martes, 20 de marzo de 2018

Raven Shinoda

                                                                        Absinthe                           
                                                             


                                                                    Hibrido II   


                                                                          Sueño 

domingo, 18 de marzo de 2018

Elena Liliana Popescu



SI SUPIERAS


Si supieras
cómo Te añoro,
aunque estés en mi corazón
y cuán grande es la tristeza
de verte
sólo en mis sueños.

Cómo Te añoro,
aunque estés siempre conmigo
y qué hondo es el dolor
de oírte
sólo en mis pensamientos.

Qué duro me resulta
buscarte a mi alrededor
y encontrarte solamente
cuando Tú quieres que Te encuentre…


NUNCA ME DIJISTE

Me dijiste que
no ha habido nunca
nada
como la Poesía.
Un milagro
hallado
en el momento mudo
que se esconde
en un hecho común.

Me dijiste que
la Poesía
es maravilla
que contiene
en su interior
la desesperación
de no poder conocer
el Misterio.

Pero nunca me dijiste
que la Poesía
te llama
adonde
puedes encontrar
la Pregunta-Respuesta.

 De A Ti  –  Ţie (A Ti, Editorial de la Universidad de Bucarest, 1994)

Paco Granados Mellado

                                 EL PADRE BRUNO
El padre Bruno era un joven sacerdote que acababa de recibir sus hábitos. Había sido destinado a un pequeño pueblo de la montaña. Era un sitio tranquilo, con personas muy creyentes. Su párroco, El Padre Adán, era ya un hombre longevo. El Padre Bruno iría a sustituirlo de su cargo.
El Padre Bruno se encontraba ya en el pueblo. Aunque era un hombre joven seguía vistiendo como los sacerdotes de antaño, con las típicas sotanas largas y de color negro. Se dirigió hacia la iglesia donde el viejo Padre Adán le explicaría todo sobre sus feligreses y sus funciones como PÁRROCO. Le mostró su habitación, un pequeño cuarto dentro de la misma iglesia. Ahí tenía todo lo necesario para su día a día. También le presentó a María, la mujer encargada de la limpieza de la iglesia y la que preparaba la comida y ropa para el párroco
A la mañana siguiente el Padre Bruno dio su primera Misa en el pueblo. Al término de la misma, se acercaron muchas personas a darle la bienvenida. Parecía que el Padre había caído bien entre las personas del pueblo. Después de agradecer las felicitaciones a sus nuevos vecinos se retiró a su habitación. Allí el Padre Bruno cogió el crucifijo que había en el cabecero de la cama y lo guardó en un cajón. Sacó de su maleta una especie de rosario y lo colgó en el lugar del crucifijo. Algo raro porque aquel rosario no llevaba ningún símbolo religioso. Aquel rosario solo llevaba bolas de níquel unidas por un fino cordón de oro.
Era por la tarde y al Padre le tocaba dar la confesión a los feligreses. Allí esperándolo había una joven… Comenzó a confesarla; la joven finalizó su confesión. Al término el Padre pronunció las palabras de la absolución.
- “Yo te absuelvo en el nombre del PADRE, del HIJO, del ESPÍRITÚ SANTO”
La muchacha preguntó que si no le iba a poner penitencia… El Padre le respondió que no, que Dios sabría como perdonarla sin necesidad de rezar. La joven extrañada se marchó a su casa. Ya cayendo la noche la joven se dispuso a descansar. En ese momento sintió como si alguien la siguieran y la miraran. Era imposible, pues se encontraba sola. Entró en su habitación y allí sentado en la cama se encontró al Padre Bruno con su rosario en la mano. La joven se asustó mucho.
- “¿Qué hace aquí Padre? ¿Cómo ha entrado a mi casa?”
- “No temas hija mía, vengo a sanar tus pecados”
El Padre Bruno se abalanzó sobre la joven, cogió su rosario y lo pasó sobre su cuello. Apretaba fuertemente… Parecía que los ojos de la muchacha iban a estallar. Ella se movía dando pataletas. Intentaba escapar del Padre, pero fue imposible. Mientras él la asfixiaba exclamaba.
- “Tus pecados han sido perdonados”
La joven expiró.
Mientras en el cuarto del Padre, María hacia sus tareas de limpieza y mirando al cabecero de la cama vio que no se encontraba el crucifijo. Le pareció extraño. Se dispuso a buscarlo, pero no tuvo suerte. Abrió el armario para prepararle la ropa y al abrirlo, de repente el cuerpo del padre Adán cayó encima de ella. María chillaba desesperada, pero el padre estaba muerto. Tenía el crucifijo clavado en el corazón y alrededor del cuello se vislumbraba una quemadura. En su pecho ensangrentado se podía leer.
- “Tus pecados fueron perdonados”
María llena de pánico salió corriendo hacia un teléfono para poder avisar a la policía. Cuando finalizó la llamada, justo detrás de ella se encontraba el Padre Bruno.
- “¿Qué haces María?”
- “Padre, ha pasado algo horrible”
- “Lo sé María”
Ella echando la vista a las manos del Padre, vio que llevaba el rosario en una de las manos. La otra mano la tenía llena de sangre. El rostro del padre era de odio hacia ella.
- “Padre, ¿Qué le pasa?
- “Nada María, solo estoy aquí para perdonaros los pecados”
María se asustó y huyó. El Padre yendo tras de ella pudo agarrarla por el pelo, tirándola al suelo. Abrazó su cuello con el rosario. Mientras apretaba fuertemente proclamaba las mismas palabras de la confesión.
- “Tus pecados fueron perdonados”
María se estaba quedando sin aire… De repente escuchó un fuerte golpe en la puerta. Era la policía. La puerta cayó al suelo y la policía apuntaba con sus armas al Padre.
- “Suelta a la chica”
El padre reía y a su vez apretaba fuertemente el rosario. Uno de los policías disparó contra él. Cayendo al suelo soltó a María, casi sin vida. El Padre Bruno se giró hacia el policía que le disparó y soltando un gruñido heló los huesos de todos los allí presentes. Sus ojos se volvieron completamente negros. Su rostro había cambiado. Todos los policías comenzaron a disparar. El seguía riendo.
- “Volveré a perdonar vuestros pecados”
En ese momento se desvaneció delante de ellos dejando un fuerte olor a azufre.
En las semanas siguientes, volvieron a suceder muertes parecidas. Nunca más vieron al Padre Bruno.
¿Quién era realmente el padre Bruno? Lo peor, es que sigue entre nosotros.



Flavio Crescenzi

                         Artista Daria Andresen 


Balada otoñal para la mujer que recuerdo

Ha venido el otoño con sus grandes heridas, con su gangrena verde y negra de flores como árboles. Ha venido con su funeral de relojes y de plata, con su siniestro calendario y su cadena rota de perro que ha huido de sí mismo. Ha venido el otoño, sí, y tu recuerdo es una dulce bofetada en mi semblante.

Puede ser la luz encendida de una casa, la moneda de un peso vista de costado, esa ración de no se sabe qué, esa porción de historia que el otoño agrega a mi ahora abultada biografía o, quizá, ese niño de siempre, que fotografía trenes lejanísimos desde su ventana cuando nadie lo ve. Y entonces, como un preso al que le han dado una libertad no deseada, como un recluso que despierta en la noche y comprueba que la cárcel que lo apresaba ha desaparecido en torno a él, me pongo a rehacer tu cuerpo, como si fuera de miga de pan o de algún otro material domesticable, y te invento un cuello de oceánica soberbia o unos pechos de harina como los frutos de un horno insospechado.

Sí, te hablo a vos, dulce mujer de mis recuerdos, dulce mujer de mi presente, ahora que el otoño está en la calle como un sutil genocidio, como un desfile castrense, con banderitas y santos y luciérnagas, con toda la liturgia inútil de las estaciones perdidas.

 El otoño es un entierro al que se llega tarde, un funeral por alguien de quien nos hemos olvidado. El otoño es la imposición de placas y de cintas a los muertos en pie de un camposanto. Y yo, muerto ilustre al que alguien, por descuido, piensa todavía, estoy aquí, rígido y triste, mirando los huecos visibles de tu ausencia, repartiendo tu ropa por las tumbas.

Ahora que abril es un gran río desbordado hacia la nada, imagino tu cuerpo de otra época, tu vientre caprichoso, el sabor de tu piel, como fruta comprada a la mañana, no en esos supermercados fariseos que siempre están al borde del quebranto, sino en la orgía frutal de imaginarios mayoristas. Sí, tu piel, cáscara nívea donde mordía el sabor concentrado de mil jugos o el improbable resuello de tu esencia.

Un cristal me separa de los meses, pero el tiempo me cose y me descose, igual que a los demás, porque el tiempo, zapatero remendón de tanta gente, hace de un hombre un saco mal cosido, un pellejo de vino recompuesto con el vino, que corre por las calles como sangre de difunto, como hilo de sangre que va cayendo hacia un desagüe, hilo esquelético, desde el ataúd hermético y pagado de la muerte.

El otoño es la estación nocturna y filarmónica en la que los muertos nos enamoramos de nuevo de los vivos, los miramos por las tapias del cementerio y sufrimos recordando qué manos tiernas nos amaron clavándonos sortijas, dibujitos, calcomanías ridículas en lo más delicado de nuestro viejo corazón de fallecidos.

Solo y sufriente, sin bajar a la calle, sin unirme a la pomposa corte de gente adormecida, sin tomar una copa al vuelo en el baile deletéreo del otoño, en esa fiesta infame que se está celebrando a costa de la inmensa mayoría, en medio de patios y recatos vacíos, sigo aquí, añorando el sabor de tus sudores, ese tiempo en el que yo era una muralla con ensambladuras de siglos, y tus manos, lagartijas traviesas que me recorrían con audacia al calor de un clima más dichoso. Ahora es otoño, y probablemente estés haciendo cualquier cosa mientras escribo estas palabras; ahora es abril, y tal vez pienses que ni siquiera tiene sentido que las diga.



Sonia Saavedra

                                Artista Dawid Planeta 


Rumbo a Marte

La casa en medio del bosque, alejada de caminos rurales, es el lugar perfecto para vivir.
Desconectada de familiares y amigos, solo quiere dedicarse en cuerpo y alma, a su obsesión, estudiar el universo cada noche, hasta altas horas de la madrugada. Esperando, siempre esperando la ocasión de partir.
Su cabaña equipada con todo lo necesario para vivir y al mismo tiempo con un hermoso cuarto  donde en el centro se encuentra el gran telescopio, fruto de la venta de todas sus pertenencias, además su computadora conectada las 24 horas a toda clase de páginas dedicadas al universo..
Cada semana montada en su bicicleta, que arrastra un pequeño carro, se acerca al poblado más cercano, donde se aprovisiona de todo lo necesario.
Hoy se ha levantado al amanecer, las montañas cercanas doradas como luces,  con el brillo del sol que lamen suavemente los ropajes de los árboles, la hacen sentir privilegiada de poder absorber a su antojo tanta belleza.
La pequeña catarata, como hilos de plata, también recibe al sol con alegría.
La laguna que se forma en su caída es la pileta, que usa habitualmente para bañarse, agradece, cada día el haber recibido esta herencia inesperada de una tía lejana, que sabiendo su deseo de vivir alejada dedicada a escribir y observar el cielo, se la obsequiado.
Por el prado corretean, sus dos perros labradores, su compañía, junto a su gata persa.
Los perros se acercan para acompañarla, moviendo encantados sus colas y gruñendo con alegría.
Se siente un poco defraudada por que no la inscribieron para el viaje a Marte los de la Nasa, fueron muy amables en el mail, pero no aceptan personas de más de una cincuentena de años, además sin una buena dote.
Si eso hubiera sido 20 años atrás, igual ella no hubiera estado preparada para partir, sin regreso seguro y sabiendo que vivirían a la deriva en la inmensidad del universo.
Ahora si está preparada, solo le queda esperar que algún día o noche, vengan por ella los seres que sabe, pueblan los cielos con sus naves.
El camino al pueblo fue una alegría, con sus perros que iban acompañándola, con sus ladridos alegres, despertando al bosque.
En el poblado, se dirigió a la pulpería donde encuentra lo más diverso de sus compras, nunca todavía en los años que lleva acá, le han dicho que no hay algo que haya pedido. Es admirable como en las múltiples y limpias estanterías, encuentra todos los tesoros disponibles.
Ha pasado por la biblioteca, donde entregó algunos volúmenes y se llevó otros.
Es un vicio tan adorable el leer, sola en su viejo sofá, viviendo vidas, soñando finales, acomodando a su gusto el desenlace.
Con el recorrido del sol, bajando detrás de los árboles, llegan a su casa, iluminada solo en su tejado, las penumbras invaden rápido todo el lugar.
En un momento se encuentra, alumbrando su casa dentro y afuera el farol.
Con la noche ha llegado la tormenta, los relámpagos iluminan su cuarto y el bosque, hasta el mínimo árbol se ve nítido.
Ya recostada en su sofá, después de una magnifica cena, “sola contempla  la intensa lluvia” y la furia del temporal. Las gotas enormes azotan las ventanas, el tejado cruje, se levanta para cerrar los postigos, ya está asegurando el ultimo, cuando en medio del parque divisa algo, que la deja  sin respiración, lo que ve “podría ser lo que esperaba, el ovni planea suave y se detiene”.
Su corazón corre, corre, de a poco lentamente va hasta el perchero, toma su impermeable se lo pone y calza sus botas.
Abre la puerta y todo se desliza como en un sueño, desde la portezuela abierta de la nave, que flota con sus luces pestañeando, un ser lumínico la mira, su mirada ha penetrado en su mente.
Solo sabe que tiene que ir, calmada, la están esperando, son lo que siempre soñó, ve sus perros que la siguen, alza su gata y caminan hacia la nave.
Ya son varios los seres que la esperan, murmurando suaves melodías, que ella presiente es su lenguaje, además lo entiende. La reciben alborozados, con felicidad, guían a los perros y uno toma su gata. Se siente en casa, ellos son sus hermanos, solo fue una porcion de tiempo terrestre, la que estuvieron separados.
Ha dejado su ropa a los pies de la nave, ve su cuerpo des corporizándose, pasando a ser luz, igual que sus mascotas, pequeños seres de luz.
Por fin en casa, siente que entre melodías le dicen que primero visitarán Marte en su honor, se ríe y siente que es armónica su risa.
Velozmente la nave se aleja, en medio de la tormenta que oculta su partida
19-11- 2015

Mirta Venezia

 
                                                       Artista Ana Juan
Mujer gaviota


Vestida de señales,
peineta de viento.
Hecha de trueno y metal.
Palpitantes senos
sobre la curva de espuma.
Tibia, como forja.

Gaviota engendrada
al momento justo.
Un extraño sabio
la descifra.
La besa.
Sin tocarla.


No sé si  Beatriz

Promesa.
Murmuro.
Despierta una ciudad que alarga su cuello
alabastrino y sus cenizas.
Un otoño  crepuscular
 aletea, enardecido;
una hogaza de amor
palpita en  su seno.
Hay designios,
escritos con sangre
en la frente del amanecer.

Cuánto  tendré que esperar.
¿Sabré si es su nombre,
aquel parido en el infierno de Dante?
Cuánto  tendré que esperar
para saber si soy Beatriz,
trayendo en mi regazo
el perdido paraíso.
Es difícil,
regresar
a  casa.

sábado, 17 de marzo de 2018

José Muchnik

                                    Pintor Leonid Afremov 

Somos todos exilados


A  Boris Carnaut que me acogió en Paris un día de septiembre de mil novecientos setenta y seis


Recuerdos como flores o piedras, aromas impregnando senderos, golpeando dientes labios ojos, buscando lágrimas secas bajo adoquines rotos. ¡Poeta! ¡No te  escondas detrás de tus metáforas! Desabrochar camisa, dejar pecho al viento y que pétalos de sílex tallen palabras que abrir puedan la piel de los días.
Fecha quebrada, veintiocho de septiembre mil novecientos setenta y seis. Antes / Después. Buenos Aires / París ¿Habito otra lengua música melodía?
Boris, aeropuerto Charles de Gaulle, 53 Rue de Rennes. ¿Este mi cuarto? ¿Este mi suelo? Buscar caracol aljibe garganta, gritar estoy vivo, recoger el eco escurriéndose entre canales de mi memoria. Espacio tiempo condensado en un punto. Sístole / diástole / sístole / diás… latidos ritmo tambor. Me aferro a ese punto torbellino, me arrastra...
Exilio hachazo separando la yema del verbo, la palabra del aliento, el ventanal del aire. París de mi primer día, atardece, el otoño aún en verano, Eglise de Saint Germain des Près, Metro, floristas. Café deux Magots, mesas, bastones al sol, golondrinas presagio, idiomas coloridos, enamorados a la deriva, diarios abiertos, perros sin dueño… Rue Jacob, Place de Furstemberg, llega la noche, farol luces sombras inventando formas, creando magia… ¿Esto una plaza? ¿O pintura liberada de su cuadro? ¡El autor! ¡¿Quién es el autor?!

Buenos Aires militares razias desaparecidos / Paris terrazas pasantes. Todo gira… gira… me mareo ¿Escaparme del carrusel? ¿Cómo? Regreso a mi refugio del 53 de la Rue de Rennes, el primer día llega a su fin.

Dormir deprimir dormir… dos tres siete noches con sus lunas invisibles, abro la puerta, entro en la ciudad, poco a poco, como en un mar desconocido que atrae / rechaza.

Paris Jardín de Luxemburgo, sentado al borde la fuente, pasan niños en sus poneys, barquitos en el agua, hojas sobre los besos. Mis primeras tardes parisinas en este jardín, contemplar el mundo, secar heridas húmedas, estar, simplemente estar. Escuchar el otoño, descifrar el mensaje. No hay exilio en los jardines. Somos todos hijos del mismo sol, habitamos todos los mismos vientos, entre árboles que nos cuentan historias de sus raíces.
Paris bistrot, barrio latino callejuelas efervescentes, los pasos saben, remontan el boulevard Saint Germain hacia Odeón, doblan por la rue de Seine hasta la calle Jean Callot, La Palette, mi primer bar, con sus mesas antiguas, baldosas gastadas, espejos patinados reflejando historias de ayer… y cuadros abriendo otras realidades. Me siento bien, como en un boliche de Boedo, este bar tiene alma. Muchas charlas fundando amistades, muchos tragos embebiendo penas, muchos besos incendiando instantes… son necesarios para parir el alma de un bar. Abro la libretita, escribo: no hay exilio en los bares, más allá de patrias y banderas, bares sin frontera, mínimos universos que no respetan leyes de gravedad. Las almas de los bares se hacen ramillete en la solapa de los poetas, disolver odios y egoísmos con aromas y palabras prodigiosas. Poco importan bebidas y lenguajes, lo esencial para brindar, el eco de un semejante.
La libretita se entusiasma, adopta La Palette y abre otra hoja: Se inclina la mesa / se inclinan las torres / se inclina la vida / pero las tazas / las cucharitas / y la poesía / seguirán haciendo milagros / para mantener el alma en equilibrio / o al menos para endulzar este café / mientras inclino palabras / o ante palabras me inclino. Comprendo entonces que todos los bares confluyen en el mismo río para aliviar la sequía de este mundo
Ese fue el París de mi exilio, mi París de igualdad libertad fraternidad. Hoy umbral del tercer milenio, la peste negra vuelve a recorrer calles y mentes. Hora de muros no de puentes, de navajas no de cuencos. Hoy miles de seres deambulando, buscando un mendrugo de tierra para sembrar nuevas esperanzas. Miles de seres sucumbiendo, un bello mar azul apagando sus últimos alientos. ¡No debemos olvidar! Remontar los pasos de las madres de nuestras madres, explorar territorios olvidados ¡Todos surgimos de exilios en erupción! ¡Somos todos exiliados!
De1era Puerta
Desgarros
Exilios duelos muros

Poemas