miércoles, 2 de diciembre de 2015

Osmar L.Bondoni

Pintora Anneris Fonsatti


EL SAPUKAY

      



a Francisco Madariaga     
in memoriam     


El mismo sol que en la orilla hizo brillar el hocico del toro y en los esteros el rojo del pico de las garzas y las gotas demoradas del rocío en las flores del irupé relampagueó en el filo del facón del otro cuando desenvainó. Él vio ese refucilo y tuvo que tirar a un lado la vaina de su arma con el tiempo justo para cuerpear y dar el salto atrás cuando el otro de salida lo quiso madrugar. Por eso le miró un reproche duro y sostenido que el otro aceptó porque bajó los ojos reconociendo la falta y así fue que empezaron a entenderse.
Se saludaron, como en pésame, tocándose apenas el ala del sombrero, sin odio y sin desprecio.
Habían llegado a caballo en la mañana, cada uno desde su rumbo, a esa confluencia del destino, unidos por la fatalidad que los dos asumieron con dolor, resignados a tener que pelear porque la perra vida con sus mudanzas mandó que no había lugar para los dos en este mundo. Así se dieron las cosas y había que apechugar. Bajo un cielo sin nubes, uno de los dos tenía que morir en ese día.
Sin apuro, como para siempre, fueron envolviendo el poncho en la zurda, se ajustaron las alpargatas, palmearon a sus ariscos para aliviarlos de extrañeza, dejaron los sombreros en el mismo cardo, y ya en posición hicieron que se tocaran las puntas de sus armas como para bendecir, como para inaugurar la muerte. Retrocedieron dos pasos y empezaron, el arma baja, visteando primero. Tiempo. Finta, empuje y tiro, una y otra vez. Un puntazo que se esquiva, un amague que no engaña, embestida y quite, retroceso, jadeo, ataque y retirada. Y tiempo, más tiempo prestado por esa cruel jornada.
Hasta que llegó una estocada del otro que él pudo parar aunque le dejó una huella, no muy ancha pero profunda, en el brazo de empuñar. Fue la primera sangre, que empezó a gotear sobre la tierra, lista siempre para recibir.
Un asalto y otro y otro, el brazo firme, el poncho en vuelo, la mirada fija, resuelto el paso de avance o repliegue para sobrevivir.
A medida que maduraba la mañana la acción iba revelando las mañas de uno y otro. En cada intento se adivinaban más, no se daban ventaja y cada vez resultaba más difícil llegar hasta la vida de enfrente. El cansancio ya asomaba por las gotas de sudor.
Él resbaló en un momento, apenas, casi nada, pero el otro vio el resquicio y por ahí metió un golpe alto, veloz, astuto, como definitivo. Él pudo evitar el degüello con agónico agache, pero le quedó en la cara un recuerdo hondo de esa estocada y uno de los labios partido en dos. Escupió el dolor y la sorpresa, y un hilo de baba sanguinolenta quedó por un momento ligando su boca con los yuyos.
Al otro también le llegó más tarde la hora de la sangre, porque para una puñalada que se venía asesina no le alcanzó la fuerza del ponchazo y sintió como un frío que se metía cerca del hombro hasta el hueso.
Así siguieron, de ida y vuelta como habían empezado; heridas chicas dibujaban un mapa de cuajarones en los ropajes.
Hasta que al fin con los ojos pidieron y se dieron resuello. Un respeto casi religioso los iba dominando. Él se puso en cuclillas sobre unos pastos secos y a corta distancia el otro se arrodilló resoplando, los dos hermanados por la sangre que parecía no querer dejar de abonar el estero.
Fue entonces, en el tiempo tenso de esa última tregua, de esa última mirada, de esa última lágrima por los dos, cuando como venida de magia, enorme, bellísima, despaciosa, indiferente, apareció la mariposa. La atrajo la brillante mancha roja en los pastos, pero el olor de ese coágulo la espantó, voló hacia arriba y siguió bailando en el aire, bajó, dio un par de vueltas, tanteó desechando enseguida unas manzanillas silvestres y siguió su zigzagueo hacia el convite de las grandes flores que allá lejos flotaban en las aguas quietas.
Ellos la siguieron en su vuelo y fue de esa manera que toparon la mirada con el toro negro guampudo que escarbaba su celo solitario con furia y desesperanza.
Los dos se miraron y se volvieron a entender.
—Tendrá que ser a lo toro.
—Tendrá.
Cuatro ojos turbios y una resolución. Dejaron los ponchos en el suelo, limpiaron la sangre de los aceros, arrancaron pajas y cardos como haciendo una cancha, lenta y concentradamente se hicieron la señal de la cruz y corrieron uno hacia el otro, los párpados entrecerrados y las armas firmes a media altura para la puñalada inapelable y ciega, para la cornada final.
Él tuvo suerte. El acero que vino se enredó primero en los bordados gruesos de la corralera y entró por el costado del costillar, de manera que los huesos desviaron el arma, que siguió sin embargo penetrando hasta quedar clavada y quieta asomando la punta bajo el brazo cuando su dueño aflojó.
Al otro lo llevó la desgracia. La hoja se le hundió libre en partes blandas y subió para alcanzarle la punta del corazón. Ya en el suelo, la vida le alcanzó para encoger las piernas, que después se fueron aflojando despacio, como buscándole paz. Estiró todavía dos patadas cortas contra un cardo joven que así también terminó sus días y se quedó del todo quieto.
Él también cayó, y mordió el pasto para ahogar el dolor. El vahído, el resuello, el vómito, hasta que amainó todo y pudo levantarse.
Alzó la vista al cielo, respiró hondo y miró a sus pies: el otro ya había dejado de boquear en ese catre postrero de pasto que bien hubiera podido ser el suyo, y una gota piadosa de sal corrió hacia la herida de su labio haciéndole sentir que estaba vivo.
Agarró con las dos manos el cabo del facón del otro en un primer intento para desclavarlo, pero el dolor lo acobardó. No podía con el mareo, una y otra vez. Se hincó, apretó los dedos contra la empuñadura, respiró hondo y puso todo lo que le quedaba en un último envión.
Cuando volvió del desmayo el facón estaba entero en su mano y la sangre bajo el brazo había dejado de manar.
Hincado escuchó: un réquiem de pájaros y bichos se levantaba desde los lagunales.
Sobre manchas tibias todavía se santiguó una vez más antes de levantarse.
Tenía claro que nada había sido mérito de su cuerpo arisco o del legado peleador de sus ancestros, sabía que ni siquiera se había hecho justicia en ese desenlace que lo único que estaba enseñando era que al otro lo había señalado el dedo patrón de la presumida suerte que a él mismo durante todos sus años lo había estado esquivando y que ahora le alcanzaba la prebenda o el castigo de seguir viviendo esta vida que tendría en adelante la marca de una muerte, aparcera como la marca de su cara, como las que llevaba en el lomo de los latigazos cuando gurí.
Se agachó como pudo a levantar la vaina que había quedado casi escondida en el remolino de yuyos pisoteados. Guardó el arma en la cintura.
El caballo del otro pastaba cerca. Se le arrimó con cuidado, palmeándole primero el anca, le aflojó despacio la cincha y empujó el recado, que cayó en un ojo de agua para quedarse; acariciándole el cogote llegó hasta la orejera; manso el animal bajó la cabeza; le quitó el freno de un envión y cuando el animal se daba vuelta le pegó un riendazo en los cuartos.
—Andá libre y llevate su alma.
El caballo, como un viento, ganó el bañado, y el hombre, conmovido, lo miraba chicotear en los charcos levantando miríadas de gotas que se irisaban con el sol.
Supo que no podría montar, que tendría que llevar de tiro a su ruano apurando para no llegar tarde al poblado para avisar. Agarró las riendas, se apoyó en el animal.
Sus ojos tropezaron con el cadáver entre los matorrales, y así, recostado contra su caballo, sintiendo latir la vida del animal, empezó a tomar conciencia de que él también estaba vivo. Se sacó ropa, se estudió los agujeros y sintió otra vez la certeza de que estaba vivo, vivo con una vida que seguiría viviendo, y entonces algo empezó a formarse y a madurar en sus entrañas, algo fuerte que crecía y crecía, algo con todo lo que fue haciéndole la vida; algo con los abuelos poncho colorado repechando creencias a chuza y alarido; algo con la infancia dura en la estancia grande, poca escuela y mucha lonja antes de escaparse mayorcito y solo y para siempre peón; algo con el aliento de dos o tres consejos para seguir viviendo; con las tristezas largas y los mezquinos contentos; con los domingos de votaciones, reojo de caudillos y mano a la empuñadura; con sus primaveras para la esperanza y sus otoños para no olvidar; con los madrugones de caña y yerba y la escarcha aventando la soledad bajo las botas; con el recuerdo luminoso del redomón azulejo que sólo aquel maldito rayo pudo pialar; con el sombrero pajizo compañero, tantas veces manoseado en las amansaderas del jornal; con el amigo de los silencios compartidos, perdido para siempre en rodada traicionera; con los velorios del pago, rezo, lágrima y guitarra; con la querencia de las despedidas cortas y las ausencias largas; con el abrazo del monte, cobijo y sustento; con los petates queridos, cada uno un recuerdo; con aquella pollera floreada, delirio y tormento; con el destino de ser hombre cosquilleándole en el corazón tropero; con el cusco cimarrón amancebado camarada de tantas cacerías y que al cabo tuvo que ayudar a morir en una noche de pumas; con las promesas siempre cumplidas en la Itatí de los anhelos flacos; con las noches de arreo, la garúa fría sobre el poncho empapado y el ánima más cerca de las bestias que del patrón; con la contagiosa impaciencia coscojera del pingo dominguero; con el vino compinche, sueños y olvido; con el clavel ofrecido en dos trenzas negras para poder vivir; con la sombra madre de los parrales para aligerar dolores con acordeona y ginebra; con el amor a la intemperie, bicherío y azahares; con el orgullo modesto de haber sido siempre libre, peonando a saltos para no venderse; algo con todo eso, con toda esa vida vivida que iba a seguir viva se fue formando en sus entrañas, subió en catarata hasta la garganta y en grito originario de sangre y de historia y de esperanza inmortal se levantó hacia el cielo testigo resonando en los profundos esteros, y el toro levantó la cabeza y las garzas volaron y se estremecieron las flores del irupé.



Este trabajo, “El Sapukay”, fue premiado en el “Concurso Nacional de Cuentos 50º Aniversario Fondo Nacional de las Artes – año 2008”. Jurado: Griselda Gambaro, Silvia Iparraguirre, Luis Gusman. Integró la antología que editó el Fondo con los diez cuentos premiados.

Antonella Seibane

                                            Pintor Chardin

Una mujer fatal


Leyendo a Puig, su novela “La traición de Rita Hayworth”, recordé al instante el film “Gilda” cuya protagonista era Rita Hayworth y el actor Glenn Ford. Fue una película de gran éxito y llenó la cartelera de los cines durante mucho tiempo.
Ella, era una mujer de un encanto especial, sensual, con un físico extraordinario y con su cabello ensortijado, lleno de rulos color rojizo, era la atracción del film. Él, era un hombre de muy buena presencia y un excelente actor.
El contenido de la película era un melodrama pasional, una relación extraña -por momentos romántica y a veces con escenas violentas, entre estos tres personajes.
Al regresar a casa no pude dormir bien, por momentos soñaba con su vestido de satén negro y sus guantes largos también negros.
Al día siguiente me propuse ir a la peluquería, decidida a cambiar mi aspecto físico, me teñí la cabellera negra a fin de parecerme al color de Gilda, esperé horas hasta ver el resultado. Luego de que me lavaran el pelo, me miré al espejo y ¿qué vi? ¡Una zanahoria en mi cabello! este quedó realmente horrible y de la mujer fatal que quería imitar pasé a ser el hazmerreír de toda mi familia.

Un turbante me acompañó durante un tiempo, ni vestido de satén, ni cabellera rojiza.



Todo siempre comienza


Cuando escucho la frase: “todo comienza hoy”, me siento nuevamente joven, miro a la vida como un sendero largo que aún debo transitar y disfrutar.
A veces me pregunto ¿qué es lo que comienza? ¿Una esperanza para lograr aquello que fue postergado? En ocasiones me cohíbo cuando algo nuevo aparece en el horizonte, pero lo tomo como una oportunidad inimaginable, ya sea una actividad que me demanda dedicación o alguna persona que me deslumbra.
Todo me hace sentir viva, como el amor, que empieza con un asombro inesperado, que nos abre nuevos rumbos y nos enseña nuevas y desconocidas dimensiones.
Así, quizás estas ensoñaciones hacen que uno pueda disfrutar a pleno el presente.
Con mis 89 años, aún todo no termina, recién comienza.


Identidad reservada


En el mes de Enero de este año pasé unos días de vacaciones en la casona de mi amiga Alba, allí en uno de sus cuartos había una biblioteca con una colección de libros de gran valía.
Me acerqué a uno de ellos que me llamó la atención por la imagen de la tapa. Lo tomé y el autor no me resultaba conocido, Steve Wolding.
Me adentré en sus páginas, en su narración y estilo los cuales me resultaron interesantes, atrapantes, pero a la vez tuve la sensación de que había párrafos que había leído en otros tiempos de mi vida.
Sus recursos morbosos, espeluznantes, por momentos de misterio y detectivescos me fascinaron y tensionaron, pensé en dejar de leerlo pues eran mis días de vacaciones, pero la trama de esta novela me retenía con sus sucesos policíacos precedidos de muerte.
Un escritor sombrío, melancólico, obsesionado por lo macabro y lo fantástico. A medida que fui finalizando de leer el libro me imaginé la vida de Steve Wolding que con su narrativa había logrado conmoverme y me recordaba por su estilo a otro escritor.
Al llegar a Buenos Aires me dirigí a la Biblioteca Nacional, allí investigué acerca de este autor y mientras inesperadamente descubrí que era un seudónimo, pensé: “¡te atrapé, así que sos vos, Edgar Allan Poe!”.

© Héctor D’Alessandro



El Cucaracho y otros relatos


 
La rata.


1.
Me hubiera gustado que mi padre, durante la casi olvidada infancia, me hubiera dicho algo memorable, pero está visto que eso le está asegurado a seres de novela como el narrador de El gran Gatsby. Sin embargo, sí puedo asegurar que mi padre me dijo algo, menos glamoroso, menos aforístico, más emparentado con el sentido común. Algo así como “nunca te cases con una mujer sólo por su belleza”. Quizás llegó a decirme incluso que la belleza siempre exornada por una sonrisa es ante todo sospechosa. Puede que me haya dicho algo así, puede que yo mismo lo variara en mi imaginación a lo largo de todos estos años. Sea como sea, el resultado me gusta más que cualquier realidad pasada. Y he optado por quedarme siempre con lo que me gusta. Antes me indignaba si alguien me decía “eso o es así, eso es de este otro modo”. Primero, me entraban unas ganas acerbas de discutir.Luego, pasado un tiempo, no sé cuánto, una indiferencia bañada de desprecio se apoderaba de mí ante este tipo de frases y observaciones. Así, hasta que un día, ante una frase de esas que pretendía rebatir algo imposible y viendo como la otra persona afirmaba algo que a todas luces no había sucedido, me di cuenta de que en nada vale la pena discutir sobre si algo fue de un modo o de otro, los hechos tienden a oscilar de un modo perturbador y se convierten no sólo en un campo de lucha sino en muchos casos de una lucha inútil.
Quizás, entonces, mi padre me dijo que no depositara toda mi confianza en una belleza estereotipada, en una sonrisa bonita y sobre todo en una sonrisa fría y en un mirar duro que con el tiempo pueda volverse despiadado. Pero uno no se da cuenta de todas estas cosas cuando es joven. Sólo pasado el tiempo, y luego de atravesar las brasas y el fuego de la experiencia es que uno piensa, a veces, que aquello era exactamente lo que nuestro padre quería decirnos. Y hacer este descubrimiento parece importante, pero es lo último que parece importante, luego, al pensar con tranquilidad, uno se da cuenta de que el padre de uno era un tipo aprisionado como todos en las sucesivas cárceles del sentido común y jamás nos pudo decir algo con el alcance o la trascendencia que ahora le atribuimos. Quizás el tipo estaba pensando en algo de mucha menor importancia. Quizás simplemente había oído esa frase en el autobús y el tipo que la pronunció le pareció alguien importante y entonces él la repetía como el idiota o el gilipollas que jamás dejó de ser en el fondo.
El caso es, no lo negaré, que me casé con Anastasia porque estando con ella me pareció que iba a alcanzar todos mis objetivos en la vida (el primero: estar con Anastasia), me iba a volver progresivamente rico, alimentado y alentado por sus besos que cada mañana me enviarían a la selva urbana de la cual yo volvería a la noche saltando de liana en liana y de árbol en árbol con un abundante aprovisionamiento y además una chequera en blanco para que mi amor dilapidara como a ella más le gustara todas aquellas riquezas que su irradiación y mi fuerza crearían de modo natural al entrar en conjunción. (Sólo pensar esto, sentir las sensaciones que corrían por mis venas y mi piel mientras pasaban esas imágenes por mi mente, hacía que la polla se me pusiera como una morcilla y se agitara dentro del pantalón como un animal salvaje a punto de morder a una presa. Al llegar a casa sólo deseaba una cosa, sólo estaba obsesionado con una cosa. Y con el consecuente arrebato la tumbaba, piernas en alto y le desagarraba la ropa –que ya volvería a comprar– y desgarraba también su piel.) Yo pensaba que ella disfrutaba tanto como yo y trataba de encontrar en su rostro en su sonrisa en el brillo de su mirada, ese placer que imaginaba. Me costó mucho tiempo darme cuenta que Anastasia estaba como ausente, no sólo ausente de la escena que vivíamos, ausente de sí misma. Yo no sé si alguien ha visto lo que yo, pero yo he visto,locos, ancianos y moribundos y las tres categorías de personas, en un momento, tienen algo en común, ese algo común se conoce bajo la expresión “se ha ido”. Hay un momento en que al loco su locura lo enajena de la realidad circundante y lo vuelve extraño ante ella y no responde de ningún modo aceptable para los criterios de realidad que casi todos manejamos a diario. Hay un momento en que los ancianos, desgastados, entran en otra realidad y este pasaje se puede ver en su mirada vidriosa y a la vez vacía, una mirada envuelta en una bruma, una mirada que mira desde detrás de las cataratas pero que no se fija en ningún sitio concreto y entonces entendemos que probablemente la enfermedad los ha comenzado a ganar o sencillamente la muerte ha empezado su labor de zapa y comienza a llevárselo. Hay un momento en que los moribundos, si en un momento intensamente atentos a su dolor físico se transforman en la imagen de la sabiduría santa al rendirse al dolor emocional, luego, según los pensamientos que transiten por su cabeza destrozada por las tormentas del fin pueden perderse en una maraña confusa y antes de la lucidez final, cuando pronuncian las frases célebres, vagan con la mirada por un mundo intermedio de sonambulismo y ausencia.
Mi mujer, Anastasia, ya había entrado en esos mundos aunque pareciera una persona que gozaba de una buena vida.
Entonces me di cuenta cuánto la quería y cuán enamorado me había casado, porque no queriéndola ver en ese estado sufría por no hacerla sufrir recriminándola o pidiéndole meramente explicaciones o haciendo observaciones sutiles cuya inutilidad era manifiesta.
Ella no se daba cuenta que estar vivo no era igual a lo que ella hacía. Tras muchos intentos fue que cedí el paso a mi egoísmo o a lo que creía egoísmo y decidí que si ella estaba allí meramente para cumplir un rol, yo haría lo mismo y no sólo lo aprovecharía sino que además disfrutaría de ellos como un cerdo, en fin, como un animal, del tipo que fuere, oscuro o brillante, lúbrico, babeante, daba igual. La miraba y pensaba “Anastasia, cacho é carne, mamona exquisita, bulto carnoso, chocho, nacía pa darme satisfacción y na más”. Cuando pensaba estas cosas, ellas me miraba y siempre un momento antes de que me dijera “Ay, porfi, no me pongas esa cara de loco que me asustas”, yo detenía mi actividad mental y me lanzaba sobre ella, que profería acertados grititos muy acordes con la situación, unos chilliditos agudos y penetrantes como los de una rata y que me laceraban los oídos y al mismo tiempo me exaltaban. Al lanzarme encima de su cuerpo me sentía enorme y poderoso, recordaba un documental en el Serengueti (Kenia) donde mostraban el apareamiento de los leones, el macho encima de la hembra dándole y dándole mientras la retiene por la nuca con los poderosos dientes, en tres días de actividad constante le llega a echar unos ciento cincuenta polvos. Más de una vez le mordí la nuca a Anastasia y esto la hacía retorcerse y mugir y berrear y chillar y comportarse como un animal y se giraba para mostrarme el brillo de sus ojos y le caía una baba por entre sus pequeños y afilados dientes que yo bebía como si se tratara de Ambrosía porque realmente era el único momento en que la sentía cercana y animal, flexible y lacia entre mis brazos.
El resto del tiempo, yo me cocía en mi vida inútil de hacer dinero y venir a casa a la noche a obtener mi ración de sexo y ella se destrozaba el alma y los pies en diversos paseos a las tiendas más caras de la ciudad para matar ese gusano horrible que crecía en su interior.
Si yo sacaba algún tema de conversación que pudiera resultar interesante, ella siempre me miraba como si yo fuera un extraño y ahora viniera con quién sabe qué cuentos.Estas escenas me violentaban y yo tenía ganas de resolverlas con algún tipo de discusión un poco intensa, como se hacía en tiempo de mis padres, o como se hace en la empresa en que trabajo cuando se entra en las fases de resolución de conflictos de competencia, pero ella se escabullía, no sé si con un arte propiamente femenino o de otro tipo porque fue en esos días que realmente me día cuenta que yo no sólo no sabía nada acerca de las mujeres sino tampoco acerca de los hombres y puestos a ser exhaustivos tampoco sabía nada acerca de la vida. Mi vida había sido un largo paseo por la alguna de la ignorancia, un largo fraseo de lecciones recibidas y un no mirar más que para adelante, mirar para adelante si ni siquiera
saber por qué y no preguntes.

Un día me dijo, saliendo de su estado hipnótico:

–A tí no te gusta la armonía.

Y luego de decirlo se fue al dormitorio, la miré y no pude concentrarme en su frase sino
en el reborde inferior de sus preciosas y mantecosas nalgas bajo el picardías, me entró un deseo de llorar, una nostalgia de erotismo y mi respiración se volvió salvaje. Acababa de
torearme y sabía hacerlo porque aunque fui para la habitación decidido a la discusión acabé ensartándola desde atrás que parecía ser lo que ella más deseaba en ese momento. Y dentrode ella me retorcí y jadeé y solté un moco de leche grande, gordo, espeso, fibroso, que parecía bajar de mis meninges. Luego me quedé tumbado mirando al techo mientras ella
me hacía caricias en el pecho y rumiaba una canción en voz baja con una vocecita aguda y yo me sumergía en un sueño flotante y algodonoso.En el sueño corría por una llanura (¿el Serengueti?) y era una especie de nutria o castor de zonas tórridas, olía todo intensamente, a sexo, a sangre y almizcle. Yo corría desesperado por enterrar mi clavo ardiente en una hendidura de agua donde bajar la temperatura. Los olores me orientaban en todo momento y al despertar continuaban allí en la habitación, me quise mover y el brazo se me había dormido debajo de Anastasia, ella estaba lacia y dormida, inamovible. Al escurrir mi brazo sentí en la boca el sabor animal que aún venía a mí desde el fondo del sueño. Mi boca se abrió en busca de oxígeno, carraspee un momento mientras me desperezaba y salió una lluvia de pelusas o pelos de Anastasia que, alojados en el fondo de mi garganta durante el forcejeo, ahora salían de mi boca y se esparcían por el aire de la estancia.


2.

No voy a negar que los años pasados de este modo me dolieran, claro que lo hicieron. Pero mi cobardía era superior y la labor de conformismo en que me sumergía por las noches pagaba de alguna manera el resto de la triste vida que, según yo, llevábamos.
Anastasia se volvió estúpida y obsesiva. Se preocupaba por cualquier tontería de un modo
frenético y fanático. Que si la cal se estaba comiendo las tuberías y un día saltarían chorros de agua hirviendo del corazón de las paredes de nuestro infranqueable hogar. Que si un vecino la miraba con demasiada pasión y que quizás un día se volvería loco y la atacaría mortalmente. Que las líneas del estampado del edredón se cambiaban de sitio en cuanto ella se daba la vuelta y eran tan puñeteras, las líneas, que volvían a ponerse en su sitio en cuanto ella volvía a la posición inicial. Que dentro de las paredes se acumulaba el alimento de alimañas nocturnas que acabarían reventándolas por su propio peso y expansión. Que si había una explosión nuclear nuestra casa sería pasto de la destrucción y sólo sobrevivirían algunas alimañas, las serpientes y las ratas, que yaceríamos muertos, flotando en ríos de agua verde fluorescente y viscosa corroídos por un millón de dientecillos afilados.

Yo no sabía cómo hacer para llevarla al médico y que la vieran. Cuando al fin la convencí, fue riéndose a carcajadas, estuvo muy sensata durante la entrevista y le dijeron que tenía un
poco de stress y le recetaron unas pastillas que ella se las tomó en tres sesiones durante las que viajó por mundos extraños que le dejaron la cara hinchada y los ojos apergaminados
durante días. Me dijo que había sido un viaje malo y vulgar el de aquellas drogas y yo me acabé de convencer que no sólo el pasado se puede inventar si no el propio presente y que
pasar por una persona “normal” es una de las tareas más fáciles que existen.
Fue durante esos dos días de viaje malo y vulgar que desvariando me dijo que era un don perfecto y que si creía que ella era una bruta y una asquerosa, no menos era yo y que sóloestaba con ella porque éramos iguales.
No entendí esas palabras, pero me afectaron.
Cuando ella volvió a ser la de siempre, no me atreví a preguntarle sobre esas frases. Me paralizaba un abismo, el insuperable temor a que me dejara desamparado en el desierto de
desesperación de nuestro horrendo matrimonio socialmente exitoso.
Fue entonces que se volvió totalmente obsesiva con las ratas.
Había leído una malhadada noticia, según la cual nuestra ciudad estaba infestada de esos bichos. Comenzó entonces su crisis definitiva. Día y noche recelaba de cualquier ruido que
oía donde fuera que se moviera y siempre andaba atisbando a un lado y otro sospechando de un acecho multitudinario dispuesto a desplomarse sobre su generoso cuerpo y devorarlo
en un santiamén.

Yo también creí volverme loco, y el deseo de largarme y abandonarla a su suerte me hizo
sentir fuerte, claro que de un modo negativo, como nunca antes en mi vida.
Hablábamos todo el día de las ratas, entre nosotros y con todos aquellos con quienes nos cruzábamos en le calle, en las fiestas, en los paseos, en mi trabajo. Llegué a saberlo todo sobre sus oscuras vidas subterráneas. Me sorprendió en poco tiempo lo familiarizado que llegué a estar con esos animales; a tal grado que comenzaron a caerme simpáticos. Si un día,
por la noche, paseando por la ciudad, veía a alguna rata corriendo desde la alcantarilla hasta
el container, me quedaba extasiado observándola en su trajinar preciso y veloz, claramente devorador.

Está claro que toda la información acerca de su enfermedad no calma al enfermo y todo el saber sobre ratas no hizo ceder ni un ápice su obsesión malsana. Yo pensaba y los médicos me aseguraban que era una suerte de empeoramiento agudo antes de la caída final, y yo no tenía por qué no creerles.
Por eso el día en que al volver a casa vi todo limpio, reluciente y arreglado, la comida preparada y a Anastasia sonriendo con un cariño relativamente humano pensé tal como me
habían enseñado a pensar los doctores: esta es la falsa mejoría antes de la capitulación definitiva, ahora caerá en una locura sombría y tranquila de la cual nunca saldrá. No siento
culpa en confesar que esto me tranquilizó y también me dio por penar que ahora podría disfrutar de su cuerpo a mis anchas como si de un cuerpo muerto se tratara y no sé por qué
pero esto me excitó aún más.

Esa noche sus chillidos particularmente agudos, sus dientecillos clavados en mi cuello, las
uñas desgarrándome la espalda me hicieron llorar como si me encontrara en una triste
despedido, alguien abandona la isla de la razón y se va al lego del olvido y la enajenación.

Nunca había disfrutado tanto con ella.


3.

Al despertar de mi sueño, la boca taponada de pelos y pelusas (algunos locos se quedan calvos, la vida era injusta con Anastasia) me hizo toser y para hacerlo me puse de lado que
era el mejor modo de arrancar de mi interior aquel mazacote capilar. Fue entonces que me di cuenta que aún estaba dormido y que estaba soñando. Anastasia se había convertido en
una rata y me miraba desde el fondo brillante de sus ojos con cariño de rata y con la picardía de quien está gastando la mejor broma de su vida. Algo dentro de mi pensó en mi lugar, mi pensamiento era como una voz ajena oída en el cuarto de al lado. Era un pensamiento que decía: “No se trataba de la mejoría previa al descaecimiento definitivo sino del empeoramiento lúcido previo a la transformación”. Entonces fue que pensé que aquel sueño era magnífico y que al despertar lo anotaría porque nunca nadie podría haber soñado algo así. Entonces, Anastasia acercó a mí su boquita de rata y me dio un beso con aroma a almizcle, erótico y pinchudo, su bigotito me hizo cosquillas y yo cerré los ojos y acaricié su cuerpo tendido en la cama, tan calentito, tan abrigado y pensé que dado que se acercaba el invierno lo mejor era tener aquel vello mullidito y tibio y no una piel humana fría y entumecida. Me dejé ir y ella me besó todo el cuerpo y trabajó en mí con sus dientecitos minúsculos provocándome la dosis exacta de pavor y excitación simultáneas.
Amé aquellos dientes. El intermitente terror a que poseída por el entusiasmo amputara de un mordisco mis órganos era un aliciente sexual de inusitadas posibilidades.
Al despertar al día siguiente, el cambio en mi era definitivo, al verla sentada frente al espejo maquillándose, al contemplar su espléndida espalda iridiscente bajo el tibio sol de otoño que nos visitaba, me di cuenta que no soñaba, que nada había sido un sueño, pero que para ella su nueva naturaleza no era evidente.
La llamé y se dio la vuelta con una rapidez vertiginosa y animada, y con la misma energía se lanzó a todo correr sobre la cama, dispuesta a retozar conmigo como una adolescente bajo el imperio del furor. Pensé que nuestro gasto de queso aumentaría y se me ocurrieron diferentes variedades de platos que le prepararía. Pensé incluso que daríamos vida a una nueva especie o cruza que sería resistente a un cataclismo de origen atómico. Y lo seguí
pensando esa mañana cuando en el centro comercial de nuestro barrio todo el mundo se acercaba a saludarnos y felicitaban en nuestra pareja el nuevo, brillante y saludable aspecto de mi esposa. Pasee orgulloso con ella por las amplias avenidas de nuestro barrio y cada vez que su instinto tendía a arrebatarla a la vista de una alcantarilla, un bote de basura, algún
animal amenazador, un container o algún agujero en la tierra, la arrastré con mis brazos a mi boca, a nuestros besos. Me di cuenta del alcance de pensamientos como que el cariño es
capaz de todo y otros por el estilo, y esa tarde luego de hacer el amor, me quedé extasiado no sé cuánto tiempo acariciando su vello grisáceo y marrón, su boquita, sus ojitos vivaces,
toqué su vientre calentito y al sentir un latido pensé que quizás ya comenzaban a venir a esta tierra amenazada las multitudes de hombres rata que pariríamos. Este pensamiento me
hizo sentir feliz y satisfecho y por primera vez en mi vida sentí que estaba de acuerdo con todo y pensé tonterías varias y recordé que mi padre quizás me dijo o no me dijo que nunca
me fiara de una mujer fría y solamente bella, una mujer pura sonrisa, y no me importó si esa frase era de él o no, o si era de un repartidor de periódicos que había acertado a pasar
pronunciándola en las cercanías de mi padre, el caso es que sentí que la vida era infinita y más ahora que podía resistir a cualquier desaguisado nuclear. Fue entonces que pensé,
mirando al atardecer más allá de los techos de pizarra de las casas de nuestros vecinos, que a veces tras una sonrisa fría se esconde una vida animal que será muy intensa cuando se le
dé la oportunidad de surgir, y tras pensar esto me sentí confuso porque, a pesar de sonar bien, carecía de significado para quien no conociera la historia de nuestro matrimonio. Tal
vez, entonces, la tradición familiar, lo que mis hijos hagan en su día, no sea otra cosa que agregar -como lo hice yo- una frase nueva a otra anterior. Un pensamiento con significado
pleno, para mí, que se suma a un pensamiento de significado dudoso procedente del pasado. Estas cosas pensé mientras sacaba los cacharros de cocina necesarios para preparar
una “fondue” de queso, un alimento que se volvería esencial en la armonía de nuestro hogar.

Elvin Munguia

                                                         Butterfly Effect" de ZiiZii-RocK

ELLA: LA POBRE MUJER DEL NEGOCIO LJ EN LA 14 DE JULIO.

                                                                                             Si mis plegarias no fueran

                                                                              A la Virgen sino a ti

                                                                          Qué pensarías? Qué dirías?

                                                                          Si de la noche soy un pedazo…

                                                                                Quisiera ser alcohol

                                                                        Para evaporarme en tu interior…

                                                                                                              Caifanes





 ―Ella es sólo una pobre mujer limitada por todas las aristas de su aún más pobre vida― Le dices al hombre que se ha parado a contarte, o a preguntarte si te has encontrado, o si sabes algo sobre esa mujer, de la cual desde hace algunos meses no hablas.

Sin embargo, le respondes a tu amigo que tienes tantos días de saber, absolutamente nada sobre su paradero, pero tu amigo insiste, te cuenta alguna actividad nueva que realiza la mujer que según tú, le has olvidado hasta el nombre, y aunque lo recordases, no sabes nada de ella, incluso en un mohín, has hecho saber que no te importa, que no quieres, que te vale medio grano de mostaza esa mujer.

Pero desde que tomaste el primer escalón, hasta que bajaste el último de las gradas eléctricas en el centro comercial; escalones que con su pausa atorrante, te fueron llevando poco a poco y cada vez más lejos, o más cerca del pasado. La pobre mujer, se te venía reminiscente entre el aroma del café y el evento de hace un rato.

Tu amigo empezó a platicarte de esa mujer a la que tú llamabas pobre, lo cierto es que ella no era una pobre mujer, ni tampoco era una desvalida y menos era carecía de algo, ni siquiera le faltaba nada, es más, le sobraba hasta para darte lo que querías, que como en tu buena costumbre te escaseaba todo por esos días. Nunca le pediste, sólo aceptabas a regañadientes lo que ella con toda su divina bondad te ofrecía, y te rogaba que aceptaras este obsequio, aquel regalo, el pasaje, tal vez del taxi, el pasaje quizá del autobús, o el pago del hotel, acciones que jamás fueron motivos de orgullo y menos te fueron vergonzosas.

Te costó un mundo acostumbrarte a viajar esa distancia para verla o para acompañarla a algún, o cualquier lugar, te aburría, y te molestaba porque jamás habías viajado tan lejos para complacer amorosos caprichitos, porque jamás habías hecho complacencias tan absurdas.

Algunas veces dijiste con extrema soberbia ―Nunca voy a viajar a ver a esta mujer ni le voy a andar con tontas contemplaciones―. Pero debías hacerlo y eso te exacerbaba, gruñías como arrepentido, gruñías como león marchito, herido de cautiverio, y de nostalgia.

Te adentrabas en una infinita discusión, y tu pensamiento discrepaba con tu pensamiento, y ambos se vituperaban, se agredían y te decías: ―maldito yo y malditos buses, maldita esta decisión― Mientras la pobre mujer, la que tú llamabas pobre, hacía sonar tu teléfono y te preguntaba por dónde andabas, por donde venías. Tú, contestabas parco, vengo por aquí, estoy por acá.

Te disgustaba que se preocupara o que te preguntara sobre esto o sobre lo que estaba por llegar, por aquello que se iba, por la falta de uno o de dos pesos, o de la cena, o el almuerzo, la cerveza y el cigarro.

Ella era una buena mujer que te quería tanto, que no le importaba volverse tu mecenas, no le importaba que estuvieras atravesando esos momentos difíciles, esa depresión casi de muerte en tu economía.

Eso te molestaba, te molestaba tanto, que comenzabas a odiarte y en ese me odio a mí mismo, ya odiabas a todos, y la Pobre mujer, culpable de ninguna culpa, encabezaba la fila.

La noche era buena y buena era la intención de la Pobre mujer que en su sencillez, en su dulcísima dulzura y sin ninguna pretensión de ofenderte, te preguntaba, si hoy tuviste un buen día, si tu suerte había mejorado o si solamente las circunstancias continuaban jugando con tu poca ventura, con la suerte buena o mala que sólo te daba a probar un poco de la felicidad que la vida puede obsequiarle a los elegidos, a los que están destinados a ser parte de los abducidos, de los perdonados, de los absueltos, de los hijos verdaderos de un dios alejado de ti o tú alejado de él.

II

―Te gusta que te prepare omelettes― Te pregunta amorosa, y te da un beso en la mitad de los labios.

Tus gestos parecen atrapados, tus gestos parecen distraídos, sólo la seriedad te maquilla; ella no nota tu frialdad y te pregunta si tienes dinero para mañana y va a la cartera y saca una de sus tarjetas y te apunta: ―Puedes debitar de mi cuenta lo que necesites―, entretanto se acomoda en la almohada y te escribe en la agenda la contraseña, sugiriéndote que vayas al cajero que tenga enlace con MásterCard, porque ese es su banco y esa es su compañía y las ventajas en cuanto intereses, y tantas más supercherías. Tú la observas con una acérrima lástima, pero te guardas el ―Ingenua―, la discusión que generaría tu opinión acerca de las tarjetas y de los bancos, de los intereses y de las mentiras con las que la gente es sometida a creer que está ganando cuando en realidad, les estafan de forma obscena y sin descaro.

Continua pegada a tu costado pero tu reacción es neutra, y la almohada te comprende, y la almohada se siente tan ignorada, tan fría, tan delgada.

Gruñes otra vez, parece que has recibido el curso de: ¡Cómo disgustarse con facilidad! y recuerdas el paso número uno, un poco de frustración es importante para sentirse molesto sin saber por qué.

Ella te soba la espalda, se acerca a tu cuello, y comienza con un juego lento, con un juego que te lleva y que le lleva. La traes enfrente tuyo, ella se sienta en ti mientras ata con sus piernas tu cintura, no puedes evitar notar la blusa de botones que se abre lenta, y exhibe la perfección, la redondez, el tamaño y la textura de delicadas mamas que florecen con excedida ternura, que se descubren a tus ojos libidinosos y a la licenciosa agitación de tu boca.

La camisa es deleznable, no soporta la fuerza, el poder de los bien formados senos, sola se va desabotonando y un pezón se muestra tímido y sepia, le das un beso; el pezón es coqueto y te llama, y en tu boca renace el instinto y vuelve la infancia y tu necesidad de infante es la reacción normal que cualquiera espera.

Sólo que acá, sabes que es el mejor pezón de la vida, porque es un pezón lascivo, floreciente, placentero.

Ella, aún no quiere tus labios en ese pezón que se ha despojado de la inocencia de las cosas, y sus pulposos labios atrapan los tuyos, y es un beso que humedece esta parte de la boca y aquella que se oculta y se abre férvida.

Su palpitación es tu palpitación. Sus labios son algodones de azúcar deshaciéndose en un mordisco, disolviéndose en un sonido que despierta las fuerzas místicas de la vida, en la separación y la unión de las glándulas hinchadas y la piel férvida entre esto y lo otro. Simultaneo, a toda acción te va comentando que tus besos son deliciosos, que jamás ha sentido sensación tan grande o más plena que esta. Tú sabes que la pobre mujer está enamorada, está tan enamorada que no nota tu aburrimiento, el aburrimiento de dormir con ella mientras el otro sale de viaje, en sus viajes largos y que desde el día que le hiciste el amor a esa pobre mujer con el perverso deseo del amante furtivo, desde ese día, ella purga el único pecado que pudo cometer en su entera vida, el pecado de enamorarse de un forastero que además de huir de todo, huye de sí mismo.

Te besa y te dice que te ama más y más. Aún más cuando le besas de esa manera que ella no había conocido. Te repite que no puede dejar tus labios, si pudiera te mordería, te comería, te tragaría, te degustaría una y otra y otra, y otra y otras mil veces más, pero ya, ya a estas alturas sientes vergüenza, conoces al otro, pero el otro está lejos.

Ella mientras te besa, recuerda cuando te la encontraste recién conocidos y le dijiste que el vestido que traía puesto le quedaba más que perfecto, que dibujaba magistralmente la silueta de diva que posee, que no era más que una fotografía viviente y andante de la revista más glamorosa: Vogue, Elle, Marie Claire Victoria Secret, penhouse, play boy o lo que fuera.

III

La noche en que yaciste por primera vez con ella fue realmente diferente. Te pidió que le acompañaras a cerrar la tienda y le ayudaste, saldrían por la puerta trasera.

Después de bajar la cortina de hierro, tú le murmuraste algo, voy al baño, ella fue a mostrarte en donde estaba y entonces le besaste y le besaste y ella cerró los ojos y tú sentiste claro, el tic en la ingle y le quitaste la blusa de botones y viste el corpiño blanco que permitía que aquellos pechos perfectos se vieran más redondos con sus sepias pezones queriendo reventar el jersey del sostén y que entre su simetría exacta, color, peso, textura y tamaño un sendero te dijera: -recórreme- y lo recorrieras.

Ella te miró mientras se miraba sin blusa y sus labios de flan se manifestaron nuevamente y sentiste la pasión, su fuego; te sentaste en un banco y levantaste su falda sin plises que le daba por debajo de la rodilla.

A la altura del talle, tocaste su abdomen firme y pequeño mientras suave le subías la falda hasta dejar su lencería marrón descubierta y le besaste donde la humedad era mayor, y su pubis sintió tus labios y tus labios sintieron aún más la humedad de sus labios bajos y verticales, olorosos y gruesos. Después de eso te paraste y te pusiste detrás, a sus espaldas, le abrazaste por el cuello y la pegaste a la pared, ella se inclinó un poco, mientras una mano sostenía la suavidad de su pechos y la otra se colaba entre el ardoroso vientre y la empapada lencería; sus gemidos despertaban voluptuosos tus morbos y la excitación fue tanta que ella buscó desabrocharte la faja del pantalón pero jugaste con ella y no se lo permitiste, mientras daba una exhalación larga, profunda, exagerada y un quejido se le escapaba y otro y otro mientras sus firmes, pronunciados y tersos glúteos se pegaban más a la parte media de tu cuerpo.

Ella de frente a la pared y después de intentarlo por muchas veces te desabrochó la faja, luego obsesa siguió con el pantalón y te bajó la cremallera y te acarició sobre el bóxer negro que ese día usabas, y las caricias detonaron la adrenalina y tanta energía y tanto fervor y el olor de su cuerpo era a pasión, a seducción, a fuego y a vida.

Comenzó a decirte que era el momento que dejaras de hurgar con tus dedos en su rincón de placeres y que le dieras lo que nunca había descubierto, o que jamás le habían enseñado. Entonces sonreíste con una satisfacción demoníaca, nadie vio tu rostro en ese momento, ni ella, pero qué importaba, en ese instante tu sadismo, tu demoniaco sadismo y la disfrutaste tanto que sus gemidos te fueron estimulando, te fueron llevando al punto de explosionar en todo su cuerpo.

No obstante ella decía cosas, te decía el nombre y te repetía que era mejor de como se lo había imaginado, tú te sentiste muy bien, virilmente un supremo amante, un poderoso semental nacido para lo que sabía hacer y eso, eso era someter a una pobre mujer a la fogosidad, a la incandescencia corporal de su instinto básico, de su pecado capital, de su asmodeica lujuria.

Te gustó tanto escucharle decir que te había estado deseando desde a saber cuánto tiempo, y ahora estaba toda desnuda, toda perfecta, acostada en el piso de mosaicos, sin ropa ni lencería marrón alguna que le cubriera; estaba totalmente desnuda y diciéndote palabras ricas, deliciosas, afrodisíacas.

Fue un manjar tenerla así, toda expuesta, toda vulnerable en el piso, viéndote con la mirada desorbitada y la respiración ajustada e intensificada con cada gemido que le arrancabas cuando le besabas las piernas o salías de entre sus bien elaborados muslos salpicados de efluvios, de la concentración sanguínea en sus labios mayores y menores, de la erección proveniente del interior de su cuerpo, desde esa amalgama de órganos, lengua, sexos, dedos, fuerza y fruiciones.

Ni las rosas, ni el pan, ni el vino tienen olor tan exquisito y sabor más delicioso que su libídine, que la suavidad de sus glándulas, que sus paredes musculares y luego tu abusivo desenfreno. Luego la llamaste diosa, pero no te enamoraste, no te enamoraste, fue sólo la magia de su estímulo, la magia de sus carnosos labios y la desfachatez obscena del placer y del encuentro que furtivo y prohibido provocaba en ti, en ella, en los dos, clímax programados, detonación de sensaciones, tormentas cósmicas con la entrada y salida de los apéndices en las lubricadas cavidades de la extasiada pobre mujer, que laxa después de cada gemido, te repetía el nombre.

Ese día te arrancó estertores, no te opusiste ni te limitaste, y tu piel fue suya, y suya fue la espuma del mar, la espuma de su salvajismo, la energía de la espuma que le irrigaba con su fervor los rincones y la sinapsis y los ovarios y entonces te diste cuenta que vibró y te dijo que te amaba y descubriste la fuerza de sus dedos apretujándote la espalda y una macabra sonrisa de triunfo y gloria se apoderó de tu rostro.

Ella jadeaba, sudaba y sonreía mientras te abrazaba y te besaba y tú no te apartabas de entre sus piernas y su sexo palpitaba y ella te llamaba radiante, exhausta y temblerina.

Pero esa remembranza, era ya una buena historia para contar a los amigos, una interesante experiencia para compartir en el bar de la esquina, para narrarlo en la Oveja Negra y por qué no, para rememorar con algún desconocido, incluso utilizarla como arma en una lucha de masculinos egos, o cualquier cosa parecida a la retorcida ocurrencia de las circunstancias.

La vez que te hartaste de ser un mantenido, fue por eso de la neurosis y de la inconformidad e incluso de la lucha moral que estabas librando, no es que seas un hombre devoto o temeroso de las repercusiones, sino más bien un pobre individuo atormentado por los complejos, las mediocridades y ese fardel de actitudes esquizoides, que de alguna manera le sienta bien a tu personalidad de buen o mal intelectual, pero que al igual, te vuelve torpe y sobre todo inepto con las relaciones, te vuelve inepto para manejar el amor y el cariño que una o que cualquier mujer te dé.

Le dijiste esa noche que te ibas, que te ibas por allí, y ella te vio y empezó a verte tan pequeño, tan bucólico, tan estereotipado, tan inútil, pero no dijo nada y se sentó a esperarte, pero no regresaste y no te llamó, y entonces la pobre mujer supo que no volverías, se deprimió, pero oportuno el marido vendría al día siguiente, y sintió un poco de calma, una incómoda calma, pensó la pobre mujer que nada después de que tú te evaporaras como alcohol entre sus piernas, en su interior, podría hacerla descubrir semejantes y adictivas sensaciones, se quedó pausada viendo el cielo raso, se quedó respirando a medias y pensó en lo que haría mañana y lo tedioso que sería estar en el negocio, que de seguro sería un problema, un terrible problema estar allí, por eso de las reminiscencias, por eso de que la memoria es cruel y entonces le mostraría como una película antigua lo que había pasado la primera noche, en que su piel se carbonizó sobre tu piel, donde de tu piel se posara como pájaro suicida sobre su piel, de las rodillas desprotegidas sobre el mosaico y la dureza descarnándolas, pero eso era lo de menos comparado con la exquisita, lasciva y perfecta fusión de los cuerpos.

Ella pensó: ―mañana viene el gordo, mañana viene ― y durmió un poco ahora, un poco después.

Simultaneo a esto, tú deambulabas por el boulevard y no sabías qué hacer, porque nunca te has enfrentado a la vida real, porque la vida real es demasiado fantasiosa para tus intereses de joven ambicioso, de ambicioso duende, de hombre desastroso, de hombre universal.

Pensaste un poco en ella y seguiste hacia tu horizonte; por la mañana te despertaste temprano con un par de monedas en las bolsas y saliste para tropezarte con la suerte de una vieja conocida, que ahora dueña de una importante Empresa te propusiera trabajar con ella, porque si bien eras un inútil manejando relaciones amorosas, eras un señor creativo y un estratega medianamente aceptable en los negocios.

Tu suerte estaba mejor y ya después de mucho días te olvidaste de la pobre mujer, hasta que justamente hoy, antes de que te encontraras con tu amigo, la vieras pasar cerca de ti, mientras pidieras el capuchino de las nueve de la mañana en el quiosco de la segunda planta en el mall, y ella ni siquiera se inmutara al verte y en el peor de los defectos caminara adoptando una pose aristócrata, con la intención de mostrarte su enojo y su menos precio y se sentara con unos amigos mientras te miraba y les decía que eras de lo peor, que eras un pobre diablo, un aprovechado pobre diablo, un pobre diablo, un maldito cretino, nada más. Y sin ningún incomodo, tú te alejaras con tu capuchino y te encontraras con tu amigo en gradas eléctricas que te decía:

―Adivina con quién me encontré ―

*Del Libro “Cuentos Cotidianos” (2012-2014 Goblin Editores)

Jorge E. Rueda


EL UNIVERSITARIO

El diagnóstico del médico forense, homicidio, múltiples heridas de bala le causaron la muerte. Estupor causó la noticia, confrontadas sus huellas dactiloscópicas, el cadáver correspondía a un hombre de nombre Miguel, uno de los mejores estudiantes universitarios del país, becado por una de las más prestigiosas universidades, en próximos meses recibiría su grado como profesional en medicina. Su cuerpo fue encontrado sin vida por agricultores en una pequeña parcela con siembra de tomates, localizada en la villa de San Fernando, distante a dos horas del centro de la ciudad donde él residía.
Miguel era el segundo de 5 hermanos, tres hombres y dos mujeres. Hogar humilde, su padre, campesino, trabajador de la tierra. El mayor de los hermanos, antes que el estudio, prefirió seguir labrando su mediana parcela, el tercero continúa su instrucción académica de bachillerato en la escuela pública del pueblo, las hermanas, internas con las hermanas capuchinas. 
Su compañero de habitación en el campus de la universidad de nombre Eduardo, le observaba muy extraño por las últimas tres semanas, callado, con cara de preocupado, hasta lo notó más delgado; se irritaba fácilmente, sobre todo en horas de la noche después que recibía una llamada telefónica, la cual, pensaba Eduardo sería de alguna mujer sin nombre, Miguel siempre fue muy reservado con su vida privada, nunca se le vió o mencionó tener una relación femenina. Mientras el detective hacía las últimas preguntas, la propiedad de Miguel era colocada en unas grandes cajas blancas rotuladas en grandes letras negras en las que se leía dos palabras: Policía – Homicidios.
A su corta edad, 26 anos, relativo éxito, es lo que pudieron observar los detectives que se encargaron del caso. Médico en residencia, carro de marca Alemana último modelo, costoso reloj, anillos y cadenas en oro pesado de 18 quilates, la ropa que vestía, de marcas importadas; su ordenador y celulares (dos), de última tecnología y de marcas famosas, costosas.
En la comisaría, en una de las cajas de cartón con las pertenencias de Miguel, encontraron una de metal cuadrada y pesada, de seguridad, la cual para abrirla hubo que violentarla; la sorpresa fue mayúscula, dos relojes Rolex de oro, 95000 dólares en efectivo, dos kilos de cocaína y un cuaderno de notas con nombres de personas, números telefónicos y cifras de uno y dos dígitos al frente de cada nombre, dos columnas, con subtítulos de CANTIDAD y DEBE, parecía corresponder a lo que imaginaban los detectives eran de las últimas entregas que habría hecho por esos días; también encontraron títulos de una hacienda que Miguel había comprado tres semanas antes de su muerte a un conocido empresario.
El jefe de detectives, completó la nota del médico forense para su inmediato superior:
Homicidio agravado
Posible motivo: Narcotráfico, Ajuste de cuentas.

Mónica Lebedinsky




































Técnica mixta 
  40 x 13 cm






                                                                        Acrílico  
                                                                       135 x 65 cm

















 
                                                            
                                                                                                                                        Técnica mixta
                                                                                                                                            40 x 13 cm

Pablo Poblète

 "Psycho-concept-photographique"Montréal, 2002, (photo P. Haddad)
 "psico-concepto-fotográfico" montreal, 2002, (foto p. Haddad)
 
 Pablo Poblète, "Psycho-Ordinateur-Défuturissé" 1986 Paris. (Œuvre de la collection permanente du Musée d'art Contemporain de Sarajevo. depuis 1995) Tôle rouillée, écran plastique, socle en bois couvert de plumes. Exposé en 1994 au Palais des Sciences la Villette exposition "120 Peintres Français pour Sarajevo"
Pablo Poblète, "Psico-COMPUTADORA-Défuturissé" 1986 Paris. (obra de la colección permanente del museo de arte contemporáneo de Sarajevo. Desde 1995) chapa oxidada, pantalla plástico, base de madera cubierto de plumas. Exposición en 1994 en el palacio de las ciencias la villette exposición "120 pintores francés para Sarajevo"
 
 "RIEN N'EST FINI ,TOUT RECOMMENCE...." c'est ainsi qu'on s'envole! rue Campagne Première, Paris 14ème.
" nada está acabado, todo comienza de nuevo...." Así es como se vuela! Calle campaña primera, Paris 14º.