miércoles, 1 de julio de 2015

Carlos Enrique Saldivar

  una Epístola

     ¿Puede acaso un ser humano ser la droga de otro? Eso es lo que tú eras para mí, no puedo creer que ya no estés, no concibo el mundo sin tu persona. Cada día que pasa me decanto más hacia el alcohol y el tabaco. Veo pasar los días, con el frío golpeando mi desnudez, en mi apartamento sucio mientras mi amante de turno aprovecha mis sueños profundos para utilizar mi cuerpo como su santuario de satisfacción, dejándome cada día más pobre, más triste. Las mujeres siempre con su inocencia, con su encanto, con sus ahogamientos en copas de licor. Tú, mujer hermosa. Tu recuerdo nace en mí, Cristina, y vive para siempre en mi corazón que con fuerza late ni bien te rememoro. Mi corazón me hace la vida imposible: a veces (no pienses que es locura) lo veo salir de mi pecho y saltar por toda mi casa. Una vez amaneció a mi lado, en la cama donde compartimos tantas noches de amor desenfrenado. Mi corazón se hallaba junto a mí, luego abrí bien los ojos, nada más la soledad me acompañaba. El sexo te encantaba, eso y mis poemas de psicodelia armamentista. Me querías por ello, por mi fuerza y juventud, y porque sabía expresar la mayoría de mis emociones con pocas palabras en tanto tú necesitabas horas de horas para poder dar a luz una sola frase. Éramos diferentes pero a la vez tan iguales. Nuestra soledad momentánea, nuestra orfandad constante y nuestros caprichos naturales nos unían. Ahora creo que eso mismo es lo que nos ha separado. Cristina, te sigo amando, no me apena decirlo, al contrario, necesito extraerlo de mis entrañas. Han pasado cinco años desde que te fuiste, hace media década que no te veo frente a mí, tú estás allá y has rehecho tu vida en aquella zona donde habita gente pálida y taciturna que progresa día a día a ritmo acelerado en la frialdad de una atmósfera discontinua. Yo estoy aquí, tejiendo sombras con las que me visto cuando salgo en las noches a buscar placer y encontrar sucios capullos, mas no mariposas. Te amé con tanta fuerza. Tú eras mi droga y te consumía a diario, te lamía como helado de fresa, te estrujaba y tú nunca te saciabas. Siempre pensé que había curiosidades en nuestros nombres pues ambos empiezan con «c» y tienen ocho letras; coincidencias, decías. Yo sostenía que el asunto de los nombres no era casualidad, sino el destino, y sigo sosteniendo que en la historia de nuestras vidas estaba escrito, aunque no era extenso, el capítulo de nuestra felicidad. Cuatro años de unión se quebraron de pronto, nunca entendí por qué, quizá a estas alturas puedas explicármelo. Ya sé que lo has hecho antes, pero sé que recibirás esta carta, espero que puedas responderme esta vez y me des una razón distinta para lo que nos desunió.

Porque mi vida se ha destrozado. Cristina, mi pequeña gatita. Así te decía: «gatita». Me gustaba cuando maullabas para mí. Luego te reías una hora. Yo enloquecía. No me he curado. Creo que contemplo visiones mientras escribo esto a mano, creo que te veo frente a mí, apareces en tu bikini naranja, tu favorito, mi favorito, corriendo, y yo intento darte alcance para poder abrazarte y darte un beso a la francesa como me gustan, como sé que te gustaban. Lo recuerdo, te abrazo y me dices: «No, por favor, no quiero que la gente mire». Te avergonzabas de mí. Pues yo no de ti. Ese fue uno de mis errores. Siempre pertenecí a una onda extraña, a la raza sombría y atrayente de seres humanos que destilan misterio y sensualidad a raudales. Mi belleza no se comparaba con la tuya, aunque era belleza al fin y al cabo. No me importaba lo que pensaran los demás, tú y yo vivíamos de amor, y ellos no podían ofrecernos algo parecido, ni siquiera amistad o un poco de seguridad en este triste e injusto mundo. Tú sí, Cristi, gatita, me lo ofrecías todo. ¿Recuerdas cuando nos conocimos en aquel concierto? A ti te gustaba mucho Pedro Suárez-Vértiz, a mí también, lo adoraba. Tenía dos álbumes suyos, los cuales te prestaría. Formamos un solo grupo todo el concierto junto a los que nos acompañaban, tu sonrisa me hipnotizó, me hizo volar por las nubes debido a la excitación. El licor, la música, tu hermosura de nuevo, todo eso me hizo perder la cordura y hasta ahora mi mente no reacciona ante aquella preciosa experiencia. Luego vinieron los cambios de teléfono, de correo electrónico, la promesa de una cita que se cumplió a los dos días. Yo llevaba mis ropas oscuras de siempre y tú, con tu chompa rosada y tu jean beige, despertabas perversos sentimientos en mí que te confesé sin vergüenza alguna de frente y que aceptaste con una sonrisa y tomándome las manos. Reías. Esa noche pasó lo que tenía que pasar. Más risas. Todo para ti era reír, ahora lo comprendo. Tú me enseñaste a reír, a ver la luz, a cambiar mi modo de vida, a vestir de colores, bueno, al menos me adapté al blanco con sumisión, blanco como el color de tu piel en desnudez y como las gotas de rocío que surgían durante el éxtasis. Tú, Cris, me enseñaste tantas cosas, tu figura perfecta se movía libre sobre mí, como un delfín que siempre está feliz y saltando. Recuerdo a ese par de personas que intentaron separarnos y fueron derrotadas por nuestra relación a prueba de balas, y cuando tu familia se enteró de lo nuestro y te amenazaron con crueldad para que me abandonaras, los enfrentaste y te aferraste a mí. Con un par de lágrimas que se secaban velozmente y con la creación de un acto amoroso salvaje solucionábamos siempre los conflictos que nos mantenían en una brecha intrincada que conducía a una gran melancolía. Cuando dormíamos en un abrazo infantil que hacía brillar nuestras pieles tersas y blancas a la luz de la luna que entraba por la ventana de esta casa, musitabas palabras en silencio, risotadas, palabras de amor, luego lágrimas, otras vez carcajeos, luego me abrazabas, me besabas. Después soltabas mi mano. Nunca fue mi intención hacerte sufrir, pero créeme, yo sufría tanto o más que tú en aquel entonces, sufro por ti ahora, mi vida no encuentra ningún sentido, ningún trecho lleno de flores como el que recorrí hace años, el cual me condujo hacia ti y que luego transité contigo. Ya no tengo nada, solo espero la muerte aquí, poniendo las nalgas flacuchas en mi cama desordenada y caminando con el torso descubierto hacia la ventana para mirar si algún animal nocturno y techero se cuela en este espacio y acribilla mi soledad.

Hace años que te has ido, hace once meses que dejaste de escribirme, de responder mis llamadas y mis correos electrónicos. Después de lo que te dije en la siguiente postal... lamento las cosas terribles que puse. Perdóname, empero, intuyo que me entendiste. Sé que no lo amas. No lo amas. Confiésalo, no lo amas. Al menos dime, ¿por qué él y yo no? Ya lo sé: porque te da una mejor opción de vida, porque es ancho, castaño y vive en una gran casota en un buen lugar de Italia, porque te dio algo que nunca te pude dar yo, ¿matrimonio? ¿Un hijo? ¿Como se llama tu niño? Nunca me mandaste una foto de él, y sobre el matrimonio, te lo propuse varias veces, ¿recuerdas? Pero, ¿por qué te reías de mí cuando lo sugería? ¿Por qué te enojabas? ¿Pensabas que me burlaba? ¿Pensaste que era un imposible? Pues no. Por Dios, claro que no. No necesitamos leyes o religiones para poder llevar una vida de amor perfecta, no necesitamos nada, tú lo dijiste una vez, esas fueron tus palabras, las gritaste y no cumpliste tus convicciones. Si fueras feliz de verdad, yo te animaría para que siguieras así y no insistiría en mostrarte mi lánguido rostro una y otra vez. Sin embargo, tengo la certeza de que eres infeliz. No amas a ese tonto. ¿Qué haces con él entonces? Regresa y cumple tu destino junto a mí, tú eres igual a mí, no puedes negarlo. Nunca podrás esconderlo. Al final, cuando pasen unos años, te darás cuenta de tu gran error, para entonces yo ya estaré muchos metros bajo tierra y mi cadáver, como siempre, estará llorando por tu persona. Me arrastro por ti, sí, como una lombriz aturdida, te quiero aún y te deseo, no soy nada para ti y lo soy todo, tú eres mi reina, mi diosa. Fuiste casi perfecta, pero solo te faltó una pequeña cosa, faltó que no dejaras de quererme. Tu orgullo, tu miedo, tu egoísta lucidez fueron más fuertes que aquello tan dulce que una vez nos unió.

Si he de discernir y comprender las razones de mi desdicha, diría que el egoísmo y la lujuria formaban una parte de tu alma que era desconocida para mí, aquella parte que me golpeó con rudeza al alejarte pues me enganché en ella como un clavo a la madera.

Entonces no me amaste nunca, tan solo experimentaste sensaciones prohibidas que te gustaron y no pudiste dejar. Por favor, por mí, esta vez escríbeme, sé que no viviré mucho, he bajado doce kilos y mi piel se está despintando; de alguna manera he perdido el color y el cabello se me cae a lloviznas. En este instante río. Al siguiente instante lloraré. Es triste, verdad, rogarle amor a alguien que no se interesa en ti, es absurdo, es feo, sin embargo seguiré apuntando mis sueños hacia ti, mi centro, Cristi, mi vida, por siempre. Cristina. Sé feliz si te atreves, inténtalo y si no, entonces recuérdame, tu imagen de locura adorada; y si, por si acaso, te acuerdas de que dejaste una vida atrás, puedes regresar, tal vez aún estés a tiempo de salvar mi vida y, al mismo tiempo, en comunión, salvemos también la nuestra de aquel cruel asesino que es el tiempo, cómplice de la desolación. Recuérdame toda la vida, no me odies, quiéreme, sé que algo te importo, sé que piensas en mí muy seguido e igual que yo, cedes paso a los recuerdos que te hacen lagrimear y sonreír a la vez. Sin más que decirte, me despido. Te amo, Cristina, te he amado desde que te conocí y te sigo amando, te amaré eternamente. Escríbeme, pues, pronto, aunque sea un «hola» y recuerda que en mí tienes amistad y... tolerancia y... perdón, por siempre, perdón de mí hacia ti y otro pedido sincero de perdón por no haber podido cubrir tus expectativas. Lo siento, pero así nacimos y así moriremos: tibias, volátiles, incompletas. ¿Por qué seremos así las mujeres? ¿Por qué?



Se despide con mucho amor,



Carolina, tu por siempre traviesa y engreída amante psicodélica.







Lima, mayo de 2003

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