jueves, 22 de marzo de 2018

Michael Alberto Jimènez

PRIMER DÍA DE TRABAJO
Amor, tengo que contarte sobre mi primer día de trabajo. Bueno, en realidad, es el tercer día, sin embargo, éste es el primer día laborable de la semana, porque es lunes, que es el segundo día de la semana, aunque en verdad, la mayoría de las personas creen que lunes, es el primer día. Vale decirlo, se equivocan. Sabemos bien, quienes creemos en Dios, que claramente, y en repetidos versículos, dice en la Biblia que: Jehová (es decir, Dios) descansó el séptimo día, el cual fue llamado el día de reposo, y en todos los párrafos de las Sagradas Escrituras donde aparece esta palabra, dice “aquí equivale a sábado”. Siguiendo esta lógica, podemos ver que en realidad el domingo es el primer día y el lunes es el segundo día de la semana. Bueno, al grano: te decía que en mi primer día laborable de trabajo (el tercero), todo hacía sospechar que llegaría demasiado tarde, dormí más de la cuenta, entonces, apuradísimo me levanté, me duché sin reparar en las consecuencias que generaría el agua fría sobre mi piel caliente, y me atreví a conectar con el cuerpo mojado, la radio; para escuchar algo de música, el microondas; donde metí lo que encontré guardado en mi refrigeradora para desayunar, además de poner a cargar el celular que se había quedado encendido con música de Calamaro, mientras dormía. He hecho las cosas a la volada, Julieta estuvo a punto de quedarse sin comida, pues la ociosa durmió más que yo, cuando estuve ya en la puerta me maulló, generando mi reacción para servirle sus galletitas y un poco de leche tibia, que calenté apenas unos veinte segundos los cuales se me hicieron interminables, y que finalmente me sirvieron para poder colocar papel higiénico en mi bolsillo trasero (manías mías, sabes bien). Salí raudo de La Madriguera hacia el paradero. Cogí una mototaxi, faltó poco para perderla, me trepé como pude y fui con dirección al tren eléctrico, el cual, para mi buena suerte, llegaba al instante en que yo descendí del vehículo. Recuerdo bien haber subido las gradas de la estación de Villa el Salvador de tres en tres o ¿de cuatro en cuatro? Lo cierto es que como había llovido durante toda la noche, esas gradas eran una desgracia y pisé en más de una ocasión algún charco, no solo al subir, sino al ingresar a la estación porque por dentro el lugar era una piscina con gente tratando de no mojarse demasiado. Para mi buena suerte, yo si tenía saldo en mi tarjeta. Subí sacudiendo mis pies como lo hace Julieta cuando en La Madriguera se nos filtra un poco de lluvia en alguna parte de la casa y ella sin querer pisa el pequeño charco que se forma a causa de la garúa constante que cae en mi distrito y sobre todo en mi zona, debido a la cercanía al Puyusca, conocido por los reportajes de invierno, donde la gente respira 100% de humedad, y que es conocido como Ticlio chico. Debo admitir que el viaje se me hacía interminable y hasta llegué a creer que el tiempo iba más rápido que de costumbre y el tren más lento que un caracol, sin embargo, llegamos en el tiempo estimado usual hasta la estación Grau. Lo peor vino después, no venía el microbús que me llevaría hasta el Parque de las Leyendas, es más, no había vehículos en el paradero, y éramos como cincuenta personas (exagero como siempre) esperando que vinieran, y treparnos al vuelo para apurar el paso y llegar a nuestros centros de labores lo más pronto posible. Finalmente, apareció una gran cantidad de vehículos y empecé a sentir la tensión que siente en el ambiente, cuando se nota que todos quieren subir primero y, de ser posible, alcanzar algún asiento. Sucedió tal cual te lo estaba diciendo, todos los del paradero treparon a sus vehículos atropelladamente, me parece haber visto a una mujer ser empujada por un hombre bigotudo y a otra jovencita tropezar con alguien más al punto de casi caerse y tener que sujetarse del tipo gordo que estaba delante de ella. Sin embargo, no era mi momento, porque vinieron las rutas y vehículos de todos los colores, pero del mío ni el recuerdo. Tuvieron que pasar todavía diez minutos más para que aparezca el bendito microbús que me lleva a mi destino laboral. Subí como pude, recuerdo que empujé al cobrador de la cólera, debido al retraso y hasta le miré con mala cara cuando se atrevió a pedirme el pasaje (ya se, amor, que es su trabajo, pero estaba de ánimos terribles). Dormité todo el camino hasta llegar al Parque de las Leyendas, no recuerdo mucho, pero, para vergüenza mía, casi hasta ronqué mientras estaba sentado, porque sí encontré asiento disponible, además fui el único en subir. Conseguí abrigarme, pues en el tren viajamos con las ventanas abiertas y tiritaba de frío, además en el paradero no se estaba uno tan caliente con este invierno y con la llovizna que cae en Lima, uno puede hasta coger alguna enfermedad respiratoria. Pero yo tenía la chalina guinda con gris que me obsequiaste el mes pasado. El frío me entraba al cuerpo por las piernas, el jean no abriga mucho, sin embargo, debo usarlo, porque es el uniforme del trabajo. Por fin llegué al Parque, pero fue terrible, bajando del microbús, volví a pisar un charco de agua y me mojé, en esta ocasión, mi pie derecho y sentí más frío. No quise mirar la hora en el celular, preferí correr hacia la caseta donde firmo mi asistencia y hora de entrada. En mi espalda, la mochila revoloteaba el táper de comida, mientras me esmeraba en ser veloz. Llegué y ¡sorpresa, sorpresa! fui el primero en arribar y en realidad no era tan tarde, mi ingreso es a las 8:30 a.m. y había llegado 8:12 a.m. Tanto dilema, tanto enojarme, apresurarme y morir de frío por el apuro para llegar primero y tener que esperar a que el jefe venga para abrir la puerta. Del resto del día, comento que fue tranquilo, sin novedad. La verdad, amor, todo esto te contaría, claro, si estuvieras viva.


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