domingo, 29 de julio de 2018

Lorena Cynthia Rascovsky

                                                     
                                                           
No sé

No sé si bajo la alfombra cayó la sombra/ o tal vez en el patio de mí cabeza.
Será posible que nada tenga patas/ que la luna sea de juguete.

Supongo que será  el cansancio/ o quizás esta paloma muerta/ que hoy encontré en mí ventana.

Probablemente la noche me enmarque un delirio/ o esta bisagra que mí espalda lleva/ haga de mis pies/ un surco de venas partidas.

No sé bajo que ropa me olvidé la vida.


 El hospital


El hospital se colma de sombras/ los dolores se redoblan/ y nunca concluye el abismo.
Exhalo el vértigo y el sufrimiento de mis costillas/ temo que el esfuerzo sea en vano/ porque contemplo las nauseas de mis huesos.
El hospital/ viejo cuadro de arañas/ que cuelga de este infierno.
Trato de prender la lámpara/ y este hospital colmado de murmullos/  tiene ojos penetrantes/ y se ríe de mis demonios/ son monstruos obreros/ que atacan a mis lágrimas.
Me reconozco vencedora/ desdichada y perpetua a los sudores que resucitan.
El hospital glorifica mí muerte/ y a los antiguos claustros de mi pasado.


Pintura de  Christian schoel

Griselda García


Su ley


                                                                                   JB: ¡qué angustia elegir en un menú
                                                                                                cuando hay tan poco tiempo!
                                                                                                                         Mario Trejo


Esa tarde había muerto la vieja dama de la poesía
y en las redes aparecían las viudas y los deudos
para añadir su cuenta en el collar de la finada.

También nosotros destejimos anécdotas
sobre la anciana signora
eximia en el ejercicio de la crueldad.
No quise mirar el menú
iba a ser una cena extensa, como las de antes.

En otra fête galante la vieja poeta insistía
comé, estás flaquita, te cuidás el gostro
tenés linda piel, todas las noches
sacate bien el maquillaje, ¿vino no bebes?
mucha agua sí, tienes que bebeg.
Entre plato y plato me ponía a prueba:
¿has leído a Saba, a Ungaretti, a Quasimodo?
¿cómo no?, ¿pego cómo no?, ¡no hay tiempo, queguida!

También Emeté tomaba lección:
Zelda, ¿de qué ópera es este aria?
si no respondías en los primeros acordes
eras una burra musical, una ignorante.
Los viejos poetas buscaban súbditos.

La dama aprovechaba mis silencios
y se adormecía con el vapor del vino blanco.
Décadas de otro huso horario
habían cambiado sus costumbres.
Me pidió disculpas, aunque no eran necesarias
llamó al mozo, no me dejó pagar y me dijo
lo que tenía que hacer para ser una grand poett:

almuegza tagde y hasta la noche no veas a nadie

Le agradecí y nos despedimos.

Ninguna lamentó el fin de una breve amistad.
(Buenos Aires, 1979), Ahora. Ediciones Del Dock. Buenos Aires. 2016.








Dijo la loba


Vos, lobito mío,
sos una de las crías
que no alcancé a devorar
(¿me sacaste el hambre
o llegaste cuando estaba saciada?).

Ya sabés erizar el pelaje
más tarde te enseñaré
a orientarte en el bosque
a esperar el momento
de distracción de la presa.

Vos, lobito mío,
disfrutá las caricias
aprendé a ignorar las uñas.

Ahora te nutro:
tu avidez rodea el pezón cargado
te hartás de leche dulce.
Muerta también seré tu alimento.

Seremos, en el final
carne vuelta a la carne.

Raul Perez Arias


Cuando
el pan
no esss cortesía
nos falta el aliento.
Tenemos hambre
y es peligroso
un diezmo
sin una almohada.


USTED Y YO


Usted tiene la ética,
yo el poder.
Sea breve;
mañana yo juro por la patria,
usted por no gastar de más.


  Pintura Antonio Berni

Ana Lucía Montoya Rendón

                                              
                              
                                                  LA ESPALDA DE LA NIEBLA

Hacía muchos días, quizá meses, dibujaba esa espalda, sin embargo, sobre el papel solo aparecía el boceto de su parte frontal. Por más que borraba y reiniciaba, reaparecían los trazos de su fisonomía, especialmente aquella graciosa curva de sus labios que sentía sobre los suyos, que le herían como burla y como daga; con veneración veía en ese boceto la erguida altura de sus senos, y lo enervaba a punto de éxtasis la belleza de su bajo vientre y aquel vértice mágico, origen de sus entrepiernas. La laxitud de sus miembros lo tenía fuera de quicio: por más que le había indicado cuál era la pose, por más que se tomara el tiempo en acomodarla, esas piernas esbeltas permanecían estiradas y las manos cruzadas sobre el pecho, como muerta. Todo era silencio. Tantos meses a solas con ella y no recordaba haber escuchado alguna vez su voz. Pensó, estoy soñando, es el sopor de este verano infame y gelatinoso que cada día se densifica más, que, como vaho, opaca mi visión. De nuevo se restregaba los ojos y volvía a su tarea. Había muchos pliegos de papel arrugados y arrojados al cesto de la basura o regados por el suelo, como si una vez desechados hubiese hecho una bola y se entrenara en el juego de la canasta. En el sofá acaba de despertar la modelo, desnuda y sonriente. Un grito se dejó oír en el edificio de aparta estudios. Cuando el portero vino, encontró sobre el catre al maestro desnudo, su piel estaba de color cenizo, de hielo la temperatura de su cuerpo, tenía la mirada lechosa y perdida, en su boca, dibujada la mueca de un anhelo, su mano derecha sostenía la barrita de carboncillo sin estrenar y, en la izquierda, había un manojo de hilos como de tela de araña. En el caballete, sobre papel periódico, encontraron un precioso dibujo de una espalda de mujer. Hubo muchas conjeturas sobre la identidad de la modelo porque fueron tantas las que por ese estudio desfilaron... mas, de ésta, ni siquiera se pudo identificar el perfil porque tenía la cabeza reclinada sobre uno de sus hombros y la cabellera era nada más que un enredo de niebla. —Raro que el maestro hubiera muerto hacía tantos meses, según decía el informe del forense, si apenas diez minutos antes acababa de entrar al edificio y recoger la correspondencia—, no paraba de repetir el portero casi a punto de llanto.

  Pintura de Fujiko Nakaya

Griselda Rulfo

                                                   
SIN TÍTULO

Corrí tu sombra
y no la alcancé.
Por eso
la corrí otra vez.

Busqué tu sonrisa
y no la encontré.
La quise guardar
en mi bolsillo
junto al pecho.
Mi bolsillo estaba roto.

Quise alcanzar
tus rizos negros
pero la tijera
resbaló
de mi mano.
Mis dedos no pudieron.
Mi paso se acortó.
Me quedé solo
en la esquina.
Solo en la cuadra.
Solo en el barrio.
Solo en la ciudad.
Solo yo
en el mundo.
Me quedé solo.



SOMBRA

La sombra entre las olas
eclipsa la mirada.
El hombre agobiado
espera en la playa.
La ve
y quiere abrazarla.

Corre y se sumerge
sobre el brillo del sol
que reposa en la espuma.

Así llenará con su cuerpo
el vaivén de la marea
que lo atrapa.

  
  Pintura Gustavo Boggia

Gabriela Yocco


Insomnio

una tristeza con gusto a tierra
ser así        sola
sostenida por algún azar extraño sobre este mundo sin paredes

el silencio extremo de la madrugada busca ser día
 y cuento abedules en un bosque que no conozco
(una enorme forma del insomnio)

más afuera         mucho más
se desangran los techos de los expulsados
y me desangro con ellos

ya no sé de adentros
ni de afueras
ni de lo más profundo de la piel

madre mía de ojos como almendras del sol
no golpees las puertas
dentro
sólo queda el viento



Sueños

En el sueño construyo mis jardines invisibles.

En el sueño la palabra agua se hace lluvia y de cualquier roca nace la perfecta montaña

En el sueño soy bella, vienen a comer pájaros de mis manos y el mundo es redondo como una manzana arrojada contra el sol. Redondo, justo y perfecto como una manzana arrojada en el centro del sol.

En el sueño hay una sola guitarra, pero es la guitarra precisa. Y hay una sola cuna, pero es la cuna deseada. En el sueño soy leve soy espuma soy viento bueno.

En el sueño los bueyes descansan sobre el terrón blando y germina la semilla sin esfuerzo.
Y hay una fiesta inacabable de pájaros en una tardecita lejos allá en la sierra.

En el sueño mis manos son pequeñas y no tengo cicatrices.

No me pregunten, entonces, por qué cada mañana es una puñalada en medio de los ojos.

      Fotografía  Facundo Floria

Facundo Gastón Floria

Voy y vuelvo. Como si fuera un viernes cualquiera, alguno en el que crece ese rugir de hospitales, un viernes de pequeñísimo sol en el centro del espacio, con minúsculas botellas de arena y un hogar entre columnas de roble. Eso. La cara de pavor de un delincuente atrapado, la luz de giro del camión azul que se lleva los huesos de toda carnicería. Todos los perros perdidos. Vos dormí mientras, yo voy y vuelvo, voy a buscar unos pesos a cambio de abstracciones. Qué mundo extraño este con su escasez de tranvías y sus carteles luminosos. ¿Cómo será el tuyo hoy? ¿Tu tempranita mañana del lado de adentro bordeará el ojo de la pesadilla? Afuera está lleno de naranjas, cajas de zapatos y agentes represivos. Quedate adentro hoy ahora, que yo voy y vuelvo y traigo unos pesos, compro facturas y te despierto. Y ojalá que cuando los mundos de este viernes se choquen en un beso, resulte que todo sea un teatro, que al final era una farsa la existencia de la muerte, que no hay ningún artefacto que domine nuestra especie y sobre todo, que no haya nadie que tenga que llorar y gritar porque no responden dónde tienen a los que desaparecen.
Yo voy y vuelvo.




La piba se acomoda la media adentro del borcego con una mano apoyada en el semáforo despintado. Gente entra y sale como el frío y el cielo. Qué voy a decir del cielo yo, acá tan metido y solamente mirando por este rectángulo atrofiado con sobrecitos cómodos de azúcar sobre una mesita en la calle La Pampa. Poder decir del cielo requiere alguna conducta superior a la que puedo: por ejemplo salir a mirar la luna y ver la estrella roja que habrá desvelado algún cuerpo de la historia, mirar bien y decir eso es otro mundo en esta esfera hueca de la noche, en ese punto rojo en el cuadrante sur de esta noche veo un mundo con todos sus fenómenos y discordancias, desde acá, en este piso lleno de hojas marrones y de otoño de saldo, paseando a mi perra vieja que va dejando sus humildes marcas en la tierra. Eso apenas puedo decir del cielo pero no ahora, acá, cómodo de temperatura falsa y cafetería falsa de Urquiza a la espera de seguir con mi trabajo. Sin embargo miro el cielo. No sé quién más lo mira y piensa es tan blanco el cielo hoy que debería haber una fiesta de nieve, debería bajar hasta poder tocarse para saber si es o no es 

Fotografías de Facundo G.Floria