jueves, 20 de diciembre de 2018

Maria M.Donnet


Con los labios oxidados

Con los labios oxidados
Dicen los antiguos que el niño
nació con el cuero escrito en sánscrito.
Inundado el centro amniótico que inauguró la vida con una ráfaga. Dicen también que cargaba la cruz del error en los ojos
y que los dones sacrílegos destejieron una a una las pieles.
Otros cuentan que colgaba un libro al viento
para que aprendiera las palabras.
Y que logró que los cuerpos levitasen jugando al inocente.
Dicen que en el pueblo sienes de sabiduría blanca
colocaron velas de incienso en cada puerta.
Y que el niño caminaba en puntas de pie
para no hundirse en el agua
que multiplicaba panes y peces para alimentar el hambre.
Sandalias de hordas y silencios de piedras y de putas
subieron a la montaña para hablar a los bienaventurados.
Dicen que todos escucharon el sermón
y comieron la imagen del pecado sin romper los restos umbilicales y que llenaron de luz sus bocas.
Y entonces el niño hecho hombre
arrulló los pesares de una elegíaca locura de salmos recién cantados con una vigilia que en el ocaso
predicaba sangre.
Y que luego se sentó a la diestra entre hienas de sal y escarbó
un génesis profano para resolver los misterios.
Y que no se cansaron sus manos de masticar corazones y el mundo no fue otra cosa que su sombra.




 
Costumbre de cruz

Abre las manos el niño y todos los pecados
se sueltan.
Abre los ojos el niño y todos los ciegos
vacían el mar
en sus órbitas secas de paisajes.
Venera el mudo su rastro de lengua
húmeda de palabras en el polvo
que devuelve la trasparencia de una boca
inundada de ángeles.
Y sin embargo arrojan
la primera piedra y luego más
a la mujer enterrada en la arena
doloroso gajo que enjuicia
su descalza piel.
Hasta que el niño tiende puentes
entre las islas de sus manos
y camina
desafiando el agua sin dudar
que las mariposas se disuelven
en la costilla
en la estaca.
Otra trinidad

Dicen que el habitante de la lejanía desafiaba
el tiempo
de los escarabajos.
Que escribía en jeroglíficos dicen
y que escondía un cielo
acorralado por la piedad.
Le cabía el infinito en ese perpetuo
rumor en ese único silencio
que deshilachaba las vendas de la momia
que siempre lo hostigó.
En catorce pedazos su cuerpo
su órgano viril devorado por un pez.
Dicen que el habitante de la lejanía
enterró todas sus certezas
y que su esposa
y el niño del viento entre los ojos
lo mecieron
con olor a sándalo.
Todas sus vestiduras
fueron rasgadas y viajaron
los epítetos a través de miles
de templos.
Y dicen también que venció
a la muerte y que con su ánima
engendró al viento hecho niño.
Y que renació en pan
y que la espiga
se hizo carne.


Ext de Costumbre de Cruz

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