martes, 22 de mayo de 2018

Paco Granados.



Triste despertar de una agonía.
 Agonía de un triste despertar...
 Tal vez mi mirada ya no se clave en tus ojos azules. Esos ojos azules que se clavaron en los mios.
 Tal vez fue mi imaginación... tal vez esos ojos azules no existieron jamás.
 Nadie sabe de ti, nadie te recuerda. Sólo yo.
 Tal vez fuiste un sueño o tal vez un Angel O demonio?

 Triste despertar de una agonía.

Héctor D’Alessandro

       
                                                               
UN HOMBRE SE ENCUENTRA UNA NOVELA EN EL METRO DE PARÍS

Un hombre se encuentra, en el metro de París, una novela. Intenta devolverla a su legítimo dueño y tras denodados esfuerzos de búsqueda, éste no aparece.
Pasa un tiempo y un día lee otra novela en la que reconoce, asombrado, un pasaje de aquella que en un pasado lejano encontró en el metro.
Aliviado, va a ver al autor y le entrega su obra.
Este se llama George Perec y, para gran asombro de nuestro hombre, le devuelve la novela mientras le dice: “Si usted la guardó tanto tiempo y con tanto cariño, es suya”.
El hombre la guarda un tiempo, pero la pena le reconcome y al fin, angustiado, piensa que el mundo no puede perderse aquella obra. Y toma una firme decisión.
Va a ver a un editor.
El editor, que es francés y barbudo, exagerado y muy mentiroso, le dice: “Mire señor, esa historia suya sobre el origen de esta novela es tan fantasiosa que no se la va a creer nadie en este mundo”.
“Mejor vamos a poner por escrito en la presentación del libro que usted fue, hasta hace un año más o menos, un hombre gris y apocado, asistente de un dentista, que durante décadas escribió fragmentos deslavazados de novelas insípidas recurrentemente rechazadas por las editoriales y que un día, un atracador enmascarado, con un gran vozarrón, le robó su cartera en una calle oscura”.
“En el ajetreo del momento, se le disparó un tiro del arma con que lo tenía amenazado y usted vio a la muerte muy cercana”.
“Esto lo dejó sumido en un profundo estado de shock del cual salió usted al amanecer siguiente.
“Mientras tanto, su familia, compuesta por una esposa despeinada y un hijo  despistado, lo rodeaba con cariñosos sus abrazos preocupados.
“Usted volvió en sí y en una suerte de trance lúcido. ¿Qué digo “lucido”? ¡Lucidísimo! Les pidió una libreta y lápices, muchos lápices; y poseído por la pasión de escritura desatada ya no pudo parar hasta que no acabó esta obra maestra. ¿De acuerdo?
El hombre, tan modesto, ¿qué iba a responder?
—De acuerdo, dijo.
No le quedaba otra.
El resultado es conocido, la obra se editó con enorme éxito. Él le enviaba religiosamente un cheque con los beneficios al domicilio a Perec, quien, de modo igualmente invariable, devolvió, mes a mes, mientras vivió, el documento financiero.
En otra variante, el autor no es George Perec sino Raymond Queneau, pero la historia es igualmente verdadera.



 Pintura de iTetsuda Ishida - 

Esta obra fue premiada en el concurso “Voces con vida” de 2008, México, donde se presentaron cerca de dos mil participantes y fueron escogidos noventa y cinco para formar la antología de relatos breves. El crítico Bernardo Ruiz dijo de cinco de estos autores, entre ellos D’Alessandro: “Francamente encuentro un placer y un interés mayor en estos textos por su plasticidad y por su capacidad imaginativa”. Y el escritor Víctor Jiménez Hernández dijo de estos que conformarían el grupo de quienes dominaría el panorama de las letras en lengua castellana en las próximas décadas.

La antología tuvo hasta ahora dos ediciones.

Fernando Sorrentino.©



EL ESPÍRITU DE LA EMULACIÒN

Es bastante intenso el espíritu de emulación que existe entre los habitantes del edificio de la calle Paraguay en que vivo.
Es cierto que durante mucho tiempo todos ellos se limitaron a rivalizar en perros, gatos, canarios o loros. El más exótico de ellos nunca fue más allá de las ardillitas o de una tortuga. Yo mismo tenía un hermoso perro de policía, que era un poco más chico que el departamento y se llamaba Josecito. Pero, además de Josecito —y esto se ignoraba—, vivía con mi mujer y conmigo una bella araña de la especie Lycosa pampeana.
Una mañana, a las nueve, cuando le estaba dando de comer a mi mascota, el vecino del 7º C —a quien ni siquiera había visto nunca— vino, no sé por qué confusa razón, a pedirme el diario por un instante. Después, sin atinar a irse, se quedó un buen rato con el periódico en la mano. Contemplaba fascinado a Gertrudis, y en su mirada había algo que me hizo estremecer: era el espíritu de emulación.
Al día siguiente me llamó para mostrarme el escorpión que acababa de comprar. En el pasillo, la mucama de los del 7º D sorprendió nuestro diálogo sobre la vida, los hábitos y la alimentación de arañas, alacranes y garrapatas. Esa misma tarde sus patrones adquirieron un cangrejo.
Luego, durante una semana, no hubo novedad alguna. Hasta una noche en que coincidí en el ascensor con una de las vecinas del tercer piso: una joven lánguida, rubia y de mirada perdida. Llevaba un gran bolso amarillo cuyo cierre relámpago estaba parcialmente fallado: por una de las roturas se asomaba cada tanto la cabecita de un lagarto overo.
Al mediodía siguiente, cuando regresaba del almacén, por poco no se me caen las bolsas de la mano al toparme a boca de jarro con el oso hormiguero que bajaban de un camión con destino a la portería. Uno de los tantos mirones que se habían congregado murmuró —en voz lo suficientemente alta para ser oída— que un oso hormiguero no era, en realidad, un verdadero oso. La mujer del abogado tuvo un sobresalto y corrió, trémula, a refugiarse en su departamento: sólo la vi reaparecer unos días más tarde cuando, con desdén y con la faz radiante, salió a firmar el recibo a los fleteros que acababan de traerle el oso pardo americano.
La situación ya se me hacía insostenible. Los vecinos me negaron el saludo, el carnicero ya no quiso fiarme, todos los días recibía anónimos insultantes. Al fin, cuando mi mujer me amenazó con la separación, comprendí que no podría sobrellevar un solo día más una insignificante Lycosa pampeana. Desarrollé entonces una actividad sin precedentes. Pedí dinero prestado a varios amigos, hice economías indescriptibles, dejé de fumar... Así pude comprar el leopardo más maravilloso que pueda concebirse. De inmediato, el del 7º C, que no me perdía pisada, pretendió abrumarme con un jaguar. Y, aunque parezca ilógico, lo consiguió.
Lo que más me lastima es tratar con gente que carece de sensibilidad estética, gente que no percibe la cualidad, gente meramente cuantitativa. No hubo un solo vecino que se inclinase ante la superior belleza de mi leopardo; el mayor tamaño del jaguar les había cegado el entendimiento. En seguida, todos los vecinos, azuzados por el aire jactancioso del propietario del jaguar, se dieron a la tarea de renovar sus animales. Yo debí reconocer que mi humilde leopardo ya no me proporcionaba el estatus de otrora.
Ante sigilosas conversaciones que mi mujer sostenía por teléfono con un caballero anónimo, advertí que la disyuntiva era de hierro. Sin ningún remordimiento, vendí los muebles, la heladera, el lavarropas, la enceradora. Hasta vendí el televisor. Vendí, en fin, todo lo que se podía vender y compré una descomunal boa anaconda.
Es dura la vida del pobre: sólo durante tres días fui el héroe del edificio.
Mi anaconda rebasó todos los diques, destruyó toda mesura, echó por tierra las convenciones más respetables. En todos los departamentos fueron multiplicándose leones, tigres, gorilas, cocodrilos... Algunos hasta tenían panteras negras, esas panteras que ni siquiera posee el Jardín Zoológico. La casa entera resonaba en rugidos, aullidos, parloteos. Pasábamos las noches en vela, resultaba imposible dormir. Los olores entreverados de felinos, cuadrumanos, reptiles y rumiantes tornaban irrespirable la atmósfera. Grandes camiones traían toneladas de carne, de pescado, de vegetales. La vida en el edificio de la calle Paraguay se hizo un poco peligrosa.
Fue una experiencia inquietante la que tuve cuando volví, después de tanto tiempo, a compartir el ascensor con la joven y lánguida vecina del tercer piso, que ahora sacaba a su tigre de Bengala a dar una vuelta a la manzana para hacer pis. Recordé el lagarto que había asomado la cabecita por la abertura del cierre relámpago. Me enternecí. ¡Qué lejos habían quedado aquellos primeros, difíciles y quijotescos tiempos de los escorpiones y de los cangrejos!
Finalmente llegó un momento en que no se pudo confiar en nadie. El portero, ante la tensa mirada de varios copropietarios, lavó en la vereda con agua y jabón a su rinoceronte de dos cuernos, y luego —como si allí no hubiera pasado nada— lo hizo penetrar en su departamento. Esto era más de lo que estaba acostumbrado a soportar el del 5º A: unas horas más tarde subió triunfalmente las escaleras llevando de la brida a su hipopótamo.
El edificio se halla ahora inundado y semidestruido. Me encuentro redactando este informe en la azotea, en condiciones desfavorables. Cada tanto me sobresaltan los plañideros barritos del elefante que vive con los del 7º A. Escribo con el reloj a la vista, pues, a intervalos de ocho minutos, debo guarecerme entre las ruinas de la escalera para que no estropee estas páginas el chorro de vapor que lanza la ballena azul del 7º C. Y escribo con cierta inquietud, estando, como estoy, bajo la suplicante mirada de la jirafa del 7º D, que, asomando la cabeza por sobre la tapia, no cesa ni por un segundo de pedirme galletitas.

1972. 
En: Imperios y servidumbres, Barcelona, Editorial Seix Barral, 1972

Carla Demark,

DIENTE DE LEÓN

Pido sólo uno,
porque así me enseñaron.
Soplo un deseo oculto,
mientras desarmo
tu corona de plumas
que se inmola desnuda
a través de la calle.

Así el viento se lleva
algo de lo que callo
y despilfarra por el mundo
la blancura de tu pelo,
el suave velo de los sueños,
los pétalos invisibles
de mis silencios.

Me quedo a solas con el tallo
de tu cuerpo despojado
y pido en tu nombre
que mi poesía
vuele junto a tus flores
para que ambos seamos sólo cuerpo
y dejemos que el alma
se expanda
a través de la generosidad
del cielo.

           
                                                                                                          de Siete mil aleteos (2016)



BLANCO SOBRE NEGRO

Resbalo en el medio del vendaval,
la furia de la calle me golpea la espalda.
El frío endurece mi piel
y carcome la movilidad de este cuerpo.

Paralizada, cara a cara con el cielo gris,
pienso si es que acaso estoy muriendo.
Un nubarrón claroscuro chorrea,
la catarata me trae a la vida, y entiendo
que soy una mancha blanquecina en el cemento
que soy sólo blanco sobre negro.

El agua en mi garganta, los gritos y el silencio.
Ahogada en manantiales,
estancada en el pavimento.
Caí sobre la roca del no vivir,
caí sobre el terreno del desconsuelo.
No hay calle ni vendaval:
soy sólo yo
agonizando de miedo.

 de Siete mil aleteos (2016)


Mainak Adak


                                                
LA PUERTA SOÑOLIENTA

La puerta se queda cerrada
Se escucha sólo el lamento-----
"¡Abre la puerta una vez, por favor!
¡ Ábrela sólo para esta noche!
No debes abrirla para mañana,
¡Ábrela una vez! "

"Estoy cansadísimo después de tanto viaje
Me ha mojado en la lluvia infinita
¡Déjame cambiarme
sólo para una vez!"

Sólo unos días,
Por lo menos, unas horas,
Déjame ver las caras de mis niños,
No los vi hace mucho tiempo.
Déjame irme al ver de sus caritas-----------
¡ Sea bondadoso, por favor!"

Estuviste muy amable conmigo
estoy cansadísimo
¡ Abre la puerta, por favor!

La puerta soñolienta, aun te quedas cerrada.



PORQUÉ AUN TE SIENTES SOLO ?

¿ Porqué aun te sientes solo en multitud?
Esa multitud te quiere, tambien el bosque...
¿ Se siente un árbol solo y cansado... allí?
¿ Entiendes el sentido de sentirse solo en multitud?
¿ Entiendes------- es una enfermedad-------------
la enfermedad amarilla?
Tienes que ir a la multitud para desembarazarte.
Tienes que quedarte allí como uno de multitud--------
¿ Quieres ir allí?
¿ O te quedaras solo en esa multitud?

Esa multitud te quiere, tambien el bosque

Pintura Remedios Varo 

Luz Ríos Iribarne

INSOMNE
Hay un enjambre de moscas en mi cabeza.
No me dejan conciliar el sueño.
Las abejas de siempre combaten,
Revolotean como nunca.
Me pican por dentro.
Hacía tiempo que no sangraba letras
Que no las sangraba como ahora.
Y esta vez,
Ni la música las ahuyenta.


Como si quisiera ahuyentarlas.
Como si precipitar palabras,
ahogarme entre nebulosas,
no me fuera tan doloroso como necesario.


Hay un enjambre de moscas en mi cabeza.
De avispas sedientas de papel.
Y a veces las palabras no me bastan.
Pero enjuago las ausencias y decanto,
las pocas que puedo atrapar,
en estas horas de paz ausente.

TERSURA
Tener el corazón roto me obligó a regresar.
Fue una lágrima mi único y primer poema.
Una sonrisa en el viento, descorazonada.
Hasta morir en una mueca falaz,
Una estrepitosa farsa inverosímil,
Que regresa para llorar la lágrima primera,
Reverdeciendo en un destello sin nombre.


De mis labios brota la sonrisa,
esa burda mentira eléctrica,
que crispa mis manos sinceras.
Sinceridad muda pero transparente,
que me obliga a buscar reparo,
en algún claro del bosque de la mímesis.


Somos todos al final nuestras marionetas,
actores de la misma farsa grotesca,
ocultando a la tragedia detrás de la comedia,
para derrumbarnos luego
con la destrucción de ambas máscaras.  

Pintura de Sherry Hendrick

Joaquín Libertini

                                          


NADIE SABRA DE TI

No se puede fingir la derrota, ante un rio de sal
nos tragan las miradas sin ver
las espinas nos queman, tan profundo
y merecen penas, tanta suerte
Estuvimos matando en un juego, vendiendo ansiedades después
buscando ciegos quizás, nuestro lugar
los recuerdos son sueños, en la noche un disfraz
los errores recursos de aprendizaje
Huyendo de sombras de espejos, robando luces fugaces
entre labios prestados, mordiendo tu voz
lagrimas derritiendo, las mejillas lividez
pupilas entrenadas, para escapar
Nadie sabrá de ti, desorden fue mi hogar pocos podrán mirar en la oscuridad.


SOLEDAD

Un poco de paciencia nada más
Para encontrarte
Somos sueños de cristal
Que se rompen
Corazón de fuego con reflejos de ansiedad
Nuestras luces brillan, en poesías sin final!!
Como no pensar en volver, si mi sangre reposa en tu piel?
Como no dejar atrás, todo dolor y volver a empezar?
Mi tacto duerme una vez más
Entre tus dedos
Y no quiero despertar
De este abismo
Corazón de fuego con reflejos de ansiedad
Va marcando el rumbo, repudiando soledad!!
Como no pensar en volver, si mi sangre reposa en tu piel?
Como no dejar atrás, todo dolor y volver a empezar?
Soledad, soledad!!
Muere en tus brazos de dulce piedad
Soledad, soledad!!
Solo en tu presencia ya nunca volverá.

   Pintura de Bruce Rolff