jueves, 20 de diciembre de 2018

David Antonio Sorbille

 

 LA SOMBRA DE LOVECRAFT


El hombre había despertado de su sueño e intentó incorporarse, mientras una extraña sudación se apoderó de su cuerpo desnudo y apenas arropado por una sábana empapada de presentimientos oscuros.
Al borde de su cama, ensayó un movimiento de su mano derecha como definiendo un arco en el aire y observó, en el silencio de su cuarto poblado de fantasmas, el itinerario de una pesadilla que era capaz de hacerle cometer algo indecible.
La naturaleza de una venganza no tenía límites dentro del mundo insondable de la imaginación, pero una persona de su confianza le acercó el número de teléfono de un sicario, a quien sólo debían informarle los detalles puntuales del sujeto a eliminar y contraer un compromiso con un valor establecido.
El hombre se atrevió, entonces, a dibujar un arco en la soledad de su cuarto, un arco sin línea, esfumado y tan inexpresivo como su rostro dominado por una fatal palidez.
En su mesa de luz, había restos de ginebra en un vaso depositado al lado de un libro de Lovecraft, con una página seleccionada donde decía: “Desdichado aquel a quien los recuerdos de la infancia sólo traen temor y tristeza”.
Replegado en sus propias sensaciones, se contactó con el homicida profesional a quien le aportó los datos en cuestión y, luego de pactar un precio accesible, se comprometió a confirmar el cumplimiento del hecho, a través de un llamado en las próximas 24 horas.
Los reparos formales que le confió al sicario encontraron una rápida respuesta que lo tranquilizaron, porque el crimen sería absolutamente limpio y sin sufrimiento, casi como un experto cirujano frente a un paciente sin esperanza alguna.
El tiempo transcurrido después de esa llamada pareció consumirse velozmente, pero, en tanto se preparaba para efectuar lo pautado, un escenario de imágenes infantiles lo abordó sin descanso, y a sus primeros días en la escuela primaria, se le fue sumando circunstancias olvidadas de su adolescencia y de su particular trato con su madre, antes de haberse separado de su padre.
Las sorpresas de la vida lo fueron confundiendo, mientras crecía en compañía de su padre que había ganado su tenencia, hasta que, desde hacía cuatro años se encargaba de asistirlo, debido a que un ataque lo había dejado con medio cuerpo paralítico.
En esa oportunidad, la soberbia inaudita de su padre, lo enfrentó a los agravios de su madre, que intentó ganar el apoyo de un hijo que mentalmente ya tenía. Sin embargo, el hombre dibujó un invisible arco y pretendió despertar de su pesadilla, recuperar la conciencia esa mañana en un cuarto solitario de un departamento a varias cuadras de la residencia en que vivía su padre afectado por una hemiplejia.
Pensó, entonces, que su madre entendería y que su decisión no respondía a satisfacer necesidades económicas atesoradas con egoísmo por su padre durante años de éxito empresario, sino que era la consecuencia de una urgencia vital que no le dejaba opción, aunque desconocía que su plan estaba expuesto a reglas absolutamente imprevistas.
Es así, como el hombre, ya de pie, se aprestó a vestirse y recordó que había hablado con el sicario antes del plazo estipulado para renegar del contrato durante una deficiente comunicación telefónica que le hizo dudar de sus propias palabras.
Luego, con los pantalones puestos y aún descalzo, se dirigió al baño para lavarse la cara y mientras se secaba con una toalla, observó que su rostro se multiplicaba en otros rostros deformados e inescrutables, y pensó en su madre que lo había abandonado y en las cuadras que lo separaban de la casa de su padre.
Y sintió, como nunca antes, que debía apresurarse para evitar que el sicario cometiera un crimen del que ahora renegaba, entonces, desafió la pesadilla y abrió la puerta de su cuarto y una vez que la traspuso se encontró con una escalera caracol y al final de la misma, en un sillón de ruedas apareció la figura de un hombre de ojos pardos y cansados, bigote pronunciado y cabello entrecano que lo observaba en silencio, casi tan normal, como un padre espera a un hijo.

Ext de  LOS LUGARES COMUNES Y OTROS RELATOS

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