco de alegría. Pensaba ir a decírselo en cuanto acabara el día; darle la noticia al llegar la transparente y clara oscuridad de la noche, cuando escuché el chasquido de un cepo…, y a un gorrión ahogando su dolor.
Les llamé y les grité con todas mi fuerzas para que lo soltaran del cepo; que lo dejaran libre, que no mataran su libertad… Pero no había nadie que me escuchara.
Y entonces, con desesperada impotencia, grité mil veces al silencio…
¡Por favor…! ¡No matéis al gorrión!


De la novela ‘No matéis al gorrion

Raquel G Fernández (Argentina)

 

PABLO FEROZ



Pablo Feroz elige el canto por descarne.

Canta

el jadeo del agua,

los versículos indóciles del polvo.

la savia de sus ritos.

La voz le nace

en botellas de mar,

en harinas de viento.

Se cuece pan en los hornos del verano

para nutrir palabras.



Pablo Feroz se determina herida.

Rezuma líquidos dolientes.

No cicatriza.

Una hembra blanca

como un puñal de nieve

le quiebra los costados.

Para tocarla sube

los escalones rotos de la médula,

cose y descose

los límites del cáncer.



Pablo Feroz viene a morirse en el poema.

En su boca desovan

mariposas de sangre.

Se cumple

la voluntad postrera de la pólvora.



Pablo Feroz monologa la tierra.

Abraza su travesía inmóvil.

Jamás invirtió en Cristos pero tiene

su cruz de barro, sus clavos solos como pájaros locos,

su corona de hormigas.





PRETTY IN PINK







Todavía no tengo amantes.



Tengo, sí,



un sombrero donde guardo los nombres



de todos los hombres que me quitan el sueño.



Algunos son altos y rubios.



Otros tienen la grosera costumbre



de darme siempre la espalda.



Todavía no tengo amantes pero tengo un vestido rosa



y estoy desnuda debajo del vestido.



Y debajo de mi desnudez están los hombres



que me mojan el sueño.



Podría tener amantes si quisiera.







Todavía no tengo amantes.



Tengo, sí,



un mechón de pelo rubio



para parecerme a Madonna



y un cuerpo dulce como la lengua de las mariposas.



El alfabeto del agua me nombra.



Niña traspasada por el aguijón del alba.



Heredera del sueño de los peces.



Todavía no sé



si quiero escribir poemas o quiero ser feliz.



A veces siento que mi vestido rosa

es una mordaza.







Todavía no tengo amantes.



Es 1986 y yo todavía no tengo amantes.



Tengo un sombrero,



tengo un mechón de pelo rubio,



tengo un vestido rosa.



A veces soy Molly Ringwald.



A veces soy Kim Basinger.



A veces soy mi madre antes de que la vida



le cruzara el rostro con una cicatriz de buenas costumbres.



A veces estoy vestida. A veces, desnuda.



A veces estoy llorando.



Podría tener amantes si quisiera.


Pintura Victor Hagea 

Mario Cesar Lamique (Argentina)














ESQUINA CENTER

Miro la esquina y no puedo evitar el recordarte, la encuentro muy parecida a vos, pero en otras cosas, ya que en  varios aspectos  se diferencian, la esquina, por ejemplo, no se va.
Veo los movimientos repetidos, ensayados, aprendidos, aquí  vengo todas la tardes a esperar tu regreso con injustificada esperanza pero lo que sale a mi encuentro es esta  ya conocida oscuridad que de apoco cambia la fisonomía del lugar, gana terreno, viene cliente, saluda y la compra se concreta; “venì que esta es mi oficina y la otra esquina, es el salón probador” 
Miro las caras conocidas, las risas estridentes, los empujones amistosos y la seriedad repentina cuando un auto pasa muy despacio.
Lo que logro recordar de vos de cuando no eras ausencia se parece mucho a esta esquina, o a esa desazón  que veo en ella.
La esquina no te conoce, los que ahora la recorren tampoco, un patrullero pasa pero ni mira, todo está bajo control, pensarán.
Hoy en la esquina hay inquietud, caminata nerviosa y pocos clientes, los empujones no se muestran tan amigables, la palabra “buchón” se escuchó, creo que fue lo único que  oí, en cuanto a palabras, porque sonidos  no faltaron y el disparo intentó acallarlos a todos, en segundos quedaron la soledad del muerto y mis recuerdos, nada más.
La policía viene y pregunta, nadie sabe que pasó, nadie contesta, comienzo a mirar para otro lado  sin dejar de pensar en que hoy tampoco habrá reencuentro en esta esquina que se parece mucho a vos, pero claro que en otras cosas ,en otras ausencias .

Elisabet Cincotta (Argentina)


AUTORIZACIÓN

 

Cómo decirte que el olvido

se dispersa entre las flores guardadas

en una vieja caja

y se acumula en cada rincón

para autorizar al recuerdo.





CEGUERA

 

golpea la garúa

-arroja líneas cortantes-

hiere su palabra

-siempre reproche-

 

la ausente mirada

-ceguera improvisada-

le hace silenciar el maltrato





 

NO ES FÁCIL

 

no es fácil

liberar la palabra / sentimiento

tras la historia que nos cubre /

sofocar el aire con alientos /

abrir la soledad / superar resquemores /

compartir el llanto que entumece el cuerpo

 

no es fácil

besar otra mirada /

caminar Lavalle acompañada /

olvidar aquello que otrora fue mentira 

y la pausa del que implora

 

nada es fácil
pintura
Michael Khokhlachov