sábado, 20 de febrero de 2016

Marta Elízabeth Còrdoba

                                    
                                                Pintor Will Cotton Melrose

no me veas correr
no veas cuando levanto el ruedo de mi falda
no mires cuando seco la lágrima
del que no tiene nada no
necesito magia para
ser Milagro





me comí la vida de un bocado
me comí el amor lo salivé
me tragué los dedos para no tocarte
me comí yo me deglutí
me mastiqué todos los verbos
me escupí volví a comerme


/fragmento de poema 32 en Sin enagua/


 detrás de los colores
la fibra original
la esencia nuestra

 

Maria del Mar Estrella



LOS POETAS NO MUEREN

Los poetas no mueren. 

 Nacen aL otro lado de la vida. 
En esa dimensión del extravío  donde los cuerpos danzan 
con liviano equipaje al son de una verdad llamada sueño. 
Los poetas no mueren, se transforman en aire iluminado 
en voz sacrílega, pócima de energía vital 
que va de boca en boca refractando bandadas de absoluto. 
Los poetas no mueren, se despiden alegremente de sus alas 
sobreviven enamorados de la muerte, 
atravesados por una espina de belleza, un desvarío. 
Desmesurados que sucumben de vértigo mortal, de pena rota. 
Los poetas no callan, anochecen. 
Apenas se despojan del presente saltan hacia el futuro convertidos 
en raíz poderosa, en majestuosa lágrima. 
Allá se va, con su camisa abierta en arcoiris 
mientras  nuestras lágrimas  se vuelven pájaro para volar con él 
y Dios dice que no, que los poetas 
no mueren 
amanecen al otro lado de la vida.




LA VIDA NECESARIA

                                      A las mujeres valiosas que enriquecen la vida

Hay mujeres que tienen la costumbre de mirar a los ojos,
la sincera costumbre de mirarnos

el alma del revés y para siempre.
Hay mujeres que siempre nos encuentran
en el momento justo, al borde mismo de la desolación o del fracaso
y con una sonrisa, una palabra, un mínimo silencio, nos fecundan.
Hay mujeres de luz, de pura raza, milagreras silvestres que florecen
sobre las bacanales del asfalto
hembras de un solo rostro que se animan
a dar el corazón como si nada.
Y apenas las descubres, algo crece en tu interior,
se llena de sonido, de sentido, de solidaridad invulnerable.
 



 Y si un día se van, se van en lluvia, en lluvia consistente
que guardará nuestra raíz. Su huella ha de quedar aquï: en este hueco
del corazón, como queda la fuerza del espíritu
en la vasija rota por el tiempo.
Hay mujeres que alzan la bandera que otras dejan caer.
Mujeres pueblo que reivindican la esperanza.
Porque nunca sabrán su dinastía, que las bendiga el sol.
Y lo que dieron: la vida necesaria!

Leonor Rodriguez Rodriguez


                                                                        Soledad


                                                                    
                                        CARTA A MI ESPOSO EN SAN VALENTÍN.
                                                    de España, Avilés. Asturias

                    

Maria Rodriguez


CRUZ DEL SUR

En mi patria
-que es mi lengua y es mi pueblo-,
es tan ancha de soles su frontera,
tan vestida de cobaltos y de aromas,
de estampidas de pájaros libertos
penetrados de estrellas y de lumbre.


En mi patria
-que es mi pueblo y es mi lengua-,
se fecunda mi cuerpo de los ríos,
de la verde espesura de la flora,
el costero silbido de la brisa,
la estampida caliza de la aurora.


En mi patria
-que es mi lengua y es mi pueblo-,
es tan ancha de soles su frontera,
que aromas azules me despeinan,
la gozosa espesura me desviste,
y me habita su brisa, voz y boca.


En mi patria
-que es mi pueblo y es mi lengua-,
respira mi garganta su escollera
poblada del tizón del horizonte.
Y enervada de justicia, mi bandera
se despliega de pueblos y de voces. 

 
Poemas inéditos

Lorena Brito

                                          
                                                  Pintora Carolyn Hutchings

Composición. Tema: La vaca.

Él despertaba a las cuatro. Vestía su ropa de fajina, tomaba el café negro, una ginebrita, y se iba al campo con paso tosco y seguro.
Volvía a las dos horas y media a desayunar bien, para luego continuar la jornada casi sin descanso, interrumpida sólo por unos mates y algo que morder cuando picara el hambre.
En un tiempo lo había admirado por tesonero y su afán trabajador. Eso la enamoró, junto con aquellos ojos grandes y oscuros, y esas manos recias que levantaban cualquier peso sin esfuerzo a simple vista, cual papel barrilete. Durante el día lo añoraba, y esperaba con la cena lista para contemplar su porte rudo y apuesto a la luz del farol.
La casa era amplia y fría, aislada en medio de grandes sembradíos con unos pocos animales y una pequeña huerta que también ella cuidaba.
Lo despedía mientras juntaba tazas y platos. Luego de dejar todo en estricto orden, ensillaba al caballo que la llevaba hasta la escuela donde daba clase.
Ya no lo extrañaba. De hecho, todo su amor se había convertido en odio y resentimiento desde el día en que una injusta paliza con olor a vino le hizo perder al niño. Había ansiado mucho esas risas infantiles que todo lo impregnan de alegría y perfumados juegos. Pero un golpe fue certero. Uno solo bastó para robarle por siempre la ilusión de ser madre.
Jamás se habló del tema. El silencio se hizo eterno y pesado.
Camino a la escuela rumiaba su odio y desesperación. Al llegar, en lugar de iluminarse con esas tiernas miradas, oscurecía a tal punto que el gélido silencio hogareño se mudaba al aula. Todo era planificado, exactamente calculado, y no había tornado o fiesta que la desviara de lo que ella consideraba su deber.
Los niños no se atrevían a respirar fuerte. Ninguno era suyo, por eso los aborrecía. Cualquier cuenta mal hecha o palote torcido desataba su malhumor.
Cierto día de mucho frío, llegó tarde una niña de triste semblante, la más pequeña del grado. Por supuesto, recibió su castigo por tal osadía. En un rincón y sin recreos, debía escribir dos hojas de una composición cuyo tema era “La vaca”.
Cuando la maestra, que con mueca siniestra disfrutaba el momento, le dio la hoja con el título, la niña la miró fijo. Al instante unas gordas lágrimas brotaron de sus ojitos. Nada dijo la maestra, nada dijo la niña. Sólo escribió unas pocas palabras y al cabo de dos horas entregó la hoja, que la mujer dejó sobre el escritorio con soberbia y sin leer. Seria y con gran ademán dio un discurso acerca de la responsabilidad y la disciplina. Y envió toneladas de tareas para el hogar. Al sonar la campana, juntó sus cosas, las guardó con un orden obsesivo y volvió a su casa otra vez rumiando la desesperanza.
Presta a corregir los cuadernos, sacó la hoja de la niña y leyó:
La vaca es un bicho malo como mi maestra.
La vaca mató a mi mamá.
Mi maestra no me deja olvidarlo.
Atónita quedó. Jamás le faltaron el respeto de tal manera. Su ira estalló, los gritos se mezclaban con el ruido de la loza rota. Arrojó una plancha de hierro contra la foto enmarcada que posaba sobre el modular. ¡Desgraciado! gimió, mientras hacía volar los cajones de cubiertos por el aire. En ese instante él regresó. Al abrir la puerta, se le abalanzó endiablada con la cuchilla hacia el cuello, y con cada puntada su risa se volvió más histérica y chillona.
Quedó tieso en el piso reflejando aún la sorpresa en su rostro.
Ella respiró hondo. Le costó arrastrarlo al zanjón, pero el lodo que produjo la llovizna le permitió deslizarlo. Limpió y barrió la cocina.
Durmió como siempre y se levantó al alba, como la rutina le exigía. Sólo preparó te.
La lluvia torrencial no la amedrentó. Salió a caballo pese a los tirones y corcoveos que éste daba. Mas a mitad de camino el animal se plantó y ella resbaló a un charco. Cayó tan mal que el crac de su columna tronó al igual que la tormenta.
Pasaron horas. No se inmutó. Con los ojos muy abiertos miraba al cielo. La comprensión fue ganando lugar en su alma.
Soy la vaca empantanada que en su furia se hunde cada vez más, pensó.
¡Perdón niña! ¡Seré tu ángel!
Y expiró.

Oscar Vicente Conde ©


Nada que alimente tanta estupidez
sólo yo
ninguna excusa para planificar la huida
dejar las puertas clausuradas
y que tu grito se ahogue en la saliva
como sí fuera sangre de otras venas

sólo yo
buscando salvarme de los imposibles
de los amaneceres grises estallando
molesto con mis pies que nunca saben a dónde van
sin hallar la cruz invertida extraviada en algún cajón

casi siempre cerca del mar esperando que me trague
deambulando por las noches sin salir a la intemperie
escuchando los pasos que nunca se fueron

sólo yo
desnudo
frente al pelotón de fusilamiento

y nadie que resuelva dar la orden final


HUMO
Aquí
el silencio procrea
tras los muros opacos
duerme una daga ciega
aguarda
el calor de una mano
que será garra

aquí
las botas caminan
sobre los despojos
los nubarrones rojos
tapan el sol de verano
hace frío

aquí
ellos cantan el himno
de batallas inexistentes
enarbolan banderas incoloras
golpean el pecho lacerado
todavía recordamos aquel nombre
por siempre
aunque no lo nombran en los libros

aquí
miles de ojos sin lágrimas
esperan tras el horizonte
mientras un humo turbio
les cubre sus cabezas erguidas

muy pronto
un pujante viento humillará al humo
entonces cantaremos otro himno

el nuestro

2014

viernes, 19 de febrero de 2016

Barbara Tarquini

Pintura Marc Chagall 

Heraldas

Hartas de alcoba,
telarañas sin consuelo.

Y me asaltan
las ganas.



Vértigo
cuando levanto la sábana,
y desnuda,
y doy vuela la página.

Que será de mí
si estoy en casa?

Que de clamores
no entiendo nada.

Así se desagua
tu península
mi alma.

 
Prófugo

Fijo,
ecléctico,
bestia,
adónde vas?

Viga plural,
detén tu ánimo,
quítame este cuerpo.

 
Caracol naciente

Agua nunca bendita serás,
liebre,
dichosa y salvaje.

Segundos tragan segundos,
huracán púrpura,
razón en siesta.

armaduras aterciopeladas,
piedra dura,
transformémonos!