lunes, 24 de septiembre de 2018

Saúl Sánchez Toro


 Akhatar y Saffir

Akhatar voló hasta la cúspide de la montaña y parado divisó el hermoso Valle de Saffir.
Los abedules se contorneaban insinuantes buscando atraer las madreselvas para que se les treparan y los engalanaran con sus hermosas flores.

Los canarios, sinsontes y ruiseñores entonaban un dulce serenata que el Valle repetía con su voluptuoso eco.

Cuando vió que Assibar se acercaba a la laguna, desnudándose y dejando sus tules y alas en la orilla, pensó volar hacia ella.

Pero, en ese instante, se acercó Akeleth, quien despojándose también de sus vestimentas y poniendo sus alas en una roca se sumergió en las cristalinas aguas, se aproximó a Saffir, la abrazó y la besó apasionado.
La acarició y haciéndole al amor formó con sus movimientos una gran ola que se extendió por el Valle, dándole vida al caudaloso Rio Amannat en el que quien se sumerja  recibe el bautizo de la Ondina con el que asegura su prosperidad.

Akhatar, enfurecido por los celos, se desagarró las alas se lanzó al vacío, y así nació el famoso abismo de Kalith en donde muchos despechados van a enterrarse con sus ilusiones.

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