jueves, 22 de marzo de 2018

Adriana Alarco De Zadra

DESDE LA LUNA POR EL ARCO IRIS
Un hecho inexplicable presagió la próxima llegada de un ser extraordinario. Fue la  tarde cuando trajo el viento tantas flores amarillas que tapizó las calles y los escalones de piedra. Atoraban y cubrían plazas, casas y techos hasta que tuvieron que sacarlas en pailas de la capital de este reino enclavado en la ladera, en medio de una verde inmensidad, y echarlas al río.
Al día siguiente de tan asombroso acontecimiento, observé bajar por las aguas la piragua más grande que jamás había visto, con anchas velas blancas que llamaban el viento, la cual, posiblemente, era la misma de la que hablaba mi madre Conorí. Esa misteriosa embarcación, en sus sueños repetidos, llegaba de la Luna navegando sobre el río del cielo que es el Arco Iris hasta las tierras de los marañones.
A lo lejos los tambores anuncian el arribo de extraños personajes. El tun tun avisa, por los recónditos caminos de la selva, que llegan seres tan brillantes que ciegan los ojos si el sol se refleja en ellos.  No tengo duda de que son aquellos que vienen de la Luna.  Sus cuerpos proyectan la luz como las estatuas del templo de la diosa.

En estas montañas, donde se confunde la intrincada vegetación que cubre el cielo azul, vivo en el reino de mi madre, reina de la selva, donde me ha educado en el arte de la guerra, a usar el arco, las flechas, las cerbatanas y las hondas y a montar animales salvajes, peludos y patihendidos.
Sobre uno de ellos me he acercado a un lugar de vigilancia para divisar el río, por el sendero suave y seguro, cubierto de cáscaras de huevos de tortuga y contenido por muros a ambos lados. Aunque cada cierto trecho se encuentra un puesto de guardia, no debo dar cuenta de mis actos a ninguna de las vigías, pues yo soy Naín, hija de la reina, y puedo viajar por donde quiera.
Ya me advirtió Cara, guardiana del templo, que tuviera cuidado de no encontrarme con los hombres de Couynco, el poderoso cacique que vive en perpetuo combate con mi madre por la soberanía de las orillas de los ríos y las islas. Pero soy astuta y cruel. Si se me acerca alguno, lo descabello o lo degüello con la piedra afilada que llevo siempre en la cintura. Aún no he presentado batalla y la única herida que me he procurado ha sido cuando caí por un barranco, pero nunca es tarde.
Las guerreras, precedidas por mi madre Conorí, defienden el extenso reino en feroces batallas contra el cacique, pero yo no estoy lista todavía. Sólo ayudo a  preparar los cuerpos cuando ya están  muertos. Al hacer prisioneros a sus hombres, los que no se usan para tener descendencia, se cocinan y se comen para heredar su fuerza.
No creo que podamos hacer lo mismo con los dioses que vienen en la piragua grande porque llevan una dura cáscara metálica. He visto acercarse sigilosamente hacia la embarcación que se ha detenido en esta orilla, a dos guerreros de Couynco. ¡Sus flechas rebotan sobre el pecho de los dioses y un rayo de sol los ha matado con estruendo!
Debo avisar a mi madre que se ha cumplido su sueño y su presagio. ¿Serán amigos nuestros? Pero ¡me han visto! Veo subir a uno por el sendero que llega desde el río. Preparo mi lanza afilada y tengo a mano la flecha en cerbatana. Brilla como la luna en noche oscura, lleva en las piernas cueros y en la mano una lanza que no es de caña sino más bien, de plata. Es un ser extraño que seguramente viene de lo más alto de los cielos. Se expresa en una lengua complicada que no entiendo. Mi madre me ha prohibido hablar con hombres pues son todos traicioneros pero no me ha dicho que no debo hablar con dioses que bajan por el Arco Iris hasta el río. Me quiere empujar por el sendero y me resisto. No dejo que nadie me toque, ni las mujeres en el reino, pues yo soy Naín, hija de Conorí. Veo que espera y su cara cubierta de cicatrices y de pelos se transforma con una sonrisa. No le tengo miedo y camino delante de él sólo por curiosidad. Voy a conocer a  los seres que han llegado de la Luna.
Al subir a la piragua veo que los personajes son extraños y uno de ellos habla en mi lenguaje. Los acompaña un hombre emplumado pero no es guerrero y es de otras tierras de esta selva inmensa. Seguramente les ha enseñado mi lenguaje. Retrocede espantado cuando yo me acerco y se escabulle. El agua en la cacerola arde sin fuego bajo el sol y los seres comen guacamayas con sabor a almizcle. Veo que han pescado un peje puerco.
Hay otros tres individuos cubiertos con láminas de plata y cascos de metal. 
El sudor baña sus mejillas a pesar de que son dioses. Quien habla para que le entienda, no tiene pelos en la cara ni cáscara de plata, pero sus cabellos son dorados por lo que presumo debe ser hijo del Sol. Telas gruesas le cubren las piernas y lleva cueros en los pies a pesar del calor que nos sofoca. Usa una camisa de algodón como no he visto antes.  Jamás estuve tan cerca de  un hombre vivo, aunque sea un dios, porque no me deja mi madre participar en las batallas y cuando traen varones a la capital, o están muertos o me esconden para que no me vean.
Me explica que están buscando un lugar donde hay piedras preciosas y mucho metal fino como oro y plata y que si conozco el tal Dorado. Yo sí sé adónde queda pero no voy a decirlo. Es un secreto del reino Conorí. Cuando tratan de tocarme me defiendo y a uno de ellos casi le atravieso el ojo con mi lanza. No me gusta que nadie se me acerque, aunque sea un dios.
  A la distancia,  le pregunto al que habla si son dioses y me dice que él no lo es, por lo que me entra cierto resquemor y preparo cerbatana y lanza ya que nunca hay que fiarse de los hombres, pues también los dioses pueden ser muy mentirosos.
Me habla lentamente y me explica que se había enterado de un pueblo lleno de mujeres hermosas y no cejaba en su intento de encontrarlas. No voy a indicarle el camino antes de tener permiso.
Me pregunta por qué vivo sin más vestimenta que un cinturón y muchos collares de semillas y flores. No entiendo lo que quiere y me enseña una plancha donde se refleja una muchacha como yo cuando me miro en el pozo de agua, con la cara pintada de achiote contra los insectos y el cabello negro azul revuelto con pomada de huito. Me dice que se llama espejo y que soy yo misma.
¡Es un milagro! ¡Me ha desdoblado y en la visión, hay otra como yo! ¡Le arranco la plancha con mi imagen y la arrojo al río! Me rodean amenazadores y tomo a uno por el cuello pero entre carcajadas me alejan y me quitan la lanza y mi cerbatana.
Sin más, presiento el peligro y salto por las lianas hacia arriba y voy volando de una rama a otra rodeada del barullo de los monos y chillidos de las aves en aquel laberinto verde donde será muy difícil que me sigan.
Llego al camino suave y sigo corriendo hasta la plaza. Debo contar  a las mujeres que han llegado los dioses. Puede ser que mi madre me deje usar al que habla en nuestro idioma, si he llegado a ser bastante adulta como para procrear y tener un hijo de aquel ser que ha venido de la Luna.
No dije nada ese día pues estaban celebrando nuevas victorias con su cadena alucinante de ritos, y en esos trances cada una vive su propia soledad sin comentarla y no se puede hablar. Bajé al día siguiente cerca del río a contemplar a los dioses y no vi a aquel que luce cabellos de oro. Retrocedí y fui a mi escondite favorito que queda en la gruta llena de estalactitas que brillan de colores cuando entra por un rato un tímido rayo de sol. Parece un cuarto con diamantes y piedras preciosas, y son hilos que toman el color de la luz que reflejan.
Olfateo una presencia que no es nuestra. Asomándose por el agujero de la entrada veo al hijo del Sol que está arribando. ¿Cómo ha llegado hasta aquí? ¿Me habrá seguido?
Estoy preparada con la flecha pronta sobre el arco y se acerca sin miedo y me sonríe. Parte la flecha y ensarto una serpiente cazadora cuya ponzoña produce la putrefacción de la carne y ocasiona la muerte en pocas horas. El dios no la había tomado en cuenta y me agradece.
Entonces, con esa voz melodiosa que subyuga, me relata la historia de Adaneva que amistó con la serpiente, la cual le regaló manzanas; mientras habla pasa sus dedos por mis brazos y mis pechos y acaricia mi boca y mi cuello con un suave masaje que me va llenando de temblores.
En medio de la gruta misteriosa y mágica que es refugio de mis sueños más secretos, el hijo del Sol me recuesta en el suelo de arena y en medio de las tinieblas me posee con  una violencia que no había jamás imaginado. Decidimos callar esta experiencia y encontrarnos una y otra vez muy a escondidas.
Hasta que una tarde nos amamos con una pasión tan desaforada que despertaba a los muertos. Había traído huevos de tortuga y nos embadurnamos hasta que se levantaron las sombras de la tarde y las moscas blancas y las hormigas voladoras se nos pegaron en el cuerpo.
Pasaron dos, tres días y no podía contar a nadie mi experiencia. En la ciudad las guerreras preparaban flechas muy alborotadas. El dios vivía eternamente atormentado por el deseo y nos entregamos a un delirio que nunca había figurado fuera así cuando escuchaba gemir a aquellas mujeres que robaban los varones más robustos, altos y de piel  más clara, de los cuales tenían luego descendencia. También los hijos hombres que nacían en el reino Conorí eran enviados en balsas a la otra orilla donde los recogían en los pueblos río abajo. 
Nunca había imaginado dicha semejante. Vivía para escabullirme y amar a ese dios que había llegado en una piragua desde el cielo aunque él protestara que venía más bien del reino de los cienos.
Sé que a veces me persigue Cara, la guardiana, transformada en pájaro Camunguí con espuelas en las alas. Seguramente quiere saber por dónde voy tan desaparecida y una tarde me siguió y nos dimos cuenta sólo cuando oí sus gritos y lamentos de mujer y no de ave. Uno de los dioses que tiene cicatrices en el rostro la había violentado en el sendero. Eso no podía ser y mi madre iba a vengarse de la afrenta pues si una no lo quiere, está prohibido; son las mujeres que deben elegir con quién tener su descendencia. Era diferente para mí y el hijo del dios Sol, pues yo lo deseaba con todas mis entrañas.
Me fui corriendo hasta llegar a la ciudad y recorrí los cinco grandes templos que relucían recubiertos con sus láminas de plata y sus ídolos de diosas que me observaban en silencio y con severidad. Cara llegó luego arrastrando los pies sucios, cochambrosa, andrajosa y maloliente.

Los tambores suenan a tormenta, se acercan los truenos que predicen lluvias. Yo traigo la plancha con mi imagen en las manos que el dios ha recogido del río y me ha entregado de regalo. Es algo que tiene vida propia, es mágico y hay que despertar su ánima. Se la daré a mi madre para que me perdone. Pero al llegar, en medio de la plaza, como premonición de una desgracia, un rayo ensordecedor cayó sobre el espejo que se convirtió en miles de ánimas de Naín. Encontré a la reina Conorí en el templo de la Luna, reunida con las más ancianas para pedir consejo sobre lo que hay que hacer con los recién bajados por el Arco Iris. La esperé mientras iba recogiendo los trozos de mi alma rotos y desparramados.
Al rato salió vestida de guerrera al poco tiempo e intuyo que se está preparando a dar batalla. Es un orgullo ser hija de ella y me impresiona su alta talla majestuosa y sus largos cabellos negros azulados con magnífica corona de oro en la cabeza. Nunca llegaré a ser una reina igual, tan valiente que da miedo. Antes que nada, es nuestra reina y me inclino cuando pasa. Lleva pectoral de oro y sus brazos cubiertos de pulseras gruesas que le dan fuerza para usar la lanza. Me contempla escrutándome y adivinando desventuras. Yo le ruego y le suplico que no maten a los dioses, pero ella es implacable. Le molesta mi debilidad porque como hija suya debo ser cruel y astuta, valiente, gallarda y orgullosa, pero yo lo amo. Quiero conocer su reino de los cielos o de los cienos como él lo llama, donde esté.
La reina no me deja explicar lo que yo siento y al ver el espejo hecho trizas en medio de la plaza me mira con indecible enojo, ira, indignación y se marcha adivinando, husmeando y farfullando, dejándome con una soledad inconmensurable y un amor resquebrajado.
Salen las guerreras con mi madre enfrente, vestidas con pieles de culebra, cabalgando sobre huanganas peludas y otros animales con hocico de zorro, orejas de búho y pezuñas de puma, entre gritos de papagayos y  bullanga de los simios, armadas hasta los dientes de flechas, cerbatanas, arcos, piedras y lianas para destrozar cráneos masculinos.
Me entero por Cara, la mujer que ha sido violentada, que se quedará para cuidarme ya que mi madre se ha enterado de lo que ha sucedido con ella y sospecha de mis escapadas. Pero yo me escabullo y la dejo lavándose sus múltiples heridas porque se ha defendido como un jaguar enfurecido.
Quiero ir a escudriñar la batalla y me encuentro con el hijo del Sol en el sendero, sin que lo detengan pues no veo las vigías en sus puestos. Mi amado viste, él también, una armadura de plata de guerrero y trae una fina espada en una mano. Me coge por la cintura y me apremia.
«Amazona», me dice, porque así le gusta llamarme y no Naín. «Ven conmigo».
Yo lo sigo sin vacilar y me corazón retumba cuando veo aparecer el arco iris en el cielo. Es hora de partir, voy a irme yo también al reino de mi amado atravesando aquel pasaje remoto de exagerado misterio.

Desde lo alto vi morir uno a uno a los dioses venidos de la Luna en una gran piragua con velas al viento y aquel de las cicatrices se convirtió en una mancha de alquitrán.  Nuestras diosas nunca mueren y tuve una desilusión que me llenó de espanto y de temor. Las guerreras del reino Conorí eran muchas y feroces; algunas cayeron pero su coraje me llenó de orgullo. Los hombres de Couynco se ensañaron desde la otra orilla para terminar con aquellos hombres blancos una tarde de tormenta. Cuando mi amado alzó su caña de metal, alcancé a ver a mi madre caer como un rayo traspasado de sol, en medio de la arena de la orilla donde duermen las tortugas, bajo la garúa de la tarde. Rodó su corona de reina invencible, rugió el jaguar, el tambor retumbó en las profundidades.
El espanto hizo que una sombra cruel se adueñara de mi fatal destino y al instante salté en el aire como un puma. Recogiendo el valor que se me había quedado dormido en las entrañas, grité de amargura y de dolor y con mi piedra filuda corté el cuello de mi amado hijo del Sol. Se me encogió el ánima y hasta los muertos abrieron los ojos para contemplarme.  Siguió el chorro de sangre que no era roja sino de un color indefinido como fluido de muerte. Desde entonces lloro su  desaparición pero sin remordimiento.  Los restos de mi amante y de la reina Conorí fueron depuestos intactos bajo dos pirámides de piedra en lo más alto del reino que hoy es mío.
Nunca más podré llegar hasta la Luna, al reino de mi amado. Han muerto los dioses en la selva por ser débiles y frágiles, aquellos que llegaron con la lluvia de flores amarillas. Ya han pasado los años y ningún varón ha podido reemplazar a aquel dios, porque para mí es siempre un dios, en mi dolido corazón. 
Crece el fruto de mi amor, Luna, de larga cabellera de oro y será, ella también, una guerrera como fue su abuela y como fue su padre. Hoy soy yo, Naín, la reina de la selva. Al río que trajo a los dioses le hemos puesto Amazonas, como me llamó mi amado.
Por este río, a todo lo largo, soy el terror en todo el valle. Huyen de mí los hombres pero me pagan tributo. En cambio aseguramos la defensa de sus poblaciones en caso de  desastres o en batallas contra comunes enemigos.
Han llegado por el río otros hombres blancos atravesando la cordillera, pero no son dioses. Muchos son malvados y han traído enfermedades y pestes por lo que nuestras guerreras están muriendo de la misma enfermedad que se llevó a Cara y que ellos llaman viruela. Pero aquí estoy yo, Naín, hija de Conorí, todavía nadie me ha vencido y cuando desfallezco, miro hacia la Luna y le pido a mi amado protección, valor y suerte.

1 comentario:

  1. Estoy anonadado.Tengo 68, hago literatura desde hace medio siglo y como lector diré que el mejor cuento que he leído en mi vida es uno que se llama, precisamente, El cuento más hermoso del mundo, de Rudyard Kipling.El segundo mejor es el de una escritora peruana, desconocida para mí hasta hoy, Adriana Alarco de Zadra. ¿Quién es es esta escritora, por qué no la conocíamos? Ha sido un artículo en el que se hablaba de Daniel Salvo el que me llevó a ella. El cuento que acabo de leer, Desde la Luna por el arco iris es magistral, brillante, incomparable.

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