sábado, 21 de marzo de 2015

Elvin Mungia(Honduras)


RELATO INFIEL     
                                                     Cuando este sol se apague
                                                            Tú partirás de mí,
                                                               seguiré solo…
                                                                  … Quédate para poder vivir sin llanto
                                                                                      “Quédate” canción de Silvio          Rodríguez

 Se fueron por aquí, por esta calle. Iban en búsqueda del parque.  Pretendían, creo, ocultarse entre las sombras mezquinas de los árboles. Disimularon perfectamente un azaroso encuentro programado. Caminaron hacia allá, hacia el callejón de las orquídeas. Parecían un par de chicos; se veían tan en confort, tan calmados. Eran todo un cuadro de regocijos cuando se sentaron a contarse los secretos.
Charlaron augustamente de situaciones cotidianas, situaciones que como pasa, sólo a ellos importaba. Ella comentaba sobre lo mucho que le gustaban los pasteles de chocolate y la playa cuando el ocaso va menguando hasta volverse el amanecer de la noche, y la luna sale cantar “Arrumacos bajo los amates”.
Luego sonreía, sonreía  después de cada relato; después de alguna anécdota jocosa, ocurrida apenas ayer, la semana pasada, o justo antes de llegar allí, justo antes de tomar el taxi. Después, escamoteaba avergonzada la vista hacia la grama, o en dirección al elefante petrificado en bronce. Él, se quedaba bogando “! Que loca historia ¡”  en el pensamiento, posterior, le daba una cómplice sonrisa y ella proseguía victoriosa, orgullosa de sus “fabulosas, locas” experiencias.

Dos horas pasadas, dejaron el parque, abordaron la avenida. A tres cuadras, se detuvieron, convenidos antes, frente a la puerta del Café Jaguar. Sobre el dintel un rótulo en forma de una taza,  pintada en cuatro colores: negro, verde, blanco y rojo, con una leyenda, la cual, él leyó con oculto entusiasmo y en donde solo, las primeras tres palabras fueron de su interés  – "Conquístala este día"-

Pidió un capuchino, Ella un té frío. Parecían contentos, todo era gracioso, todo en esa plática, continuación de la anterior, tenía un matiz de casual donosura, de habitual humor.
Hablaron de todo: de la música; del amor; de los poemas de Navid; de la canción que nunca pasa de moda; de los zapatos en Gina´s Store; de la agrura que a veces, cuando está nerviosa le ataca, que ahora no, muy relajada; de la gastritis; del periodo que a veces trae con él un mal, malísimo humor; del mensaje en el móvil que confirmaba la cita de hoy; del libro de Félix: Tamma el ángel que volvió al mar; del pan caliente, y por supuesto, del delicioso y oloroso café de las tres.

Conversaron también de lo solos que estaban, del abandono camuflado en las excusas, del aguante, de las recurrentes mentiras a las que fue fiel por muchos años. Conversaron de la tiranía y del egoísmo a las que estuvo sujeta por los miedos e inseguridades del marido, por el machismo cobarde, por el pánico que da la amenaza de un golpe, por la rabia que provoca la inquisidora opinión de esta hipócrita, pueblerina ciudad.

Charlaron sobre la tranquilidad de respirar libremente, de andar a donde los pies lleven, sin sentirse cohibida  o sentenciada, sin el pertinaz resoplido del vejamen, del sentimiento de culpa que la gente provoca, cuando atencionan los oídos, a los “qué dirán” o al maltrato, violentas caricias que produce el chantaje del amor.
Él mencionó algunas cosas suyas, un ápice de tristeza se traslució en sus pupilas. Parecía que cargaba un fardel de nostalgias: fardel que desde hacía mucho no pudo aliviar, hasta hoy, pero fue prudente, y el resto lo guardó, para no buscar consuelo o condescendencia, para no caer bajo, para no usar el truco según él, el bajo truco que utilizan todos.

Hablaron incluso de no creer más, de olvidar, de que iban a estar mejor de lo que estaban; discutieron hasta del sí y del no. Callaron un instante sólo para apreciar más la vida a través de los cristales del Café Jaguar; sin otro interés, relajados al extremo,  sorbieron las bebidas: una fría, y la otra caliente.

El tiempo, bueno y puntual para marcharse, abordó un tren en la estación del no retorno. Entre tanto partía, en sus pasos acongojados, iba  sintiendo pena por lo que dejaba, por lo que no era suyo, sentía esa angustia del “Me voy sin adiós y sin regreso”.
Ellos lo sabían, pero la conversa era buena, y qué, si las horas se iban o se quedaban o morían en el reloj de la Catedral, del parque, en la pantalla del móvil o del Café Jaguar. Daba igual si en definitiva se olvidaban de que el tiempo marcha, que vuelve jamás. Ambos, en ese encuentro, azaroso y programado, de acuerdo estaban en buscarse cuanta excusa fuese posible, para charlar y charlar hasta que las ganas se aburrieran, hasta que alcanzaran la saciedad.

Afuera, el paisaje se alistaba para una despedida; despedida que no podía ser mejor para el adiós, que acompañada con un una  pizca de lluvia, o una mota de sol. Así, en segundos el viento invitó nubes oscuras, para como naranjas exprimirlas, exprimirlas de forma sutil, casi amorosa.
Las gotas se dejaron caer, sin mala intención, como en una frágil, virtual llovizna. Los transeúntes asustados se obligaron a buscar el refugio de aleros y centros comerciales, se multiplicaron como gotas, renegando unos, glorificando otros el aguacero de esa tarde.

Tras las ventanas, adentro del edificio, del Café Jaguar, él tomaba su café, ella bebía su té. Después de un poco de silencio, y otro tanto de parla, entre flirteo aquí, coquetería allá. Contagiados tal vez por la íntima química de la lluvia y del tropel de los trashumantes, de las abejas y de las orquídeas en el parque. Del amor flotando en las olas de la tarde.
Por el desconocido y asolapado mutuo interés, por la entrega al debate del “Me siento cómodo, muy bien,” del enredo desmadejado de sus ideas compartidas y cómplices. Por estímulo quizá de la cafeína. Lo más probable, por la buena, discreta parla; parla que como guía les llevaba subrepticia más allá del evidente galanteo, más allá de la farsa de un encuentro, no programado, casual, aún más allá de la apariencia y del perjurio, del “Qué importa lo que te digan, que importa el qué me dirán.”

Por lo que haya sido, acordaron marcharse después de la llovizna, había tiempo para ir a la playa, para ver el ocaso sobre el muelle, para respira el oxígeno que trae la aurora del anochecer, para soñar, para ver las sirenas montadas sobre delfines cantándole a la luna.
Cogieron por acá. Se confundieron entre el ruido y los pasos presurosos de los caminantes de la atestada calle, se mezclaron entre los peregrinos rostros, se coloraron entre la multitud esquiva del atardecer. Unos minutos después de haber sido arrastrados por las corrientes del ahogante tráfico de esta ciudad; tráfico abrumante que había quedado huérfano, abandonado en una mugrienta esquina, la cual aún conserva al final de la avenida, un solitario hidrante, enmohecido y vetusto, ignorado y en desuso, sin más esperanza que el retiro necesario, forzoso que no llega, jubilación que ahora, justo, tanto clama.

Pero llegaron puntuales, justo con el ocaso. Ella se acomodó en una banca, separada por algunos metros de la playa. Él, se quedó de pie, con las manos perezosas, relajándolas en los bolsillos de una oscura chamarra, veían los dos hacia el horizonte.

La tarde estaba indecisa y el tiempo complicado. Después de la esporádica llovizna, el cielo se veía no más azul, pero si más claro. La excepción, la promovía un cúmulo,  una mancha  de finas nubecillas negras, rasgadas por un felino invisible. Parecían las nubecillas ser marginadas por ser minoría, por no ser albinas, por ser de otro género, de otra religión, de un color en estigma, pero no por eso, menos lindas.

Una gaviota pasó a prisa y en sus dos finas patas amarillas, acostumbradas tal vez, a la tersura de la arena mojada, se posó. A pesar del bólido, se dejó caer como si fuera una pluma danzando en la brisa; arrastrada como si fuera en el viento una delicada flor de algodón.
Entretanto, el mar en una falsa actitud de enojo, en obvio trance, orquestaba como un director de cabellos revueltos, como un gran maestro: mágicas sinfonías, sonatas fantásticas con las olas blanquecinas hechas partituras, pentagramas, claves, notas, hechas instrumentos.

Ya era tarde, muy tarde. El sol pestañaba en un crepúsculo maravilloso. Un tronco, como simple marioneta, bailaba entre las poderosas manos de las olas, parecía ser manipulado por el extraño ritmo de un vals místico, de un tango siempre nuevo, de un antiguo bolero. Sus movimientos erráticos y sincronizados en sí, lo hacían personificar, imitar los pasos de un bailarín  embriagado por vinos, rones y cervezas.

Súbitamente, apareció un perro, venía con la lengua de fuera, jadeaba, era un perro juguetón y alegre que corría y sellaba con sus cánidas patas las húmedas dunas  de la playa. Por instinto o diversión, persiguió a la gaviota, ésta, sin emoción alguna, alzó vuelo no vio atrás, para ella era solo un perro sin importancia, que venía a divertirse, fastidiando su paz, y su silueta se perdió entre el vaivén de la marejada y en el resplandor del anochecer, perseguida únicamente sobre la liquida superficie por un ladrido, un ladrido que furtivo se esparcía como espora sónica por toda la entumecida bahía, pero la gaviota indiferente se difuminaba en donde el solitario horizonte, recibía la  parsimoniosa silueta de un barco cansado de tanto viaje, pero dichoso de tanto mar.
Al ver esta escena, él, quiso sacar un tabaco, pronto se dio cuenta que esto no pertenecía a este momento y sin titubear lo devolvió a la cajetilla.

Todo estaba en concordancia, todo simulaba el paraíso, el lugar lácteo y meloso, la prometida tierra donde toda fruta, no por menos o más deliciosa es prohibida. Todo estaba en sincronía quién sabe con qué misterio. Todo perfecto, Ella aún más, quien con su angelical presencia le daba al ambiente una chispa de mayor divinidad, de “Morir en tus brazos quiero, nacer en tus ojos, de tus labios busco la ambrosía, el aliento para vivir, mi lugar en la vida eterna.”
Cruzaron por quinta vez la mirada, se abrazaron en una comunicación telepática. Una ráfaga se cruzó entre ellos. A él le arrastró mesuradamente los ruedos del pantalón, a ella le alborotó el cabello. Un mechón se le enredó por la cerviz. Él se sentó junto a ella, le quitó los cabellos del cuello y lo acarició como se acaricia la mullida y rizada melena de un milagro.

Ella le tomó las manos, las apartó de los rizos, y las arrastró hasta las mejillas. le beso en las palmas. Simultáneamente los ojos se serraron, para sentir quizá, que los ósculos emanaban de un lugar más allá del pecho, mucho más allá del corazón.
Él no tuvo más opción que suspirar todavía más que la abisal profundidad del Caribe que ondeaba azul hacia todo punto.
La noche vino despacio y progresiva, les saludó discreta. Las lámparas del muelle se encendieron asincrónicas, casi navideñas. En un plan sencillo, maquinado por el manipulador azar, se volvieron víctima y víctima. En un destello neuronal, en un chispeo de imaginación, se movieron hacia un árbol de almendros, cercano, muy cercano a donde llega el mar, cuando sube la marea. Ocultos a todo ojo, menos al de la noche, se guarecieron  entre el regazo del tronco y la clandestinidad de las mudas y gruesas raíces que se extendía hacia las olas. Acompañados por palmeras y cocoteros que coreaban, con las ondas marinas y la brisa, junto al almendro una nueva canción, una nueva melodía.
Como si esto fuera droga o embrujo, nigromancia de los restos del ocaso, se prendieron de la comisura de los labios. Un juego: persecución de las bocas, como cachorros jugando a atrapar gaviotas, como olas besando la mudez de la costa.
Un beso, y otro, y otro, y otro tal vez y otro quizá. Sólo la sacarosa onomatopeya de unos labios al unirse y separase permaneció confundida con la melodía de las ondas, las palmeras, los cocoteros, la connivencia del almendro y el albedrio de la brisa.
Él abusó de las circunstancias y le susurró en su oreja, palabras tiernas, palabras privadas, le mordisqueó los lóbulos, ella dejó fugar una placentera risita. Sin reprensiones la adrenalina, la sensualidad y el deseo, se paseaban entre la curiosidad, el miedo y los cuerpos.
La inocencia mutó, evolucionó a morbo. La picardía es más aventada, más libidinosa, menos tímida, más excitante.
Una chispa de lujuria les hundió en la gula. Se degustaron, se comieron, se bebieron, como antropófagos hambrientos,  obsesos por el rico sabor de la carne.
En un chasquido, en un avistamiento del pez a la amenaza, el vestido desaparece y la penetración de los granos de arena, dan una sensación de tersura y calor en la piel desnuda.
Son testigos el almendro que se hace el desentendido, las palmeras y los cocoteros que ayudados por el viento, se inclinan a fisgonear, como tratando de ver más, de entender lo que hacen, de asimilar lo que pasa.
No hacen comentarios, se quedan como espectadores silentes en ese estadio de caricias, besos, risas y abrazos, que no pueden entender, y piensan que son sólo cosas de humanos.
Mientras el corpiño de encajes color luto, que en toda su majestuosa mesura, cubre la delicadeza de dos hermosos y melifluos alcores, tal vez no vírgenes, pero si pretendiendo ser explorados nuevamente los cuales, sin él negro sostén caerían sin orden a la boca y a los ojos.
El escote está generosamente expuesto y vulnerable. Ya no puede ocultarse, ya no puede esconder la dilatación, los profundos gemidos, el lunar que contrasta cósmicamente con la nívea, firme y dulzosa piel que pide reiteración de manos, labios, y ternuras.
Igual, el vientre se ha mostrado noble, liberal y decidido, viene con un ombligo que parece en un desierto, oasis de ensueños y placeres, mientras las intimidades húmedas y deforestadas como bosques tropicales palpitan y trepidan; flamean hacia el infinito con cada nueva caricia.
Vibración y chirridos corporales, risas espontáneas, se mezclan con la copla  del céfiro, la palmera, los cocoteros y el almendro, y otra vez la brisa se una a la cantata.
Ya no quieren hacer nada más que abrazarse; abrazarse tan fuerte, tanto, tanto como para fusionar los cuerpos, como para ocupar el mismo espacio, tanto como para unirse el alma o por lo menos volverla una.

Un rato después, las olas seguían amotinándose a la playa. El almendro las palmeras y los coteros veían taciturnos el muelle que celebraba el arribo de un nuevo barco.   Él habló con un beso y Ella le respondió con la placidez de su boca.
Se mantenía intacta en la memoria y por toda la piel las estelas indelebles de los abrazos.
Ansioso, el ajustador volvió a donde pertenecía, el vestido también, junto con otras prendas íntimas que eventualmente debieron sacudir.
Se desprendieron de las fibras, amalgamas de sudor y arena. Ella sacudió su cabello y sintió los gránulos de la sílice cayendo como lluvia efímera en un techo alejado de cualquier muelle, parecido al nigromante rumor del mar. Le divirtió esto, y no hubiera dudado en repetirlo, a la orilla de cualquier oasis, de cualesquier playa, de cualquier pequeño desierto, en cualesquier otro lugar.

Era tarde, muy tarde, ella decidió marcharse. Él, como buen, educado, rendido caballero, mantuvo el porte. La acompañó hasta el taxi, quiso irse con ella; ella fue más prudente, le besó en un pómulo largamente, con un indescriptible, lascivo cariño. Él no dijo nada, únicamente suspiró en señal de aprobación, entendimiento, o respeto. No obstante, en los ojos, en sus ojos, se le vislumbraba destellos infinitos de resignada súplica “No te vayas, quédate, que la madrugada nos descubra, que el amanecer atestigüé, lo que el mar, la playa, el viento, las palmeras, los cocoteros y el almendro, no entendieron, besémonos de nuevo.” Pero ella suspiró, en el recuerdo, sobre su pecho.

Se fueron por aquí, por esta calle,  el taxi arrancó, él le siguió a pie, con el  ritmo triste del anochecer.
Unas horas más tarde, una mujer salía del baño, con la piel fresca. Una toalla cubriéndole las intimidades y otra improvisaba en la cabeza, imitando la forma de un tocado. Venía feliz, rosada las mejillas y la boca hecha toda una sonrisa.
En ese instante, un tipo llegaba contento, no se sabe de qué, mientras la abrazaba, le decía quedamente al oído, que esta noche él, él prepararía el café, y la cena.    

*Tomado del libro 7 Cuentos Sin Hadas (2006-2014 Goblin Editores) cuello y lo acarició como se acaricia la mullida y rizada melena de un milagro.

Ella le tomó las manos, las apartó de los rizos, y las arrastró hasta las mejillas. le beso en las palmas. Simultáneamente los ojos se serraron, para sentir quizá, que los ósculos emanaban de un lugar más allá del pecho, mucho más allá del corazón.
Él no tuvo más opción que suspirar todavía más que la abisal profundidad del Caribe que ondeaba azul hacia todo punto.
La noche vino despacio y progresiva, les saludó discreta. Las lámparas del muelle se encendieron asincrónicas, casi navideñas. En un plan sencillo, maquinado por el manipulador azar, se volvieron víctima y víctima. En un destello neuronal, en un chispeo de imaginación, se movieron hacia un árbol de almendros, cercano, muy cercano a donde llega el mar, cuando sube la marea. Ocultos a todo ojo, menos al de la noche, se guarecieron  entre el regazo del tronco y la clandestinidad de las mudas y gruesas raíces que se extendía hacia las olas. Acompañados por palmeras y cocoteros que coreaban, con las ondas marinas y la brisa, junto al almendro una nueva canción, una nueva melodía.
Como si esto fuera droga o embrujo, nigromancia de los restos del ocaso, se prendieron de la comisura de los labios. Un juego: persecución de las bocas, como cachorros jugando a atrapar gaviotas, como olas besando la mudez de la costa.
Un beso, y otro, y otro, y otro tal vez y otro quizá. Sólo la sacarosa onomatopeya de unos labios al unirse y separase permaneció confundida con la melodía de las ondas, las palmeras, los cocoteros, la connivencia del almendro y el albedrio de la brisa.
Él abusó de las circunstancias y le susurró en su oreja, palabras tiernas, palabras privadas, le mordisqueó los lóbulos, ella dejó fugar una placentera risita. Sin reprensiones la adrenalina, la sensualidad y el deseo, se paseaban entre la curiosidad, el miedo y los cuerpos.
La inocencia mutó, evolucionó a morbo. La picardía es más aventada, más libidinosa, menos tímida, más excitante.
Una chispa de lujuria les hundió en la gula. Se degustaron, se comieron, se bebieron, como antropófagos hambrientos,  obsesos por el rico sabor de la carne.
En un chasquido, en un avistamiento del pez a la amenaza, el vestido desaparece y la penetración de los granos de arena, dan una sensación de tersura y calor en la piel desnuda.
Son testigos el almendro que se hace el desentendido, las palmeras y los cocoteros que ayudados por el viento, se inclinan a fisgonear, como tratando de ver más, de entender lo que hacen, de asimilar lo que pasa.
No hacen comentarios, se quedan como espectadores silentes en ese estadio de caricias, besos, risas y abrazos, que no pueden entender, y piensan que son sólo cosas de humanos.
Mientras el corpiño de encajes color luto, que en toda su majestuosa mesura, cubre la delicadeza de dos hermosos y melifluos alcores, tal vez no vírgenes, pero si pretendiendo ser explorados nuevamente los cuales, sin él negro sostén caerían sin orden a la boca y a los ojos.
El escote está generosamente expuesto y vulnerable. Ya no puede ocultarse, ya no puede esconder la dilatación, los profundos gemidos, el lunar que contrasta cósmicamente con la nívea, firme y dulzosa piel que pide reiteración de manos, labios, y ternuras.
Igual, el vientre se ha mostrado noble, liberal y decidido, viene con un ombligo que parece en un desierto, oasis de ensueños y placeres, mientras las intimidades húmedas y deforestadas como bosques tropicales palpitan y trepidan; flamean hacia el infinito con cada nueva caricia.
Vibración y chirridos corporales, risas espontáneas, se mezclan con la copla  del céfiro, la palmera, los cocoteros y el almendro, y otra vez la brisa se una a la cantata.
Ya no quieren hacer nada más que abrazarse; abrazarse tan fuerte, tanto, tanto como para fusionar los cuerpos, como para ocupar el mismo espacio, tanto como para unirse el alma o por lo menos volverla una.

Un rato después, las olas seguían amotinándose a la playa. El almendro las palmeras y los coteros veían taciturnos el muelle que celebraba el arribo de un nuevo barco.   Él habló con un beso y Ella le respondió con la placidez de su boca.
Se mantenía intacta en la memoria y por toda la piel las estelas indelebles de los abrazos.
Ansioso, el ajustador volvió a donde pertenecía, el vestido también, junto con otras prendas íntimas que eventualmente debieron sacudir.
Se desprendieron de las fibras, amalgamas de sudor y arena. Ella sacudió su cabello y sintió los gránulos de la sílice cayendo como lluvia efímera en un techo alejado de cualquier muelle, parecido al nigromante rumor del mar. Le divirtió esto, y no hubiera dudado en repetirlo, a la orilla de cualquier oasis, de cualesquier playa, de cualquier pequeño desierto, en cualesquier otro lugar.

Era tarde, muy tarde, ella decidió marcharse. Él, como buen, educado, rendido caballero, mantuvo el porte. La acompañó hasta el taxi, quiso irse con ella; ella fue más prudente, le besó en un pómulo largamente, con un indescriptible, lascivo cariño. Él no dijo nada, únicamente suspiró en señal de aprobación, entendimiento, o respeto. No obstante, en los ojos, en sus ojos, se le vislumbraba destellos infinitos de resignada súplica “No te vayas, quédate, que la madrugada nos descubra, que el amanecer atestigüé, lo que el mar, la playa, el viento, las palmeras, los cocoteros y el almendro, no entendieron, besémonos de nuevo.” Pero ella suspiró, en el recuerdo, sobre su pecho.

Se fueron por aquí, por esta calle,  el taxi arrancó, él le siguió a pie, con el  ritmo triste del anochecer.
Unas horas más tarde, una mujer salía del baño, con la piel fresca. Una toalla cubriéndole las intimidades y otra improvisaba en la cabeza, imitando la forma de un tocado. Venía feliz, rosada las mejillas y la boca hecha toda una sonrisa.
En ese instante, un tipo llegaba contento, no se sabe de qué, mientras la abrazaba, le decía quedamente al oído, que esta noche él, él prepararía el café, y la cena.    

*Tomado del libro 7 Cuentos Sin Hadas (2006-2014 Goblin Editores)

 TERRORISMO MEDIÁTICO
 

es lo que hacen sus ojos conmigo.
Venga
démonos un beso
amémonos en las esquinas de la mesa
o en la inquietud de la silla.
Hagamos que los libros se precipiten con las páginas abiertas
como mariposas hacia la luna.
Que se caiga todo al piso
como se despeña en la trepidación
en la oscilación
la sacarosa transparencia del sudor.
Acariciémonos en el silencio de los parques
como viejos
reconocidos amantes
que saben los secretos
que sospechan hacia donde conduce
un ademan
o un gemido.
En el retraimiento de las habitaciones
en los rincones que huelen a esencia de su flor
amémonos
por cada retal
amémonos.
Venga con ese terrorismo mediático de sus ojos
para que subliminal
me induzca
con caricias linguales como los gatos
a recorrerle las vértebras
los lumbares
la región sacra
el coxis
las encubiertas regiones de su espalda.
Venga
vamos
deje que los labios salven su cuello
como si un explorador fuese en busca de algún antropológico misterio.
Deje que las manos transiten su dermis
como si fuesen la cartografía de un mar distante
y un galeón de repente
vaya dejando estelas
de besos a su paso.
Déjese querer por todas partes
en todas partes
quitémonos el aburrimiento y la nostalgia
estallémonos en sensaciones
en suspiros venidos desde el vientre
con el manipulante terrorismo
con el mediático terrorismo
del amor.
(De “ Sombra de Ixshara y poemas ” 2013- 2014 G. E.)

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