jueves, 2 de julio de 2015

Daniel Castelao


Pintura de Chie Shoshii





Aunque no haya huellas ni presagio:








los juegos se anteponen al llanto,



 como la caricia presiente la mano;



 
 
como el perfume dibuja el jazmín,



 la sombra prolonga la columna;





 
el amante precede al amor,


 
como el amor sobrevive al amante;




 
como el sol hace el camino,

 
la lluvia erosiona la piedra...





 
Aunque inevitablemente:




 
como el amante precede al amor,

 
la sombra prolonga la columna;




 
la lluvia erosiona la piedra,


 
como los juegos se anteponen al llanto;





como el perfume dibuja el jazmín,

 
la caricia presiente la mano;





 
el amor sobrevive al amante,
 
 
como el sol hace el camino.





Aunque no haya huellas ni presagio,

 
 
Inevitablemente...
 
.


--------------


Solo un segundo de su risa

 

  le basta.
                
                                                      El resto es seguir viviendo

                                                                           sin ella
                 

miércoles, 1 de julio de 2015

Mainak Adak

Fotos de Mainak Adak

El Brazo del rio



Este es el brazo del rio, este es el podio

Una noche la luna se levantó por aquí como una placa de latón

Sola, iluminando todo de este mundo

Quería sumirme en esta agua profunda para la última vez

No pude--- No pude hacer ese trabajo frívolo.



La luna me llevó por su mirada

Donde se quedaba en la profunda oscuridad

Una bella chica sin querer liberada-----

No la ví nunca antes.

La luna me dejo, allí está ella, para quien querías cruzar

Mi mundo…

Cásate ahora con alegría

Me siento así en vuestro balcón para siempre.





Cerca



Puedo llevar el poema hacia él

Ese árbol sólo, grueso como la piedra

Puedo llevar el poema más cerca de él



Como si un fugitivo chico se ha vencido en el extranjero

Se pone tranquilo en tristeza, susceptibilidad, venero

de la muerte.... nadie le dice inofensivo.



Por eso le culpan, si se lleva un vestido estropeado

Le hacen desnudo y dicen con risa, mira

este loco, aun no se pone rojo por vergüenza



Puedo llevar el poema más cerca del corazón

del Dios, del tigre, del paraíso lleno de flores, de una mujer...

Puedo llevar el poema más cerca de ella.


Desire Solo

                                       Pintura Bava C Boza
EL


EN MEDIO DE LA MARAÑA DE LA RUTINA
RUTINA INERTE,
INERTE SIN ALMA Y SIN SENTIR
SENTIR LOS TRINOS DEL INVIERNO
INVIERNO CONVERTIDO EN TODO, TODO, TODO...

ENTRE NOS...


EL INVIERNO SE LLEVO MI PARAGUAS Y MI ALMA...
TAMBIEN MI AMOR, YA NO TENGO AMOR,
¿COMO SE LO DIGO?
DISELO VIENTO AL OIDO
DISELO VIENTO AL ALMA...


YO Y YO, CARA A CARA

TRANSITANDO ENTRE BRUMAS
SIN EL
SIN EL...
SIN EL NO HAY UN PARA QUE SEGUIR,
SIN EL...

Pablo Poblète

Chers amis/ Estimados amigos:
Voici la présentation de mon nouveau livre de poèmes.
AQUI les presento mi nuevo livro de poemas.
" à l'aube"   /  "al amanecer"
Publicado en las Ediciones Unicité (France,Paris)
Publié aux éditions Unicité

Lancement prévu pour deux livres publiés à l'occasion "à l'aube" (éd. Unicité) et mon livre de dessins et huiles "Psycho-Portraits" (éd. Ana productions Paris) pour le mois de septembre lors de mon exposition à Paris 27 septembre

Lanzamiento previsto para dos livros publicados a la ocasion "à l'aube" (éd Unicité) y "Psycho-Portraits" (sico-retratos, Anna Productions) durante la inaguracion de mi exposicion de oleos y grafismo el 27 septiembre 2015 à Paris.



Pablo Poblète à Trois Rivières,Québec, 2015/06/20

(Photo: Christiane Simoneau)


Point-zéro



Tout appartient
à la méditation
d’une attente
au milieu
d’un

oubli



Punto-Cero

Todo pertenece
a la meditacion
de una espera
en medio
de
un
olvido


jorge mensch

POR LOS AÑOS SESENTA

EL ROMPECABEZAS

   Por el tiempo en que las mujeres no fumaban en la calle, Lauchita regresaba de la escuela como siempre, a las cinco de la tarde.  Pero esa tarde tenía un ojo negro, secuela de una pelea con un pibe del grado que lo llamó “guacho”.

   Pasó por el zaguán marcado por los mapas y el olor de la humedad.  Subió por los agonizantes escalones de madera y, dio una vuelta entera a la llave.  Ya dentro de la pieza cocina cerró la puerta y prendió la hornalla para preparar el mate cocido: a las seis llegaría su madre.  Mientras esperaba el chiflido de la pava, cosa que lo divertía; por eso la llenaba más de la cuenta, así podía imaginar a unos forajidos tratando de asaltar el tren.  En tanto él saltando sobre los vagones con revolver en mano, evitaba el atraco.  Se sobresaltó al escuchar tres golpes lentos en la puerta.  “Qué pegajoso”, se le ocurrió, pero por si acaso preguntó  quién era.

   - Yo pibe, abrí puerta, te traigo regalo.- dijo el polaco Walovik.                                                                                                       

   Al abrir la puerta, el polaco no quiso entrar, pero el que entró sin pedir permiso, fue el olor a ginebra, que salía  desde el fondo de semejante hombre  de  cara  colorada  y  ojos celestes tristes, quién le preguntó:

            - ¿Tu mamá curó resfrío?-

     - Sí, sí, muchas gracias Nicolás - Y mientras miraba una caja envuelta en papel verde, iba cerrando disimuladamente la puerta. El polaco, se fue sin agregar nada.

      Lauchita rompió el papel sin respetar la cinta adhesiva. Quedó sorprendido ante semejante obsequio: era el primer regalo que recibía en su vida de una persona, que no fuera su madre.

     Había una lupa, que no tenía nada que ver con una camiseta de fútbol a rayas celestes y blancas.  Ese no era el dibujo, tampoco la pata de un mono con la cara de una mujer y, menos que menos con un perro de caza.  “Ojalá el hijo de la dentista siga enfermo, así viene un cachito más tarde”.  Fue su ocurrencia.

      Mezcló varios cubos y, se dio cuenta lo fácil que le resultaba armar ese cuadro:

           - ¡Ya está!- exclamó entusiasmado – Es el ratón Mickey siguiendo las huellas de un ladrón.

      Cinco años atrás, el miedo se habría apoderado de Lauchita, porque bien sabía, que la pelota que su madre le había contado haberla comprado en la feria, no se vendía en ninguna feria. Pero el ratón Mickey era un dibujo animado y, él tenía ahora, una pelota de cuero blanco, con la que hacía piruetas a cada rato. Lauchita nunca la olvidaba, como seguro la habría olvidado el hijo de la dentista.

     Dio media vuelta a cada cubo y, no le costó ningún esfuerzo armar la selva donde estaba Tarzán gritando al lado de la mona Chita.  Se acordó de las veces que en el cine se colaba junto con Ricardito, pidiendo permiso para ir al baño y, ante el menor descuido del acomodador, se metían en el espectacular mundo de la selva. Entonces ellos, aplaudían cuando el Hombre Mono se deslizaba por medio de las lianas, corría millas y millas, evadía pantanos y, nadaba contra la corriente de las más peligrosas cataratas. Y al final, le daba un beso a Jane, después de haberla salvado. Y mientras la mona Chita aplaudía y el beso no terminaba.  Ellos junto a otros pibes, gritaban a coro “Ehhh...”  Pero la ansiedad empezó a trabajar nuevamente: desarmó esas figuras sin cuidado y, le quedó tan mal armado... produciéndole una sensación que sólo él conocía: entre medio de las figuras recortadas, estaban caprichosamente reunidos, un niño y una mujer sola.  Aspiró hondo con la boca cerrada y se pasó el repasador por los ojos.

   Reanudó el juego, golpeando exageradamente los cubos contra la mesa: muchos de ellos eran los jugadores de Racing, uno los pantalones de un hombre (iguales a los del polaco), otro la cara de un cachorrito contento y, el último un cochecito con un bebé.  Se quedó mirando sin ver.  “¿Por qué será que los grandes nos quieren hacer de su cuadro, acaso no sabe que soy fana de los rojos?”.   Se preguntó Lauchita.  Para colmo en medio del equipo, habían quedado los pantalones del polaco y el cochecito del bebé.  ¿Quién era ese polaco para hacerlo de Racing, por qué le parecía ver los pantalones del polaco en medio de todas las figuras y, el cochecito con el bebé?  Miró el reloj y, una ráfaga de apuro barrió todas las preguntas.  Ya eran las cinco y media.  Terminó el equipo sin dificultad.  Dio vuelta los cubos con los ojos cerrados para ver qué le salía y, le quedó casi armada una familia de perros de caza; pero entre los cubos que no tenían nada que ver, quedaba el pantalón del polaco, otra vez la cara de la mujer sola, el torso de un chico y el cochecito con el bebé.  Se preguntó con resignación, por qué los perros de raza podían estar en familia.  ¿Y los cuatro cubos aislados?  ¿Por qué el polaco había días que tenía olor a  ginebra?  Sin ganas de pensar, pensaba en su madre saliendo de esa casa, después de haber cuidado a otro chico, mientras él, le tenía preparado el mate cocido. Para colmo, completó el cuadro con los dueños de los perros de la película “La noche de las narices frías”.  Se acordó con cierta malicia de Doña Pepa y Don Pepín, los dos viejos del corralón que tenían siete perras, y las cuidaban tanto, que sólo faltaba que las mandasen a la escuela, y para colmo las querían vírgenes.  Hasta que en la época de celos, él y Ricardito, un sábado por la noche, metieron a dos perros vagabundos. Pero después de la risa vino el llanto.  Ese domingo Doña Pepa le había gritado a su madre:

  - ¡Oiga señora o señorita!,¿ por qué no se comporta cómo una persona decente alguna vez?.Y por esa vieja cuida perras, se comió la paliza de su vida.      

  Su atención seguía metida en las travesuras que siempre hacía con Ricardito. EL Tenía suerte: el viejo laburaba en la CHADE, tenía una Siambretta y, todos los domingos se subían a ella para ir a ver a River.

   Algunas veces, Lauchita aceptaba a Ricardito un Chester, robado a Don Ricardo, mientras él sólo podía convidarle los Clifton sueltos, que vendía Amanda, la del kiosco del otro lado de la vía.

   Ya eran las seis;  sacó dos tazas del mueble, además del colador y la azucarera y, terminó sin titubeo alguno el otro cuadro.  Sus ojos quedaron clavados en éste: el cuadro estaba compuesto por un hombre, una mujer, un chico y un cochecito de bebé.  Sí, era lo que sospechaba, sí, eso debía ser.  No sabía lo que sentía y, en medio de su confusión, escuchó el crujir de los escalones.  Abrió la puerta, miró de reojo el vientre de su madre, vio que el último botón del saco de lana  estaba desabrochado.  Se cruzó los dedos y, antes que ella le diera un beso, le preguntó si el apellido Walovik le gustaba.


cuentos de hollín y humedad 

Sharmistha Ghosh


La Muralla Traducido por Jaya Choudhury

 Es mi destino de ser la muralla Aquél tipo de muralla que tiene una oreja Muralla que se pone ensombrecida con el cartel de tragedia humana fecundada o no Muralla alrededor de que la barata planta de Hiedra crece Muralla donde se coagula la cópula oculta en sus oficios Aquel entonces tenía trece Aquel entonces la exposición del pezón sintiendo los cuentos verdes de los bosques de Buddhadev Guha Aquel entonces si alguien me contemplara yo solía sentirme excitada como Nira, la guapa Aquel entonces el estrógeno estaba muy ocupado en mi rincón Aquel entonces el primer momento de supuración estaba acercándome como una conjura Aquel entonces estaba envejeciéndome detrás del escudo de braga Aquel entonces tenía tan sed de saber del amigo de niñez de su primera barba verde y la mejilla con llena de acnés Aquel entonces tenía ganas de besar a la fantasía Aquel entonces deseaba que pierda la piel de peciolo todavía apretada de mi capullo con un rudo toque Aquel entonces me sentí avergonzada de ver la mariposa Quería que se siente a mi cuerpo …..Así la muralla con la base construida se pone cerrada día por día Ruptura del primer amor hizo la muralla fuerte Se hace más espesada Se pone amplio el pecho de la muralla Más y más éxito, fracaso, tener, perder, amor, desamor, acercar, alejar, congelan en la capa morbosa Ahorrándolos en el cerebro blanco y negro en su sendero “Yo quiero muchos deseos de mi corazón Tú rescatas por desfavorecerme…” Cómo yo quiera hacerte amor y…

Carlos Enrique Saldivar

  una Epístola

     ¿Puede acaso un ser humano ser la droga de otro? Eso es lo que tú eras para mí, no puedo creer que ya no estés, no concibo el mundo sin tu persona. Cada día que pasa me decanto más hacia el alcohol y el tabaco. Veo pasar los días, con el frío golpeando mi desnudez, en mi apartamento sucio mientras mi amante de turno aprovecha mis sueños profundos para utilizar mi cuerpo como su santuario de satisfacción, dejándome cada día más pobre, más triste. Las mujeres siempre con su inocencia, con su encanto, con sus ahogamientos en copas de licor. Tú, mujer hermosa. Tu recuerdo nace en mí, Cristina, y vive para siempre en mi corazón que con fuerza late ni bien te rememoro. Mi corazón me hace la vida imposible: a veces (no pienses que es locura) lo veo salir de mi pecho y saltar por toda mi casa. Una vez amaneció a mi lado, en la cama donde compartimos tantas noches de amor desenfrenado. Mi corazón se hallaba junto a mí, luego abrí bien los ojos, nada más la soledad me acompañaba. El sexo te encantaba, eso y mis poemas de psicodelia armamentista. Me querías por ello, por mi fuerza y juventud, y porque sabía expresar la mayoría de mis emociones con pocas palabras en tanto tú necesitabas horas de horas para poder dar a luz una sola frase. Éramos diferentes pero a la vez tan iguales. Nuestra soledad momentánea, nuestra orfandad constante y nuestros caprichos naturales nos unían. Ahora creo que eso mismo es lo que nos ha separado. Cristina, te sigo amando, no me apena decirlo, al contrario, necesito extraerlo de mis entrañas. Han pasado cinco años desde que te fuiste, hace media década que no te veo frente a mí, tú estás allá y has rehecho tu vida en aquella zona donde habita gente pálida y taciturna que progresa día a día a ritmo acelerado en la frialdad de una atmósfera discontinua. Yo estoy aquí, tejiendo sombras con las que me visto cuando salgo en las noches a buscar placer y encontrar sucios capullos, mas no mariposas. Te amé con tanta fuerza. Tú eras mi droga y te consumía a diario, te lamía como helado de fresa, te estrujaba y tú nunca te saciabas. Siempre pensé que había curiosidades en nuestros nombres pues ambos empiezan con «c» y tienen ocho letras; coincidencias, decías. Yo sostenía que el asunto de los nombres no era casualidad, sino el destino, y sigo sosteniendo que en la historia de nuestras vidas estaba escrito, aunque no era extenso, el capítulo de nuestra felicidad. Cuatro años de unión se quebraron de pronto, nunca entendí por qué, quizá a estas alturas puedas explicármelo. Ya sé que lo has hecho antes, pero sé que recibirás esta carta, espero que puedas responderme esta vez y me des una razón distinta para lo que nos desunió.

Porque mi vida se ha destrozado. Cristina, mi pequeña gatita. Así te decía: «gatita». Me gustaba cuando maullabas para mí. Luego te reías una hora. Yo enloquecía. No me he curado. Creo que contemplo visiones mientras escribo esto a mano, creo que te veo frente a mí, apareces en tu bikini naranja, tu favorito, mi favorito, corriendo, y yo intento darte alcance para poder abrazarte y darte un beso a la francesa como me gustan, como sé que te gustaban. Lo recuerdo, te abrazo y me dices: «No, por favor, no quiero que la gente mire». Te avergonzabas de mí. Pues yo no de ti. Ese fue uno de mis errores. Siempre pertenecí a una onda extraña, a la raza sombría y atrayente de seres humanos que destilan misterio y sensualidad a raudales. Mi belleza no se comparaba con la tuya, aunque era belleza al fin y al cabo. No me importaba lo que pensaran los demás, tú y yo vivíamos de amor, y ellos no podían ofrecernos algo parecido, ni siquiera amistad o un poco de seguridad en este triste e injusto mundo. Tú sí, Cristi, gatita, me lo ofrecías todo. ¿Recuerdas cuando nos conocimos en aquel concierto? A ti te gustaba mucho Pedro Suárez-Vértiz, a mí también, lo adoraba. Tenía dos álbumes suyos, los cuales te prestaría. Formamos un solo grupo todo el concierto junto a los que nos acompañaban, tu sonrisa me hipnotizó, me hizo volar por las nubes debido a la excitación. El licor, la música, tu hermosura de nuevo, todo eso me hizo perder la cordura y hasta ahora mi mente no reacciona ante aquella preciosa experiencia. Luego vinieron los cambios de teléfono, de correo electrónico, la promesa de una cita que se cumplió a los dos días. Yo llevaba mis ropas oscuras de siempre y tú, con tu chompa rosada y tu jean beige, despertabas perversos sentimientos en mí que te confesé sin vergüenza alguna de frente y que aceptaste con una sonrisa y tomándome las manos. Reías. Esa noche pasó lo que tenía que pasar. Más risas. Todo para ti era reír, ahora lo comprendo. Tú me enseñaste a reír, a ver la luz, a cambiar mi modo de vida, a vestir de colores, bueno, al menos me adapté al blanco con sumisión, blanco como el color de tu piel en desnudez y como las gotas de rocío que surgían durante el éxtasis. Tú, Cris, me enseñaste tantas cosas, tu figura perfecta se movía libre sobre mí, como un delfín que siempre está feliz y saltando. Recuerdo a ese par de personas que intentaron separarnos y fueron derrotadas por nuestra relación a prueba de balas, y cuando tu familia se enteró de lo nuestro y te amenazaron con crueldad para que me abandonaras, los enfrentaste y te aferraste a mí. Con un par de lágrimas que se secaban velozmente y con la creación de un acto amoroso salvaje solucionábamos siempre los conflictos que nos mantenían en una brecha intrincada que conducía a una gran melancolía. Cuando dormíamos en un abrazo infantil que hacía brillar nuestras pieles tersas y blancas a la luz de la luna que entraba por la ventana de esta casa, musitabas palabras en silencio, risotadas, palabras de amor, luego lágrimas, otras vez carcajeos, luego me abrazabas, me besabas. Después soltabas mi mano. Nunca fue mi intención hacerte sufrir, pero créeme, yo sufría tanto o más que tú en aquel entonces, sufro por ti ahora, mi vida no encuentra ningún sentido, ningún trecho lleno de flores como el que recorrí hace años, el cual me condujo hacia ti y que luego transité contigo. Ya no tengo nada, solo espero la muerte aquí, poniendo las nalgas flacuchas en mi cama desordenada y caminando con el torso descubierto hacia la ventana para mirar si algún animal nocturno y techero se cuela en este espacio y acribilla mi soledad.

Hace años que te has ido, hace once meses que dejaste de escribirme, de responder mis llamadas y mis correos electrónicos. Después de lo que te dije en la siguiente postal... lamento las cosas terribles que puse. Perdóname, empero, intuyo que me entendiste. Sé que no lo amas. No lo amas. Confiésalo, no lo amas. Al menos dime, ¿por qué él y yo no? Ya lo sé: porque te da una mejor opción de vida, porque es ancho, castaño y vive en una gran casota en un buen lugar de Italia, porque te dio algo que nunca te pude dar yo, ¿matrimonio? ¿Un hijo? ¿Como se llama tu niño? Nunca me mandaste una foto de él, y sobre el matrimonio, te lo propuse varias veces, ¿recuerdas? Pero, ¿por qué te reías de mí cuando lo sugería? ¿Por qué te enojabas? ¿Pensabas que me burlaba? ¿Pensaste que era un imposible? Pues no. Por Dios, claro que no. No necesitamos leyes o religiones para poder llevar una vida de amor perfecta, no necesitamos nada, tú lo dijiste una vez, esas fueron tus palabras, las gritaste y no cumpliste tus convicciones. Si fueras feliz de verdad, yo te animaría para que siguieras así y no insistiría en mostrarte mi lánguido rostro una y otra vez. Sin embargo, tengo la certeza de que eres infeliz. No amas a ese tonto. ¿Qué haces con él entonces? Regresa y cumple tu destino junto a mí, tú eres igual a mí, no puedes negarlo. Nunca podrás esconderlo. Al final, cuando pasen unos años, te darás cuenta de tu gran error, para entonces yo ya estaré muchos metros bajo tierra y mi cadáver, como siempre, estará llorando por tu persona. Me arrastro por ti, sí, como una lombriz aturdida, te quiero aún y te deseo, no soy nada para ti y lo soy todo, tú eres mi reina, mi diosa. Fuiste casi perfecta, pero solo te faltó una pequeña cosa, faltó que no dejaras de quererme. Tu orgullo, tu miedo, tu egoísta lucidez fueron más fuertes que aquello tan dulce que una vez nos unió.

Si he de discernir y comprender las razones de mi desdicha, diría que el egoísmo y la lujuria formaban una parte de tu alma que era desconocida para mí, aquella parte que me golpeó con rudeza al alejarte pues me enganché en ella como un clavo a la madera.

Entonces no me amaste nunca, tan solo experimentaste sensaciones prohibidas que te gustaron y no pudiste dejar. Por favor, por mí, esta vez escríbeme, sé que no viviré mucho, he bajado doce kilos y mi piel se está despintando; de alguna manera he perdido el color y el cabello se me cae a lloviznas. En este instante río. Al siguiente instante lloraré. Es triste, verdad, rogarle amor a alguien que no se interesa en ti, es absurdo, es feo, sin embargo seguiré apuntando mis sueños hacia ti, mi centro, Cristi, mi vida, por siempre. Cristina. Sé feliz si te atreves, inténtalo y si no, entonces recuérdame, tu imagen de locura adorada; y si, por si acaso, te acuerdas de que dejaste una vida atrás, puedes regresar, tal vez aún estés a tiempo de salvar mi vida y, al mismo tiempo, en comunión, salvemos también la nuestra de aquel cruel asesino que es el tiempo, cómplice de la desolación. Recuérdame toda la vida, no me odies, quiéreme, sé que algo te importo, sé que piensas en mí muy seguido e igual que yo, cedes paso a los recuerdos que te hacen lagrimear y sonreír a la vez. Sin más que decirte, me despido. Te amo, Cristina, te he amado desde que te conocí y te sigo amando, te amaré eternamente. Escríbeme, pues, pronto, aunque sea un «hola» y recuerda que en mí tienes amistad y... tolerancia y... perdón, por siempre, perdón de mí hacia ti y otro pedido sincero de perdón por no haber podido cubrir tus expectativas. Lo siento, pero así nacimos y así moriremos: tibias, volátiles, incompletas. ¿Por qué seremos así las mujeres? ¿Por qué?



Se despide con mucho amor,



Carolina, tu por siempre traviesa y engreída amante psicodélica.







Lima, mayo de 2003