sábado, 31 de enero de 2015

Valeriano Fauve (España)



La sangría acosadora


el día pintaba lindo. el sol brillaba más que otros días. iba tarareando una canción,no recuerdo en este momento, pero que mola. Bueno, pues saque a mis perros como todos los días, a eso del medio día. como habitualmente hago, voy a ver a mis amigas, y amigos a una plaza cerca donde vivo. a un lado de la plaza, ponen una mesa de camping, sobre ella colocan manojos de flores, para su venta. casi siempre, paro para hablar con el chico que lleva el asunto de las flores. el día transcurría con normalidad. enciendo un cigarrillo, pero hace una ligera brisa, cubro con la mano para que la llama no se apague. intentaba una, y otra vez encender, giraba de un lado a otro, en uno de los giros logre encender de una vez, el puñetero cigarro.
aspire el humo del pitillo, en ese momento vi, un vaso con una cañita de esas de plástico para absorber el líquido. mire el interior, deduje por el aspecto, y olor, que es una sangría.hasta ese momento no había nada fuera de lo normal. tan solo
 que el vaso estaba totalmente lleno. eso me llamo la atención. hice un comentario a mi amigo ___ mira ese vaso contiene sangría, y está lleno ___ mi amigo, no le dio importancia.___ yo no le meto mano vaya ser que… ___ hay quedo la cosa.

llego la hora de ir a comer. como de costumbre, baje la calle, antes de llegar a un convento de las carmelitas descalzas, es un pequeño edificio, que no tiene más de cuatro plantas. en ese momento iba acompañada, de mis dos perros twiggy y trasto.antes de llegar a la puerta del edificio, veo encima de una papelera, el vaso de sangría, que anteriormente estaba encima del contador de luz de la once. eso me hizo de nuevo que pensar. cuando llevaba unos metros andados. gire la cabeza mirando el vaso. lo que más me llamaba la atención, era que continuaba intacto el vaso la cañita, y el contenido. proseguí mi andadura. el pitillo llegaba a su fin.

cuando iba a pisar la colilla, de nuevo el vaso de sangría. eso me hizo retroceder unos pasos atrás. los perros ladraban, me llamo la atención, no era habitual en ellos.
la gente, me miraba, no sé qué estaba pasando, pero lo que estaba ocurriendo no era normal. sentía un malestar en mi interior. la respiración por momentos iba subiendo. decidí ir por una pequeña calle, que nunca solía pasar por ella. pero ese día me llevaría más rápido, al bar donde algunas veces, 
solía comer. conforme bajaba, iba pensando, que realmente, sería que alguien cogió el vaso, y lo dejara allí.cuando gire la esquina. ESTABA ALLÍ!! el vaso. no podía ser. NO!!me quede paralizada mirándolo. continuaba igual. me entro un escalofrío. el sudor de la muerte. jadeaba. cerré mis ojos. pase a cinco pasos de él. subí la calle.


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empuje la puerta de la casa. subí las escaleras. primer piso. segundo, y así hasta llegar al cuarto. conforme subí los tres peldaños últimos, vi que había algo en el filo del último escalón.HAAAAAA!!!

de nuevo el vaso. pero estaba vacío. no puede ser. NO!!el corazón se me iba a salir. en ese momento, del apartamento contiguo, salía una chica dirigiéndose a mí, ___ sabes algo donde están dando sangría?. una amiga me comento, que aquí al lado, han abierto un bar, y están regalando vasos de sangría.esta amiga vino, y como no estaba, se canso de esperar, y decidió marcharse.dejando este vaso de sangría. dijo, alzando el vaso, haciendo el ademan si deseaba. sin mediar palabra, entre en el apartamento, cerrando la puerta de un taconazo.PUMM!!

http://pinceladasdearte2b.blogspot.com.ar

Sarah Petrone (Italo -Argentina)

                 

TE ACORDÁS DE MARIA?


La orquesta sinfónica dirigida por la batuta del director, ejecutaba su mejor repertorio como apertura en la gran noche de gala. En el respetuoso silencio de la sala colmada, la música sublime de la selección de temas de Wagner, Stravinsky y Mozart interpretadas con una solemnidad contagiosa, resonaba imponente en cada rincón del acústico recinto del Teatro Roma.
Las alegorías renacentistas de la cúpula del pequeño Colón de Avellaneda, representadas en los símbolos de Eros, La Vanidad y Baco parecían cobrar vida con cada nota.
-Seguramente Epífani estará orgulloso de su obra.- Oí murmurar cerca mio.
-Shss…
Alguien más se había percatado del trabajo del plástico autor.
-Shss…
Desde las aberturas perimetrales, Verdi… Pirandello… Benavente, incluso Gardel parecían pedir silencio en las pinturas de la cornisa.
Me acomodé mejor en mi butaca de terciopelo rojo, hasta casi hundirme en el asiento y por un momento cerré los ojos para oir mejor y calmar mi ansiedad.
Conmovida hasta las lágrimas releí una y otra vez su nombre en el programa que promocionaba la velada y su gira por el interior del país.
El piano, el violonchelo, la flauta…el violín. Ningún instrumento musical se resistía entre sus dedos, regalándole sus mejores notas.
María Neisse, la eximia concertista, llegaba después de recorrer una Europa que acrecentaba su fama prestigiosamente merecida e insuperada por el virtuosismo de su arte.
Se acordaría de mí aún, después de tanto tiempo como yo de ella?
Cuando se abrió el telón y salió al escenario, una lluvia de flores arrojadas desde los asientos vecinos, resbalaron por el largo vestido blanco que descubría apenas la punta de sus pies.
Menuda y rubia, con el cabello suavemente ondulado cayéndole sobre los hombros y la espalda; y los ojos tan celestes que parecían transparentes. Ya madura pero íntegra, vital; tal y como la recordé a través de éstos largos años, igual a cuando yo era su única alumna y aprendía solfeo en su casa, allá, en nuestro antiguo barrio de Almagro.
-Rosetta, incomincia da capo.- Me reprendía en mi lengua natal ante mis equivocaciones. Firme pero gentil como sólo los grandes saben serlo.
Mi mente me retrajo a esos días de mi infancia de inmigrantes italianos en la casona de inquilinato. Recuerdo a doña Berta, su madre, con sus ropas largas y oscuras, su delantal gris y la cabeza cubierta siempre por un pañuelo negro anudado a su cuello.Y a Sonia, su hermana menor, con sus trenzas rubias, largas y enroscadas en su nuca a modo de rodete.
Las tres mujeres eran refugiadas de Polonia, llegadas a la Argentina en un momento crucial del país, convulsionado por revoluciones internas y quebradas por la muerte de Eva Perón.
Atrás quedaron el pueblo natal, la familia dispersa y esa tristeza arraigada en la mirada huidiza, permanentemente húmeda en unas lágrimas ausentes, resignadas a no caer por las mejillas pálidas de Berta.
Casi como por un juego es que me había involucrado en sus clases de música, seducida por la armonía y la calidad de esos largos ensayos suyos; todo tan desconocido para mí, que inundaban con melodías el pasillo y la escalera que conducían a su departamento y a los que a hurtadillas accedíamos con Sonia para escuchar mejor.
Aprendí a amar la belleza de la música, por ella y así era más agradable la vida en el conventillo.
Todas las tardes al regresar del colegio, María nos permitía presenciar sus estudios. Entonces, nos sentábamos en el suelo de su habitación repleta de instrumentos que afinaba mientras mirábamos en silencio; esa era la condición.
En esa admiración absoluta por parecerme a ella, todos los días dibujaba en mi cuaderno de solfeo, las claves de sol, las blancas, las fusas, las corcheas…Todas esas notas que atesoraban mi única ilusión.
-Aún te falta aprender mejor las notas.
Yo, sólo quería sentarme y ejecutar, como ella, algunas melodías.
-Tal vez el mes que viene. –Y sonreía.
Entonces, torpemente me conformaba con acariciar las teclas del piano y tocar tan sólo el “cucú, cucú, cantaba la rana. Cucú, cucú, debajo del agua.”
Nunca completé mis estudios. Mis clases de piano con la joven María tuvieron que interrumpirse.
Una noche, Sonia muy excitada vino a buscarme. Un hombre muy querido para ellas había llegado a su casa. Alto, barbudo, muy demacrado y delgado. Había lágrimas en sus ojos y se abrazaban con cariño.
La habitación estaba a oscuras. Sobre la mesa, una pequeña torta casera con una vela encendida.
Tomados de las manos, también yo lloré al cantarle en voz baja el feliz cumpleaños al recién llegado, contagiada por su emoción aunque no entendía nada.
Entonces me explicaron que su padre, un profesor de física, después de años de campos de concentración y torturas, finalizando su exilio regresaba libre con los suyos.
Al poco tiempo, no sé por cuales arreglos políticos, sorpresivamente se despidieron de unos pocos y regresaron a Polonia.
Nunca olvidé el dolor y el miedo reflejados en sus rostros. En el aire quedó flotando el adiós que enmudeció al conventillo.
El golpeteo de la batuta sobre el atril me devolvió a la realidad. Desde el foso, al frente de su orquesta, el maestro le marcó el tiempo. María Neisse se paró firme frente al público, acomodó el violín sobre su hombro, recostó su barbilla en la caja de madera, acarició con los dedos el mástil, apoyó el arco sobre el diapasón…y tocó como nunca, dominando la técnica de su instrumento.
La armonía de los colores resonó en el Roma y en mis oídos, inundando de magia cada rincón mientras ejecutaba las composiciones musicales con una maestría y una seguridad inigualables.
Al finalizar, tras los aplausos interminables saludó y se despidió.
Quise gritar -¡Aquí estoy!- Pero no pude. El telón la ocultó detrás de sus pliegues; las luces se fueron apagando y el público empezó a salir.
Me quedé sentada, inmóvil. Toda la tensión acumulada en mi interior liberaba en lágrimas silenciosas mi emoción.
Escribí en un papel mi nombre y mi teléfono. Después, caminé hacia la calle. La esperé a la salida abriéndome paso entre el bullicio de la gente que se apretujaba en la puerta para verla. Y la alcancé.
Sin mirarme siquiera, me firmó un autógrafo apurado y subió al auto que la esperaba. Apreté entre mis manos el mensaje que no me animé a darle y me quedé mirando cómo se alejaba.
El viento jugó con algunos programas pisoteados, entonces sonreí débilmente.
- Tal vez, otro día…en otro lugar. ¿Quién sabe?
 

SARAH PETRONE


Fernando Sorrentino (Argentina)

Dibujo por Greg Simkins 

El conejo de Ushuaia



En un diario acabo de leer que, “tras largos meses de intentos fallidos y de diversas expediciones, un grupo de científicos argentinos logró dar caza a un ejemplar del ‘conejo de Ushuaia’, especie que se daba por extinguida desde hacía más de un siglo. Los científicos, encabezados por el Dr. Adrián Bertoni, lograron capturar un ejemplar en uno de los bosques que rodean aquella ciudad patagónica…”.

Como prefiero lo específico a lo genérico y lo preciso a lo evanescente, yo habría dicho “en el bosque tal y tal que se encuentra en tal sitio con respecto a la capital fueguina”. Pero no debemos pedir peras al olmo ni inteligencia alguna a los periodistas. El doctor “Adrián Bertoni” soy yo, y por supuesto tuvieron que escribir de manera equivocada mi nombre y mi apellido: me llamo exactamente Andrés Bertoldi, y, en efecto, soy doctor en Ciencias Naturales, con especialización en Zoología y Fauna Extinguida o en Peligro de Extinción.

El conejo de Ushuaia no es, a pesar de todo, un lagomorfo y, mucho menos, un lepórido, y tampoco es cierto que su hábitat sean los bosques de Tierra del Fuego; más aún, ni siquiera un solo individuo ha vivido nunca en la Isla de los Estados. El ejemplar que yo capturé —yo, yo solo, sin ningún equipo ni ayuda de nadie— apareció en la ciudad de Buenos Aires, junto al terraplén del Ferrocarril San Martín que corre paralelo a la avenida Juan B. Justo, a la altura de la calle Soler, en Palermo.

Yo no estaba buscando al conejo de Ushuaia, sino que tenía otras preocupaciones y caminaba un poco cabizbajo. Me dirigía, bajo el calor de noviembre y por la vereda de Juan B. Justo, hacia la avenida Santa Fe, a un banco donde debería realizar trámites molestos y hasta inquietantes. Entre el terraplén y la vereda hay una verja de alambre tejido sobre una base de mampostería; entre la verja y la base del terraplén estaba el conejo de Ushuaia.

Lo reconocí al instante —¿cómo no iba a reconocerlo?—, pero me llamó la atención verlo tan quieto, pues es animal movedizo y saltarín. Pensé que tal vez estuviera herido.

Sea como fuere, me alejé unos metros de donde se hallaba el conejo de Ushuaia, escalé la verja y bajé con sigilo junto al terraplén. Caminé con pasos cautelosos, temiendo a cada instante que el conejo de Ushuaia huyese espantado, y, en ese caso, ¿quién podría alcanzarlo? Es uno de los animales más veloces de la creación y, aunque de modo absoluto el guepardo es más rápido que él, no lo es en términos relativos.

El conejo de Ushuaia giró la cabeza y me miró. Pero, contra lo que yo imaginaba, no sólo no huyó sino que quedó inmóvil, con la única excepción del airón plateado, que se agitaba, como desafiándome.

Me quité la camisa y quedé con el torso desnudo.

—Tranquilo, tranquilo, tranquilito… —iba diciendo.

Cuando estuve a su lado, desplegué con lentitud la camisa, como si fuera una red, y, de repente, en un solo movimiento brusco, cubrí con ella al conejo de Ushuaia, envolviéndolo por abajo y formando un paquete de regulares proporciones. Con las mangas y los faldones practiqué un fuerte nudo, que me permitió sostener el envoltorio con sólo mi mano derecha, mientras la izquierda me quedó libre para ayudarme a escalar de nuevo la verja y volver a la vereda.

Desde luego, no podía presentarme en el banco con el torso desnudo ni con el conejo de Ushuaia. De manera que me dirigí a casa; resido en un octavo piso de la calle Nicaragua, entre Carranza y Bonpland. En una ferretería adquirí una jaula para pájaros, de tamaño más bien grande.

El portero estaba lavando la vereda de nuestro edificio. Al verme con el pecho descubierto, con una jaula en la mano izquierda y un envoltorio blanco, que se agitaba, en la mano derecha, me miró con más asombro que reprobación.

Mi mala suerte quiso que, al entrar en el ascensor, me siguiera una vecina que traía de la calle a su perrito, un animal feo y antipático que, al captar el olor —más allá de la percepción del ser humano— del conejo de Ushuaia, rompió a ladrar ensordecedoramente. En el octavo piso pude librarme de aquella mujer y de su estentórea pesadilla.

Cerré la puerta del departamento con llave, preparé la jaula y, con infinito cuidado, empecé a desenvolver la camisa, tratando de no irritar, y mucho menos de herir, al conejo de Ushuaia. Sin embargo, el encierro lo había hecho enojar y, al liberarlo del todo, no pude impedir que me clavara en el brazo un aguijón. Tuve la suficiente presencia de ánimo para que el dolor no me hiciera soltarlo y logré, por fin, ponerlo a buen recaudo dentro de la jaula.

En el cuarto de baño me lavé la herida con agua y jabón, y, en seguida, con alcohol medicinal. Luego me pareció que lo más sensato era llegarme a la farmacia y hacerme aplicar el suero antitetánico, y eso fue lo que hice sin dudar.

Desde la farmacia me fui directamente al banco para concluir el maldito trámite que había quedado postergado por culpa del conejo de Ushuaia. En el camino de regreso adquirí víveres.

Puesto que, durante el día, carece de aparato masticador, consideré lo más práctico cortar el bofe en pequeños trozos y mezclarlo con leche y garbanzos; revolví todo con una cuchara de madera. Tras olfatear la combinación, el conejo de Ushuaia la absorbió, sin dificultad pero con mucha lentitud.

A la caída del sol empieza su proceso de dilatación. Trasladé entonces los pocos muebles del living —dos sillones simples, uno de dos cuerpos y una mesita ratona— al comedor, apoyándolos casi contra la mesa grande y las sillas.

Antes de que no cupiera por la puertecita, lo hice salir de la jaula y, ya libre y cómodo, creció lo suficiente. En este nuevo estado había perdido por completo la agresividad, y se mostraba abúlico y perezoso. Cuando le vi brotar las escamas violetas —indicios de somnolencia—, me metí en mi dormitorio, me acosté y di por terminado ese día.

A la mañana siguiente, el conejo de Ushuaia había regresado a la jaula. En vista de esa docilidad, no me pareció necesario cerrarle la puertecita: que él decidiera cuándo permanecer dentro o fuera de su prisión.

El instinto del conejo de Ushuaia es infalible. Desde ese primer día, y al anochecer, se habituó a dejar la jaula y a extenderse, a modo de un flan de cierta consistencia, por el suelo del living.

Según se sabe, evacua sus heces las medianoches de los días impares. Si uno coloca (por ánimo de jugar, claro está) esos pequeños poliedros metálicos y verdes en una bolsa, y los agita, suenan de una manera muy simpática, con algo de ritmo caribeño.

En realidad, poco tengo en común con Vanesa Gonçalves, mi novia. Es bastante diferente de mí. En lugar de admirar las tantas cualidades positivas del conejo de Ushuaia, le pareció que lo mejor era desollarlo para hacerse confeccionar un tapado de piel. Eso puede practicarse de noche, cuando el animal está dilatado y la superficie de su piel es lo bastante extensa para que las crestas cartilaginosas se desplacen hasta los bordes y no dificulten las tareas de incisión y corte. No quise ayudarla en la operación; Vanesa, sin otros instrumentos que una tijera de sastre, despojó al conejo de Ushuaia de toda la piel del lomo, la llevó a la bañadera y, bajo el agua de la canilla y con detergente, cepillo y lavandina, eliminó por completo los restos de ámbar y bilis que la cubrían. Luego la secó con una toalla, la plegó, la guardó en una bolsa de plástico y, muy contenta, se la llevó a su casa.

Esa piel no necesita más de ocho o diez horas para regenerarse por completo. Vanesa imaginó un gran negocio: desollar cada noche al conejo de Ushuaia y vender sus pieles. No se lo permití; no quería convertir un hallazgo científico de tanta importancia en algo groseramente mercantil.

Sin embargo, una entidad ecologista denunció el hecho, y en los diarios se publicó una solicitada en la que se acusaba a “Valeria González” —y, lateralmente, también a mí— de ejercer crueldad hacia los animales.

Tal como yo sabía que iba a ocurrir, la llegada del otoño restituyó al conejo de Ushuaia su lenguaje telepático y, aunque su mundo cultural es limitado, pudimos tener agradables conversaciones y hasta establecer una especie de, ¿cómo diré?, de código de convivencia.

Me dijo que Vanesa no le caía simpática, y yo comprendí perfectamente sus calladas razones: le pedí a mi novia que no viniera más a casa.

Tal vez por gratitud, el conejo de Ushuaia perfeccionó un modo de no dilatarse tanto por las noches, de manera que pude traer de regreso al living todos los muebles. Duerme sobre el sillón de dos cuerpos y defeca sus poliedros metálicos sobre la alfombra. Nunca fue de excesivo comer y, en esto, como en todo lo demás, su conducta es mesurada y digna de elogio y de respeto.

Su delicadeza y su eficacia llegaron al extremo de preguntarme cuál sería, para mí, su tamaño diurno más cómodo. Le dije que habría preferido el de la cucaracha, pero advertí que esa misma pequeñez volvía al conejo de Ushuaia peligrosamente imperceptible, con el consiguiente riesgo de herirlo (ya que no de matarlo).

Tras algunos ensayos, llegamos a la conclusión de que, durante las noches, el conejo de Ushuaia continuaría dilatándose hasta adquirir el tamaño de un perro muy grande o de un leopardo. Durante el día, lo ideal consistía en las proporciones de un gato mediano.

Esto me permite, mientras miro televisión, por ejemplo, tener al conejo de Ushuaia en mis rodillas y acariciarlo distraídamente. Hemos forjado una sólida amistad y, a veces, con sólo nuestras miradas nos entendemos. No obstante, durante los meses fríos se mantienen vigentes sus facultades telepáticas, que desaparecerán apenas lleguen los primeros calores.

Ya estamos en agosto. El conejo de Ushuaia sabe que, desde septiembre hasta febrero o marzo, no podrá formularme preguntas ni plantear sugerencias ni recibir mis consejos o felicitaciones.

En los últimos tiempos ha caído en una especie de manía repetitiva. Me dice —como si yo no lo supiera— que él es el único ejemplar sobreviviente de conejo de Ushuaia en todo el mundo. Sabe que no tiene la menor posibilidad de reproducirse, pero —aunque se lo pregunté muchas veces— jamás me dijo si esto le preocupa o lo deja indiferente.

Además de estas afirmaciones, me pregunta —todos los días y varias veces al día— si vale la pena seguir viviendo, así, solo en el mundo, en mi compañía pero sin congéneres. No tiene manera de morir por su propia voluntad, y yo no tengo manera —y, aunque la tuviera, jamás lo haría— de matar a un animal tan dulce y afectuoso.

Por estas razones, mientras perduran los últimos fríos del año, converso con el conejo de Ushuaia y continúo acariciándolo distraídamente. Cuando llegue el calor de septiembre, sólo podré limitarme a acariciarlo.

Gito Minore (Argentina)


Quien nos quita lo bailado


Unidos y despreocupados
el inicio de este entuerto
nos ofreció
la incalculabilidad
de una felicidad platónica.
El indiviso territorio
de nuestros cuerpos
propició de laboratorio
donde la metáfora,
los gritos, los versos,
la poesía con P mayúscula
se experimentaba
en todas sus formas.
De más está decirlo
vivimos esta pasión
infradotadamente,
nos amamos
con un amor mogólico,
desentendido de futuro,
condones, edades,
compromisos sociales
y un largo y penoso
etcétera desconocido.
Se trataba de vivir
y frescamente
cumplíamos el mandato.
Fue una edad dorada
inolvidable, inmarcesible.
Entonces un día
llegó el tiempo General
y sus milicos
a sembrar a fuerza de cálculo
la canalla y la desidia.
Se alambró, se privatizó,
se dividió equitativamente,
como Dios manda,
a cada quien su propia miseria.
No se pudo hacer nada,
estaba todo dicho,
lo justificamos idiotamente.
Después de la tormenta
apenas si nos miramos
a los ojos
con temor y algo de espanto.
Una vez individualizados
corrimos cada quien
por su lado,
a cubrirnos la vergüenza
con un par de antiguos versos
derretidos
bajo el último refucilo.
El nuevo siglo nos sorprendió
deprimidos y dominados,
travestidos
en la línea de caja
de un Mc Donalds
disputándonos el cuarto puesto
de infeliz del mes.
Alquitranados, pijifláccidos,
esperando la definición
de la Nacional por Crónica TV.
Conformes,
con aire acondicionado
y tres dientes por sonrisa
y un disco de veneno
rayado
girando en nuestra nada propietaria
cantando
cantándonos
quién nos quita lo bailado,
quien nos quita lo bailado,
quien nos quita lo bailado.

 
Rasguidos

En la puerta
imprime sus rasguidos,
arañando
la lúgubre noche.
¿Y si la dejo entrar?
¿Y si la dejo entrar
y haga
lo que carajo quiera
y se vaya todo
a la mierda?
Tal vez así,
no le tenga miedo
o la tenga
más
más adentro mío,
más miedo adentro mío.
Más.
Un día,  prometo
le voy a entregar
el día y la vida,
la noche y la vida.
Voy a dejar de ser
para oficiar
a su lado
de mínimo escolta,
desquiciado granadero
de semejante
espectro
amado.

 Morir soñando Óleo Lienzo Paisaje